Niños hambrientos, aterrados y enfermos en “campo de concentración” de la Patrulla Fronteriza

El centro de la Patrulla Fronteriza. Foto: Ilana Panich-Linsman / "The New York Times" El centro de la Patrulla Fronteriza. Foto: Ilana Panich-Linsman / "The New York Times"

El centro de detención de la Patrulla Fronteriza en Clint, Texas, está destinado a los menores de edad 
–inmigrantes indocumentados, muchos de los cuales viajan sin la compañía de un adulto– que el gobierno de Estados Unidos atrapa en la frontera. Una investigación realizada por reporteros de The New York Times y The El Paso Times da cuenta de las condiciones infrahumanas –hacinamiento, nula higiene y enfermedades– en las que sobreviven los niños y adolescentes que tienen la mala fortuna de conocer ese, que parece un campo de ­concentración.

CLINT, Texas (Proceso).- Desde que la Patrulla Fronteriza abrió su estación en Clint, Texas, en 2013, se convirtió en un elemento esencial de esta ciudad ­agrícola del oeste de Texas. Separado de los campos de algodón y los pastizales por una cerca de alambre de púas, el centro se estableció en la carretera principal, cerca de una tienda de alimento para ganado, la Iglesia apostólica Buenas Noticias y la tortillería La Indita. La mayor parte de la gente de Clint sabía muy poco sobre lo que ocurría adentro. Los agentes iban y venían en camionetas; los autobuses se estacionaban cerca de los portones, a veces llenos de niños capturados en la frontera, seis kilómetros al sur.

Sin embargo, dentro de las instalaciones que ahora están en la primera línea de la crisis de la frontera suroeste de Estados Unidos, hombres y mujeres que trabajan ahí estaban lidiando con una pesadilla.

Brotes de piojos, herpes y varicela se esparcían entre los cientos de niños detenidos en estrechas celdas, dijeron los agentes. El hedor de la ropa sucia de los menores era tan fuerte que impregnó la de los agentes –la gente de la ciudad se tapaba la nariz cuando se los encontraba–. Los niños lloraban constantemente. Parecía tan probable que una niña se suicidara, que los agentes la obligaron a dormir en un catre frente a ellos para que pudieran verla mientras procesaban a los recién llegados.

“Llega un punto en el que comienzas a volverte un robot”, dice un veterano de la Patrulla Fronteriza que ha trabajado en la estación de Clint desde que se construyó.

Asegura haber recibido ­órdenes de quitarles las camas a los niños para hacer más espacio en las celdas, parte de una rutina diaria que, según él, se ha vuelto “desoladora”.

El poco conocido centro de la Patrulla Fronteriza en Clint de pronto se ha convertido en la fachada oficial del caos de la frontera sur de Estados Unidos, después de que abogados de inmigración comenzaron a informar sobre los niños que veían –algunos de ellos, de cinco meses– y las condiciones existentes en los centros, sucios y hacinados, donde los tenían retenidos.

Los líderes de la Patrulla Fronteriza, entre ellos Aaron Hull, el director del sector de la agencia en El Paso, rebatieron las descripciones de condiciones denigrantes dentro de Clint y otros sitios de detención de migrantes en todo El Paso, y afirmaron que sus centros eran gestionados de manera rigurosa y humana, incluso después de una serie de muertes de niños migrantes que se encontraban bajo custodia federal.

Sin embargo, una revisión de las operaciones de la estación de Clint muestra que los directivos de la agencia supieron durante meses que algunos niños no tenían camas, ninguna manera de limpiarse y a veces pasaban hambre. Sus propios agentes habían hablado sobre las condiciones de las instalaciones pero se vieron obligados a recibir más migrantes.

Los recuentos de lo sucedido en Clint y en centros fronterizos cercanos se basan en decenas de entrevistas realizadas por The New York Times y The El Paso Times a agentes, exagentes, supervisores y exsupervisores de la Patrulla Fronteriza; abogados, legisladores y representantes que visitaron el centro, y un padre inmigrante cuyos hijos estuvieron detenidos ahí. La revisión también incluyó declaraciones juradas de los que pasaron tiempo en los centros fronterizos de El Paso, informes de inspección y testimonios de los vecinos en Clint.

