Los poetas y los días: Pacheco, Lizalde y Labastida

El paso del tiempo es tópico central en la obra poética de José Emilio Pacheco, quien habría cumplido 80 años este 30 de junio, por lo cual recibió el viernes 28 un homenaje de 20 autores jóvenes. A su vez, otro poeta de su generación, el sinaloense Jaime Labastida, participó el jueves 27 en la Capilla Alfonsina en el reconocimiento a su colega Eduardo Lizalde por sus 90 años. De la significación de su obra y de la de Pacheco, de sus acercamientos y diferencias, Labastida –quien hiciera su aparición en las letras como miembro del grupo La Espiga Amotinada– conversó con Proceso.

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Nacido hace ocho décadas en Los Mochis, Sinaloa, el poeta, filósofo, ensayista y académico Jaime Mario Labastida Ochoa, quien en sus inicios literarios perteneciera al llamado grupo de La Espiga Amotinada, habla acerca de las conmemoraciones por los 90 años de Eduardo Lizalde, así como los 80 que cumpliría José Emilio Pacheco (1939-2014).

–¿Cómo cree usted que los jóvenes pueden iniciarse en la poesía de José Emilio Pacheco?

–Bueno, quizás una llave de acceso pueda ser que empiecen con sus novelas, que son breves y muy bellas. Creo que si leen Las batallas en el desierto será una manera de acercarse posteriormente a la poesía, porque usted sabe perfectamente bien que es más difícil leer poesía que narrativa.

“La poesía de José Emilio es muy directa, relativamente sencilla, casi perfecta en algunos de sus versos, muy musical, llena de imágenes. Creo que así podría ser una buena manera de acercarse a ella.”

En la reunión de textos Poesía en movimiento. México 1915-1966, aparecida justo en ese último año en Siglo XXI Editores, actualmente dirigida por Labastida, se incluyen siete poemas de Pacheco con temáticas de la muerte y el paso del tiempo, la naturaleza, la música, la ciudad, Heráclito y Buda (tomados de sus libros iniciales Los elementos de la noche, 1963, y El reposo del fuego, 1966).

–¿Qué poemas eventualmente agre-garía de Pacheco?

–Permítame decirle lo siguiente: José Emilio me dijo unos cuatro o cinco años antes de morir que él quería que se interviniera Poesía en movimiento, pues ya no se reconocía en los poemas que están allí. Yo le respondí que era imposible, porque la selección y notas de la antología la habían hecho cuatro personas: él, Alí Chumacero, Homero Aridjis y Octavio Paz; de ellos estaba ya muerto Octavio, de forma que ya no se podía tocar la antología. Y me insistió: “No me reconozco ahí”.

“Lógico, yo tampoco me reconozco allí. Somos él, Aridjis y yo los poetas más jóvenes incorporados en Poesía en movimiento. Hoy yo ya tengo 80 años, José Emilio cumpliría este 30 de junio también 80, yo le llevo 15 días de diferencia. Poesía en movimiento se publicó en 1966 y no se puede tocar. Se lo dije: ‘Eres un poeta profundamente conocido, has publicado una gran cantidad de libros, eres famoso. La antología Poesía en movimiento hecha por cuatro, entre otros tú, no se puede tocar’.

“No le hice caso. Y se siguió publicando tal como salió la primera edición, como es lógico, ¿verdad? Alí también ya murió, y ahora solamente queda Homero, que fue el que menos intervino, por cierto, en la preparación de la antología. Claro, José Emilio fue aumentando otros libros que escribía en el Fondo o aquel No me preguntes cómo pasa el tiempo; sin embargo, lógicamente en la edición se publicaron los poemas iniciales de su producción, cuando tenía unos 26 años.”

El juego de Octavio Paz

En el prólogo de Poesía en movimiento, Octavio Paz (quien de entrada señala que el trabajo “no es ni quiere ser una antología”, sino un experimento) propone un juego para acercarse al “torbellino” de los poetas más jóvenes: usar el I Ching “como guía, no como oráculo”.

Así, consultó los hexagramas del llamado Libro de las mutaciones chino, atribuido a Confucio, en pos del “cuadrilátero” de parejas contradictorias: Por un lado, Gabriel Zaid (el Agua) y Homero Aridjis (el Fuego), y por el otro Marco Antonio Montes de Oca (el Trueno), y su contrario, José Emilio Pacheco (el Lago), “aquello que contempla, recibe, reflexiona”, por lo cual “se ha distinguido por todos esos atributos y, además, posee un temperamento crítico”.

Y más adelante señala que “el tejido de las oposiciones es múltiple”: al movimiento vertical, ascendente en Montes de Oca y descendiente en Zaid, se opone la horizontalidad del Lago (Pacheco) y del Fuego (Aridjis).”

