La guerra del fin del mundo

BANGUI (apro).- “Aéroport International Bangui M’Poko-Bienvenue”. El maltrecho letrero que da la bienvenida a los viajantes en la terminal aérea de la capital centroafricana es testigo de una guerra que a lo largo de los últimos años se ha ensañado con uno de los países más pobres de África y, de acuerdo con el índice semestral de la ONU, una de las economías menos desarrolladas del mundo; donde la esperanza de vida apenas supera los 50 años y el PIB per cápita sólo llega a 425 dólares al año.

El mes pasado se cumplieron seis años desde que un conjunto de milicianos venidos del norte y el este del país, agrupados bajo el nombre de Séléka (“coalición” en sango, la lengua más hablada, a la par del francés, en la nación africana) y arropados por las banderas del abandono y del Islam, avanzara estrepitosa y violentamente sobre Bangui, la capital, y depusiera al entonces presidente Francois Bozizé; se instalaron un gobierno transitorio y un sangriento conflicto armado, cuyas secuelas no cesan de hacerse presentes.

“Paso a paso”, responde dubitativo Pierre, un modesto taxista que no supera los 30 años, a la pregunta sobre sus expectativas respecto al recién firmado acuerdo de paz. “Tratamos de retomar nuestras vidas, después de que nos las robaran”, fulmina encogiendo los hombros y cerrando los ojos. El acuerdo, firmado en Jartum, Sudán, el pasado 6 de febrero por el actual gobierno del presidente Faustin Archange-Touadéra y catorce de los grupos rebeldes que tienen bajo su control vastas partes del territorio centroafricano, es auspiciado por la Unión Africana y Naciones Unidas. El escepticismo de Pierre no es en vano, se trata del octavo acuerdo firmado desde el inicio de la crisis en 2013; para la cual parece no haber aún solución definitiva.

Un poco de historia

¿Cómo es posible que un país de solo 4.7 millones de habitantes, con un territorio de 623 mil kilómetros cuadrados (equivalente a los estados de Sonora, Chihuahua, Coahuila y Nuevo León) y con algunas de las reservas más importantes de diamantes y uranio en el mundo lleve tantos años al borde de colapso? “La respuesta es sencilla, este país no existe más que sobre el papel” afirma convencido Miguel, un cooperante y voluntario español que lleva más de dos décadas trabajando en programas de desarrollo financiados por la Unión Europea en la República Centroafricana; “la presencia del estado siempre ha sido mínima y desde el inicio del conflicto religioso es prácticamente nula”, agrega desafiante.

Puede que tenga algo de razón, como sucede con la gran mayoría de los países en el continente, la República Centroafricana es resultado de un vertiginoso pasado colonial que en el siglo 19 se preocupó sólo por dividirse el territorio como botín de conquista y zonas de influencia, y poco por las sutiles e históricas diferencias culturales, étnicas y religiosas, entre los distintos pueblos y reinos que lo habitaban. Por no hablar del desarrollo económico, político y social de las eventuales naciones independientes que nacerían tras el proceso de descolonización de mediados del siglo 20.

En más de una ocasión, a Ibrahim Alawad, auto-declarado general del Frente Popular para el Renacimiento de la República Centroafricana (FPRC, por sus siglas en francés), uno de los varios grupos que se escindieron de la organización paraguas Séléka, tras su desaparición a fines de 2013; se le ha escuchado decir que “el problema con África no es de religiones o dictadores, sino resultado del abrumador pasado colonial”. A su opinión se le suman la de la mayoría de los otros líderes rebeldes y la de muchos otros mahometanos, como él, que, en un país de cristianos y animistas, siempre se han sentido relegados. Si bien su argumentación es un tanto reduccionista, no deja de converger con la percepción de Miguel y la realidad centroafricana de hoy en día.