Las condiciones de Clint representan un dilema no sólo para los funcionarios locales, sino también para el Congreso, donde los legisladores pasaron semanas debatiendo los términos de un paquete de ayuda humanitaria de 4 mil 600 millones de dólares para los centros fronterizos. Según argumentan algunos, la falta de inversión federal es el motivo por el que esas instalaciones están tan desbordadas. No obstante, los informes de las carencias que experimentaban las personas retenidas en las instalaciones provocaron que varios legisladores demócratas votaran contra el proyecto de ley final, que no tenía disposiciones de cumplimiento y vigilancia (…)

Centro de procesamiento

(…) Una puerta lleva al centro de procesamiento del sitio, equipado con alrededor de 10 celdas. Un día de este mes, casi 20 niñas fueron puestas en una sola celda, tan hacinadas que algunas se tiraron al piso. Podía verse a niños pequeños en algunas celdas, cuidados por otros niños mayores.

Una de las celdas funcionaba como unidad de cuarentena o “celda de influenza” para los menores con enfermedades contagiosas; los empleados a veces usaban tapabocas y guantes para protegerse.

Una parte de la zona de procesamiento fue reservada para que los niños detenidos hicieran llamadas telefónicas a familiares. Muchos rompían en llanto cuando escuchaban la voz de sus seres queridos, episodios tan comunes que algunos agentes simplemente se encogían de hombros como respuesta.

Clint es conocido por retener a los pequeños que los agentes llaman UAC (niños migrantes no acompañados por un adulto), menores que cruzan la frontera solos o con familiares que no son sus padres.

Tres agentes que trabajan en Clint dicen que han visto entrar al centro a niños no acompañados por adultos que tenían desde tres años, y los abogados que hace poco inspeccionaron un sitio como parte de una demanda sobre los derechos de los niños migrantes señalaron que vieron menores incluso de cinco meses. Un hombre que ha trabajado en la Patrulla Fronteriza 13 años –y que, como otros entrevistados para este reportaje, pidió el anonimato, porque no tiene autorización para hablar– confirmó los informes de abogados de inmigración que afirman que los agentes les han pedido a los migrantes adolescentes que ayuden a cuidar a los niños más pequeños.

“Tenemos a nueve agentes que se encargan del procesamiento, dos a cargo del cuidado de los niños migrantes no acompañados, y también hay niños pequeños que necesitan que les cambien el pañal, y no podemos hacer eso”, comenta el agente. “No podemos cargarlos ni cambiarles el pañal. Les pedimos a los niños mayores, los de 16 o 17 años, que nos ayuden con eso”.

Conforme cambian los flujos migratorios, el entorno dentro de Clint también se transforma. Se cree que la cantidad de niños en el sitio superó los 700 más o menos en abril y mayo, y fue de casi 250 hace dos semanas. Para intentar aliviar el hacinamiento, los agentes sacaron a todos los niños de Clint, pero unos días después devolvieron a más de 100 a la estación (…)

La llegada de un inspector

Un día en abril un hombre de Washington llegó sin avisar, aproximadamente al mediodía, a la estación de Clint. Se presentó como Henry Moak y les dijo a los agentes que estaba ahí para inspeccionar el sitio en su papel de director de rendición de cuentas de la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza.

La estación de Clint superaba por mucho su capacidad el día de la visita de Moak, pues albergaba a 291 niños. El funcionario encontró pruebas de una infestación de piojos; los niños también le contaron que tenían hambre y que los obligaban a dormir en el piso.

Una niña salvadoreña de 14 años había estado en custodia 14 días en Clint, incluido un periodo de nueve días en un hospital cercano, durante el cual los agentes de la Patrulla Fronteriza la acompañaron y la mantuvieron bajo vigilancia. Moak no especificó en su informe por qué habían llevado a la niña al hospital. Cuando ella regresó a Clint, otro niño había tomado su cama, por lo que tuvo que dormir en el piso.

Dos hermanas hondureñas, de 11 y siete años, le dijeron a Moak que tuvieron que dormir en bancas en la sala de retención del centro, y sólo les daban su propio catre cuando otros niños eran transferidos.

“Las hermanas me dijeron que no se habían duchado ni cepillado los dientes desde que llegaron a la estación de Clint”, dijo Moak en su informe. Se les había ofrecido tiempo en las regaderas dos veces durante su estancia en custodia, pero en ambas ocasiones estaban dormidas, según mostró su revisión.

Al final, Moak declaró que Clint cumplía con los estándares requeridos.

Warren Binford, integrante de un equipo de abogados que inspeccionó la estación en junio y directora del programa de Derecho Clínico en la Universidad de Willamette en Oregón, dice que en todos sus años de visitar centros de detención y refugios, jamás había visto condiciones tan deplorables: 351 niños hacinados en lo que describió como un entorno similar al de una prisión.