Abunda:

“Nueva oposición: el Fuego se extiende, el Lago se concentra (…) Pacheco no sube como Montes de Oca ni perfora como Zaid ni se extiende como Aridjis: se contiene en una claridad quieta.”

Paz asienta sobre cada uno, tras afirmar que “el movimiento está amenazado y estimulado por cuatro signos contradictorios”:

Zaid debería nadar hacia arriba y Aridjis recogerse, concentrarse, Montes de Oca debería conocer un límite y Pacheco romper los suyos.

El otro grupo

Analizando a los cinco poetas protagonistas de la obra colectiva La Espiga Amotinada (1960): Juan Bañuelos, Óscar Oliva, Jaime Augusto Shelley, Eraclio Zepeda y Jaime Labastida, las conjeturas brotaron al azar con sorpresas:

“El signo que corresponde a Bañuelos es el Trueno, sólo que ahora en relación de antagonismo complementario con el Viento: Oliva (…) La unión de estos dos signos produce el Aumento (…) La otra pareja es Montaña y Lago. La primera y única vez que vi a Eraclio Zepeda me pareció, en efecto, una montaña (…) Labastida es el agua: en su fondo se encuentran muchas cosas –quizás las que perdimos en la infancia–. El Trueno proclama, el Viento propaga, la Montaña defiende: el Lago recoge a los elementos. Aunque la poesía de Labastida no es reflexiva como la de Pacheco, sí tiende a verterse en formas estables. Montaña y Lago se unen en un signo contrario al de Bañuelos y Oliva: Disminución. El Lago mina a la Montaña y ésta inmoviliza al Lago. Los riesgos: desmoronarse y estancarse (…) El movimiento está representado por Bañuelos y Oliva; el elemento estático por Zepeda y Labastida…”

Según Paz vía el I Ching, Bañuelos “tiende a las formas fijas”; Oliva es “el más inventivo y amante de la experimentación entre los cuatro”, pero “aún no encuentra una forma; la tentación de Zepeda es la fuerza inmóvil, la pesadez”, y “Labastida puede secarse”:

“Los cuatro, al lado de muchos gritos y puñetazos, han dado a nuestra poesía joven algo que le faltaba: la rabia.”
De tal modo que tanto Pacheco como Labastida “pertenecen” al Lago.

Se le pregunta entonces a Jaime Labastida:

–Durante la presentación el 15 de junio de 2015 del libro de usted Al centro del año, Alberto Vital Díaz y Jorge Luis Dueñas destacaron algunas coincidencias suyas con la poesía de José Emilio Pacheco.

–Bueno, es posible que haya algunos puntos de semejanza: pertenecemos a la misma generación, leímos quizás a los mismos autores, tenemos tal vez las mismas influencias.
“A mí me interesaba cada vez más un poema de carácter rítmico y debo decir que José Emilio siempre tuvo muy buen ritmo, ¿eh? Yo no, yo he decantado mis procesos musicales poco a poco”.

–¿Qué es lo que más añora de José Emilio Pacheco?

–Bueno, José Emilio y yo nos conocimos desde que éramos estudiantes, él empezaba y abandonó la carrera, yo continué y terminé Filosofía, no sólo obtuve licenciatura y maestría sino hasta doctorado, me dediqué a la docencia. Nos conocimos cuando trabajaba en la Revista de la Universidad y yo me acercaba mucho a la rectoría, porque allí trabajaba igualmente mi gran amiga Rosario Castellanos. Lo veía con gran frecuencia.

Ríe el exdirector de la Academia Mexicana de la Lengua:

“Siempre me parecía muy ansioso, algo nervioso, aparentemente se veía inseguro. Por supuesto que no lo era para nada, ¿eh?, pero me generaba esa imagen de manera muy personal a mí.”

Afinidad con Lizalde

De Labastida, quien para la aparición de Poesía en movimiento había publicado los libros El descenso (1960) y La feroz alegría (1965), se tomaron dos poemas: “Ciudad bajo la lluvia” (de este poemario) y “Música contra la tormenta” (aparecido en la revista El corno emplumado en abril de 1966).

–¿Cuál siente que sea el lugar de usted, Jaime Labastida, en la poesía mexicana a lo largo de todos estos años?

–Mire, en alguna ocasión supe que Octavio Paz comentó que yo había incorporado a la poesía mexicana un acento filosófico del cual ella carecía. Creo que tiene razón y bueno, Eduardo Lizalde también, pues tiene todo un tratado lógico-filosófico de Ludwig Wittgestein; pero digamos que yo ese acento filosófico lo dejo subyacente, no lo hago expreso.