Cuando las tropas coloniales francesas establecen una presencia permanente en el territorio centroafricano con fines de explotación comercial en los años 80 del siglo 19 y toman control efectivo del futuro país tras la Conferencia de Berlín, se enfocan en desarrollar núcleos urbanos de la mano de las poblaciones animistas, a quienes convierten al cristianismo y educan y entrenan como élites en el centro y sur del territorio. Todo esto a costa de la población musulmana, utilizada como mano de obra, en condiciones casi de esclavitud, para explotar las ricas minas de minerales y diamantes, del norte y el este.

Este esquema es heredado por la naciente clase política y burguesía económica que toma las riendas de la República Centroafricana tras la independencia de Francia en 1960. Décadas de abandono y el sentimiento de ser ciudadanos de segunda clase en su propio país, llevaron a varios grupos musulmanes a alzar la voz contra el gobierno de Bozizé en el año 2012, llamados que pedían mayor inversión del estado en el norte del país y que al ser ignorados desataron la revuelta Séléka. Sin duda con tintes religiosos y étnicos, pero también de justicia social y económica. “El resto, es historia” coincide Miguel.

La paz furtiva

Al tomar Bangui, en marzo de 2013, Michel Djotodia, entonces líder del movimiento Séléka, abroga la constitución y disuelve el parlamento en un acto que generó condenas alrededor del mundo y que despertó, desde el inicio, una violenta reacción por parte de milicias cristianas y animistas autodenominadas Antibalaka (anti-machetes o anti-AK47 en sango). La República Centroafricana comenzaba así una pesadilla de la que no ha despertado del todo. “Desde el inicio fue horrible” confiesa con voz modesta, casi temerosa, el taxista Pierre, “en muchos sentidos lo sigue siendo” agrega a punto del susurro.

Discordias al interior del movimiento Séléka, en gran medida ante la falta de acuerdos sobre el control de zonas ricas en minerales y de ministerios clave en el gobierno central, llevaron a su desaparición a finales de 2013 y al surgimiento de una docena alargada de grupos que con fusiles en mano se dividieron el territorio del país, y las ganancias del envidiable comercio de sus recursos naturales. Entre los grupos más influyentes de dicha escisión, además del FPRC, se encuentran el grupo Unidad por la Paz en la República Centroafricana (UPC, por sus siglas en francés) y el Movimiento por la Pacificación de la República Centroafricana (MPC, por sus siglas en francés).

La espiral de violencia interreligiosa e interétnica sumió al país en el caos y levantó todas las alarmas a nivel internacional. En la primavera del 2014 el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas aprueba el envío de una fuerza para el mantenimiento de la paz que a la par de la prevista por la Unión Africana alcanza más de 12 mil elementos. Al mismo tiempo, Francia lanza una operación militar con la anuencia de la Unión Europea. Todo en un intento por minimizar la sangría humana y por buscar un regreso a la constitucionalidad. Hacia finales del 2015 se aprueba una nueva constitución, a través de un referendo, y se desarrollan comicios parlamentarios y presidenciales con estricta supervisión de observadores foráneos. Tras la segunda vuelta electoral, el otrora académico de la Universidad de Bangui, Faustin-Archange Touadera es ungido como presidente en febrero de 2016.

Desde entonces, casi una decena de acuerdos, uno más alentador que el anterior, se han alcanzado o firmado entre el gobierno encabezado por Touadera y todas o algunas de las facciones rebeldes centroafricanas, ya sean antiguas células de Séléka o grupos Antibalaka. Todos esos acuerdos, hasta el momento, han fallado en su propósito de traer la paz y han sido denostados por alguna de las partes firmantes al poco de tiempo de anunciarse públicamente. Por ello la incredulidad reinante.

“Este acuerdo debería, en principio, poner fin a años de crisis en un país herido; sin embargo, muchos aspectos del mismo demandan prudencia, debemos verlo con desconfianza. Quedan aún muchas zonas oscuras en ese acuerdo” declara Jeffrey Hawkins, investigador asociado del Instituto de Relaciones Internacionales y Estratégicas con sede en París, al respecto del más reciente acuerdo de paz firmado en Jartum y refrendado en la capital etíope de Addis Ababa a inicios de marzo por medio del cual catorce grupos rebeldes y el gobierno centroafricano se comprometen a crear un “gobierno inclusivo”. Un acuerdo que implicará otorgar varias carteras de gobierno a líderes rebeldes, proveyéndoles de legitimidad; algo que varios analistas critican con dureza.

