“Me entregué, no me arrestaron”, asegura Javier Duarte en video grabado antes de su detención

El video habría sido grabado el 15 de julio de 2017, horas de antes de que la PGR diera a conocer su detención en Guatemala Foto: Grupo Imagen El video habría sido grabado el 15 de julio de 2017, horas de antes de que la PGR diera a conocer su detención en Guatemala Foto: Grupo Imagen

XALAPA, Ver. (apro). – Al fondo se observa el lago de Atitlán. En primer cuadro aparece el exgobernador priista de Veracruz Javier Duarte, seis meses después de haber huido de México.

Duarte, con evidente sobrepeso, grabó un video en donde asegura que pactó su entrega con el gobierno del entonces presidente Enrique Peña Nieto y con funcionarios de la Secretaría de Gobernación y de la Procuraduría General de la República.

“Me estoy entregando, no estoy siendo detenido”, insiste una y otra vez, tras aclarar que la fecha es 15 de abril de 2017.

Como se ha hecho costumbre, el video en cuestión fue enviado por el propio exgobernador al periodista Ciro Gómez Leyva.

“Desde ahora les digo que soy preso político del sistema, y que, si me llegaran a obligar a hacer alguna declaración en contra de algún político, llamase Andrés Manuel López Obrador, o quien sea, es contra mi voluntad y es, precisamente, por el hecho de estar detenido”.

Una noche antes, Duarte de Ochoa platicó con Proceso detalles de cómo, presuntamente, simuló junto con el gobierno de Peña Nieto su detención, a cambio -insiste- de que dejaran en paz a su familia.

¿Como fue que se le ocurrió dar a Panajachel, en Guatemala?, se le preguntó el domingo por la noche, vía telefónica desde el Reclusorio Norte.

“Ahí nos pusimos de acuerdo para la entrega, yo conocí Panajachel un día antes… Difícilmente me iban a encontrar”, presume.

¿Se rumoreó que andaba en Canadá?

“Frío, frío, la autoridad estaba fría. Los medios también… todos fríos. La Segob, la PGR, Hacienda, mi abogado, todos se pusieron de acuerdo para pactar mi entrega antes de la elección del Estado de México, a cambio de no tocar a mi familia… Las cosas como son”, justifica.

E insiste: “Una cosa te digo, si yo no me entregó difícilmente me iban a encontrar”.

En su primer reencuentro con Proceso desde que salió la publicación del libro “El infierno de Javier Duarte. Crónicas de un gobierno fatídico”, el veracruzano aprovechó la entrevista para reflexionar su relación con este medio de comunicación.

“La relación con Proceso no ha sido la mejor con mi persona (sic), pero reconozco un medio muy terco, incisivo, serio… ustedes no me buscaron a mí. Yo los busqué a ustedes, quería hablar de que escucharan de viva voz como sucedieron los hechos. El aparato de Gobierno se me vino encima”.

Duarte de Ochoa sostiene los nombres y apellidos que lo utilizaron -excusa- de “chivo expiatorio”: el expresidente Enrique Peña Nieto, su “brazo derecho”, el Secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong -actual senador de la República-, y los entonces encargado de despacho de la PGR, Arturo Elías Beltrán, y el subprocurador, Felipe Muñoz.

A estos últimos, los etiqueta de “extorsionador profesional del calibre de un capo de Los Zetas” o de alguna -dice- organización delincuencial mexicana.

“O pagaba o iban contra mi familia, al más puro estilo de Los Zetas; el dinero para pagar la extorsión -jura- me la dio el presidente Peña Nieto, me lo mandó (sic) con un amigo que tenemos en común… hay un cargo de conciencia del presidente por lo que yo estoy pasando”.

En el video que Duarte y su defensa jurídica hicieron llegar al noticiero de Ciro Gómez Leyva y en la última declaración que el exmandatario veracruzano dio a Proceso hay cosas que no cuadran.

En trabajo de campo de los medios de comunicación Proceso, Blog Expediente y Liberal del Sur los días 23 y 24 de abril en el hotel la Riviera de Atitlán, empleados y meseros del resort turístico declararon que el padre de familia detenido por la Interpol y la PGR México llevaban varios días hospedados en esta región volcánica bajo los nombres de “Alejandro y Andrea”, sin dar detalles de los nombres de sus hijos.

Empleados guatemaltecos contaron que el exgobernador priista Duarte y su esposa, Karime Macías, llegaron en la víspera de vacaciones de semana santa al hotel “La Riviera de Atitlán”. En la recepción presentaron un formato de acceso al “apartamento privado” 505 de la Torre C con capacidad para cuatro personas. El personal del hotel, muy diligente, les colocó un brazalete naranja de “invitados” y no amarillo de “huéspedes” para hacer la distinción, jamás imaginaron –contaron hace un par de años- que se trataba de un presunto delincuente boletinado por la Interpol y buscado en 90 países.

“En la Torre C hay cuatro apartamentos con dueños. Los cuales son libres de prestarlos, rentarlos, mandar familiares y amigos, nosotros no nos entretenemos en quienes son. Son clientes a los que uno tiene que recibir si ya traen la invitación expresa. El ahora detenido solo se presentó como Alejandro y su acompañante como Andrea”, exponen empleados del hotel Rivera de Atitlán, ubicado en la Ruta Colonial de los Volcanes y para el cual hay que transitar 140 kilómetros desde Guatemala capital, pero que en automóvil se vuelven casi 180 minutos por las curvas sinuosas y el tráfico provocado por el comercio local.

En el restaurante del Rivera de Atitlán, en el Salón Terraza con vista a la alberca, en los elevadores de la Torre C con sus 16 niveles, era muy común ver a Duarte los días siguientes ataviado en bermudas, ropa deportiva o con pantalón de vestir holgados. A algunos meseros, Duarte de Ochoa les hablaba en inglés, “él era muy visible, su mujer no tanto”, indican empleados del resort.

Los mozos y camaristas no notaron nada extraño en el exmandatario veracruzano, les causaba rareza su nacionalidad en un hotel donde lo común es que se hospeden turistas franceses y holandeses, así como guatemaltecos con poder adquisitivo.

Acaso un botones miró con extrañeza que lo venían a visitar personas con el aspecto de “guaruras” y/o “policías” quienes le hacían visitas muy breves, los atendía afuera del hotel, algunas veces los acompañó, expone, mientras enseña presumido la habitación 505, donde a Duarte se le pidió que saliera y que por propia voluntad descendiera por el elevador, solo, sin ser esposado, sin tanto aspaviento.

“Su gobernador se refugió en un paraíso, rodeado de gente pobre y de indígenas que aún cultivan el trueque para satisfacer necesidades y servicios”, explicó el taxista que llevó a los reporteros veracruzanos hasta está zona.

Javier Duarte y Karime Macías ocuparon un apartamento amplió habilitado para que estuvieran cuatro personas, sin grandes lujos, apenas una habitación alfombrada, decorada con oleos pintados por artistas locales, secadora de pelo y una pequeña bañera, poco lujo, austeras comodidades, para las excentricidades que Duarte y los Macias-Tubilla vivieron en sus viajes por España, Brasil, Estados Unidos, El Vaticano e Italia.

Aunque hoy hay discordancia en cuanto pagó Duarte, por el préstamo-arrendamiento del apartamento 505 del Rivera Atitlán, si hubiera llegado como cualquier huésped tendría que haber pagado 160 dólares o mil 1173 Quetzales, un poco más si deseaba una cama Kingsize.

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