Vio el registro y se sintió impactada de ver más de 100 niños muy pequeños en la lista. “¡Dios mío! Me di cuenta de que son bebés. ¡Tienen bebés aquí!”, recuerda.

Una madre adolescente de El Salvador dijo que los agentes de la Patrulla Fronteriza en la frontera le habían quitado la medicina de su niño pequeño, que tenía fiebre.

“¿Tiraron algo más a la basura?”, dice Binford que le preguntó.

“Todo”, respondió. “Tiraron los pañales, la fórmula, la mamila, el alimento y la ropa del bebé. Tiraron todo a la basura”.

Una vez en Clint, le dijo a Binford, la fiebre del bebé regresó y ella les rogó que le dieran más medicina. “¿Quién te dijo que vinieras a Estados Unidos con tu bebé?”, le dijo uno de los agentes, de acuerdo con lo que la joven le relató a Binford.

Los agentes dicen tener suministros adecuados en Clint para la mayor parte de las necesidades de los migrantes. El centro no tiene cocina, aseguran, así que el ramen, las barras de granola, la avena instantánea y los burritos que sirven como gran parte del sustento para los migrantes eran lo mejor que les podían ofrecer.

A veces podía verse a los niños llorando, dice una agente de la Patrulla Fronteriza que ha trabajado varios años en el centro de Clint, pero muy a menudo era porque extrañaban a sus padres. “Jamás es porque los tratan mal; es porque extrañan su hogar”, comenta.

Un padre encuentra a sus hijos

Poco después de que Moak aprobó las condiciones de Clint, un hombre llamado Rubén estaba desesperado, tratando de encontrar a sus hijos, unos gemelos de 11 años que padecen epilepsia.

Los niños habían cruzado juntos la frontera a principios de junio con su hermana adulta. Esperaban reunirse con sus padres, que habían llegado a Estados Unidos desde El Salvador con el fin de ganar suficiente dinero para pagar el medicamento para la epilepsia de sus hijos. Requerían inyecciones diarias y un régimen estricto de cuidado para evitar las convulsiones que empezaron a tener a los cinco años.

Sin embargo, los gemelos fueron separados de su hermana en la frontera y enviados a Clint.

La primera vez que hablaron con Rubén por teléfono, ambos lloraron intensamente y preguntaron cuándo podrían ver a sus padres de nuevo.

“No queremos estar aquí”, le dijeron.

Rubén pide que su apellido y los nombres de sus hijos no se revelen, por temor a las represalias de parte del gobierno estadunidense.

Tiempo después, Rubén se enteró de que a los niños les habían dado por lo menos parte de sus medicamentos para la ­epilepsia, y ninguno había sufrido convulsiones. Sin embargo, uno de ellos le dijo que tenía sarpullido, con el rostro y los brazos rojos y escamados. Ambos habían tenido fiebre y contaron que los habían enviado temporalmente a la “celda de la influenza”.

“No hay nadie que te cuide ahí”, le dijo uno de ellos a su padre.

A los niños les tomó 13 días después de su detención poder hablar por teléfono con su padre.

Clara Long, una abogada que entró al centro por parte de Human Rights Watch, conoció a los niños, buscó a sus padres y los ayudó a hacer la llamada. Los niños se mostraron estoicos y callados, cuenta, y le estrecharon la mano “como si trataran de comportarse como adultos”, hasta que hablaron con su padre. Después sólo podían responder con una o dos palabras, dice Long, mientras se secaban las lágrimas.

Gran parte del hacinamiento parece haberse despejado en Clint, y las llegadas totales en la frontera están aminorando, mientras nuevas políticas hacen que los migrantes, provenientes principalmente de Centroamérica, regresen a México después de pedir asilo, conforme el calor del verano disuade a los viajeros y este país impone mano dura en su frontera sur para evitar que muchos la atraviesen.

Un miembro de la Patrulla Fronteriza, que ha trabajado mucho tiempo en la zona de El Paso, dice que los agentes habían intentado facilitarles a los niños las cosas tanto como fuera posible; algunos les compraban juguetes y equipo deportivo de su propio bolsillo. “Los agentes juegan deportes y juegos de mesa con ellos”, apunta.

Sin embargo, la Patrulla Fronteriza desde hace mucho “se ha enorgullecido” de procesar rápidamente a las familias migrantes y asegurarse de que los niños no permanezcan en estaciones rudimentarias más de 72 horas, dice el agente. Clint, afirma, “no es un lugar para niños”.

Copyright: c. 2019 New York Times
News Service

Este reportaje se publicó el 14 de julio de 2019 en la edición 2228 de la revista Proceso

Comentarios

Load More