“En Al centro del año sí, las citas están ahí para ver a quién me refiero; pero en muchos otros poemas, por ejemplo, hago alusiones a Heráclito o a Diderot, qué sé yo… A mí ha interesado y siempre lo he dicho así, una poesía de carácter cerebral, meditativo, mas no al estilo superficial de Amado Nervo; planteo problemas de profundidad con los cuales discuto y hago preguntas. Pero cuál sea mi lugar en la poesía mexicana, yo no lo sé.”

Se reconoce en la definición: “La poesía es traducir a palabras aquello que está en los objetos y que nos ha conmovido”.

–Pasemos a la poesía de Eduardo Lizalde. Usted asistirá en las próximas horas de hoy (jueves 27) al homenaje por sus 90 años de vida en la Capilla Alfonsina, edad que cumplirá el 14 de julio, aunque usted ha manifestado no creer en la expresión “homenaje” para los escritores vivos.

–No me gusta la palabra, parece como si se abriera inmediatamente la tumba ante los ojos, ¿no? Como que lo están a uno arrojando a la fosa en donde vamos a caer todos, o al horno crematorio, no sé. Por eso no me gustan los homenajes.

“En alguna ocasión quisieron establecer en mi Estado natal, en la UAS, o sea, la Universidad Autónoma de Sinaloa, un premio que llevara el nombre de Jaime Labastida y yo les pedí que no lo hicieran, por la misma causa. Prefiero que se diga reconocimiento”.

–En el caso de Eduardo Lizalde, Premio Nacional de Poesía 1973 por La zorra enferma y Premio Villaurrutia 1970 por El tigre en la casa, es un reconocimiento a sus nueve décadas de existencia.

–¡Noventa años y tan lúcido! Una de las cosas que hoy voy a decir en su reconocimiento en la Capilla Alfonsina, es que considero imperdonable que no se le haya incorporado en el volumen de Poesía en movimiento. Gente tan enterada como Alí (Chumacero) ya sabía que estaba en proceso Cada cosa es Babel. Y se publicaron poemas de gente que había publicado apenas algún librito poético.

“Claro, antes de Cada cosa es Babel, Lizalde no era Lizalde, ¿eh? Eso hay que tomarlo en cuenta. Lizalde empezó a ser el gran poeta que es en 1966 a partir de Cada cosa es Babel. También Algaida (2004) me parece supremo; pero creo que están por encima Cada cosa es Babel y El tigre en la casa, mis dos favoritos.”

–Aquí tenemos, pues, reconocimientos a Pacheco y a usted por sus 80 años, y a Lizalde por los 90, tres poetas a quienes el tema del apocalipsis urbano y la música los ha unido, ¿cierto?

–Sí, la Ciudad de México aparece en “Tercera Tenochtitlan” (1983), si bien no es de los poemas que más me satisface de Eduardo. ¿Cómo podríamos decirlo? Lizalde es polifónico en su poesía, es su música. No está sujeto a un solo ritmo; lo mismo tiene poemas de arte mayor, es decir, de versos con once, trece o catorce sílabas, así como epigramas muy breves. Es un poeta muy versátil. Particularmente en La zorra enferma o Caza mayor, de 1979, contiene muchos epigramas de versos cortos.

“Pero musicalmente se inclina mucho en lo que antes pudimos haber denominado una silva, ¿no?, metros de diversas medidas…”

–Como Sor Juana…

–Como El primero sueño de Sor Juana. Sin rima, casi. Claro que tiene sonetos y demás, pero no constituye la mejor poesía de Lizalde; son un tipo de ejercicio, creo yo. La mejor poesía de Lizalde es la de versos blancos.

“Y tiene un mundo de traducciones, porque la traducción es otra forma de hacer ejercicio poético en Lizalde, ¿eh? Ahí también pienso que ha hecho aportaciones fundamentales. Puede uno estar o no de acuerdo con su forma de traducir; pero él se entrena, se adiestra, digamos, de esa manera. En la pasada sesión de la Academia de la Lengua presentó el avance que lleva de una versión rítmica a El cementerio marino de Paul Valéry. Lizalde experimenta continuamente.”

Se le pregunta si actualmente se halla escribiendo versos.

–No estoy escribiendo poesía, porque siempre me sucede que cuando escribo un libro luego quedo seco, digamos, dos o tres años sin escribir un solo verso. Y de súbito luego comienzan a surgirme, pero no sé si me ocurra otra vez… Escribo ahora el prólogo del Humboldt y el prólogo al volumen decimocuarto que publicaremos de José Marian Mociño. En esas estoy sumergido ahora que se cumplen 250 años del nacimiento de Alexander von Humboldt. Y estoy sufriendo, pero de manera gozosa, este aniversario.

Este texto se publicó el 30 de junio de 2019 en la edición 2226 de la revista Proceso

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