Para Hawkins, el acuerdo de Jartum adolece de “una asimetría que pone en duda su fiabilidad” pues, a diferencia del gobierno, “los grupos armados no siguen más que sus propios intereses y no los del pueblo, etnia o religión que dicen representar”.

El exdiplomático estadunidense, especialista en África Central, asegura que grupos armados como el UPC o el FPRC “no representan ideología alguna ni tienen aspiraciones regionales o nacionales; tampoco tienen proyecto alguno hacia futuro. Se trata de bandidos que sólo buscan aprovecharse de la guerra, cuyo objetivo siempre ha sido la violencia y el botín.”

Según Hawkins, la ausencia del estado de derecho al interior del país es una invitación permanente al pillaje y al saqueo (de sus recursos naturales). “El Estado centroafricano está muy debilitado y este acuerdo podría debilitarlo aún más”, sentencia convencido.

Lo cierto es que el conflicto armado que ha sometido al país será imposible de cortar de tajo, se sostenga o no el acuerdo. A la multiplicidad de grupos armados, Séléka o Antibalaka, hay que añadir la presencia de guerrilleros ugandeses del Ejército de Resistencia del Señor, de milicianos de Darfur y de grupos armados de Sudán del Sur. Siendo la porosidad de las fronteras centroafricanas y las distintas rutas para la comercialización en el mercado negro de sus riquezas mineras, el principal incentivo para unos y otros. A eso habría que agregar el creciente interés ruso en el conflicto que ha llevado a Moscú a enviar armamento, estrategas militares e incluso “mercenarios alineados con el Kremlin” de acuerdo con diplomáticos occidentales apostados en la capital centroafricana en lo que denominan “una nueva Guerra Fría que busca hacerse con el control de África”. Todo ello con un costo humano que sigue creciendo día con día.

El infierno en vida

“Todavía me cuesta mucho trabajo dormir y cuando lo hago siempre tengo pesadillas”, relata Agnes con la mirada perdida. La joven de escasos 15 años tenía solo 9 cuando un grupo armado de milicianos musulmanes prendió fuego a su aldea en el norte del país masacrando a casi todos sus habitantes, incluyendo a sus padres y hermanos. Agnes fue violada y apenas se atreve a rememorar la forma en que logró escapar de sus captores para llegar al campo de refugiados en Bangui donde aún vive cobijada.

La guerra civil centroafricana se ha cobrado la vida de miles de civiles y hasta la fecha, de acuerdo con estimaciones del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), tiene desplazadas a más de un millón de personas que han perdido sus hogares como resultado del conflicto armado. La crisis humanitaria en este país del corazón del continente es tan aguda que Naciones Unidas ha lanzado un nuevo llamado para lograr la solidaridad internacional, según el máximo órgano multinacional “seis de cada diez personas en la República Centroafricana requieren de asistencia humanitaria inmediata.”

Y es que la tragedia centroafricana no distingue entre animistas, cristianos y musulmanes; ni entre aldeas rurales y los atiborrados barrios de ciudades como Bangui. La peligrosidad del discurso ideológico y religioso, que esconde en muchos casos insaciables deseos de poder económico y político, es letal tanto para unos como para otros. Con el auspicio de la Corte Penal Internacional, la República Centroafricana busca implantar una corte penal especial para juzgar los presuntos crímenes y delitos de lesa humanidad cometidos a lo largo de los últimos cinco años, en particular aquellos a manos de las milicias Antibalaka que exterminaron poblaciones completas de mahometanos en distintas partes del país.

Parte de un necesario proceso de sanación que probablemente tardará mucho más de lo que ha durado hasta ahora esta guerra que, claramente, ya ha sido demasiado.

 

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