La 4T, una religiosidad popular

El presidente Andrés Manuel López Obrador Foto: Miguel Dimayuga El presidente Andrés Manuel López Obrador Foto: Miguel Dimayuga

CUERNAVACA (Proceso).- Vivimos un profundo parteaguas civilizatorio, un espacio vacío entre un antes y un después incierto; un momento en el que los valores y las instituciones que le daban sentido y equilibrio a la vida colapsaron dejándonos en un estado de desorden cuyo horizonte parece cerrado. El hinduismo llama ese momento kaliyuga, “la era de la riña”; la tradición cristiana, “el tiempo del fin”. El nuestro, que perdió la sabiduría espiritual de la poesía, lo llama nihilismo: la negación de todo, la nada.

No hay que buscar mucho para saberlo: crímenes terribles, inseguridad social, cambio climático, corrupción e inoperancia de las instituciones, emergencia de un universo sistémico y virtual que desterritorializa la existencia, pérdida de las fronteras entre el bien y el mal, derrumbamiento del esqueleto moral de la sociedad, oferta de consumos ilimitados, y el síntoma de la angustia.

En periodos así, los seres humanos o buscamos fugas –droga, alcohol, medicaciones psiquiátricas– o buscamos puntos de referencia que nos devuelvan la certeza de la estabilidad. Doctrinas –si podemos llamarlas así– que lejos de mostrarnos la complejidad de la realidad y nuestra responsabilidad en ella, nos la simplifiquen y nos digan, como los libros de autoayuda o la religiosidad popular, la manera más simple de conducirnos para que nosotros y el mundo recuperen su equilibrio. Es quizá por eso que la llamada derecha ha ido ganando terreno en el mundo. Es quizá también por eso que la 4T concita en nuestro país tanta adhesión.

La 4T no es la derecha, aunque en su simplificación de la realidad se le parezca. Tampoco es la izquierda, aunque algunos de sus miembros provengan de ella. Es más bien una especie de religiosidad popular que, a la manera en que la Providencia reparte bienes a quienes se han portado bien y desgracias a quienes se condujeron mal, toma medidas para remediar el daño que los malvados le hicieron al país. Se trata, como en este tipo de religiosidad, de la práctica ritual que permite al creyente una relación propiciatoria con la entidad sobrenatural.

La omnipresencia con la que cada mañana la 4T, en la persona de AMLO, realiza su repartición de bienes y condenas, y el triunfalismo de su informe el pasado 1 de julio en el zócalo de la Ciudad de México, no sólo cumple con esas funciones de la religiosidad popular; alivia con ello la angustia de muchos. No importa que la realidad y sus hechos digan lo contrario, que las medicinas sigan escaseando, que el desempleo, a fuerza de despidos injustificados, continúe su marcha, que los asesinatos, las desapariciones, las extorsiones y los secuestros, lejos de disminuir aumenten; no importa que sus grandes proyectos neoliberales –el Proyecto Integral Morelos, el Tren Maya, Dos Bocas, el Corredor Transítsmico– contribuyan a la devastación ecológica, al cambio climático y al arrasamiento de los mundos indígenas, que las Fuerzas Armadas, disfrazadas de Guardia Nacional, aumenten –como en las administraciones pasadas– la violación a los derechos humanos; no importa que los epítetos que la 4T esgrime a diestra y siniestra contra quienes no creen, exacerben el resentimiento hacia el hereje. Lo importante es que la mayoría crea y experimente alivio y consuelo.

La religión popular no es asunto de fe, sino de creencia; tampoco de realidad, sino de percepción. Su éxito depende de hacer que el mayor número de personas crea lo que quiere creer de manera simple, sencilla, mágica o, para decirlo en términos modernos, virtual.

En la era de los sistemas, como Illich llamó a lo que el hinduismo llama kaliyuga y el cristianismo “tiempo del fin”, la 4T construye esa percepción mediante el uso masivo de la lengua y la escritura digitales –sistemas que engloban casi toda la vida social. Con ello borra la huella terrible del vacío civilizatorio y de la complejidad con la que debemos enfrentarlo, produciendo un efecto unidimensional y superficial de la realidad.

La hondura cultural de la historia y del quiebre civilizatorio que vivimos queda así sumido en afirmaciones que alivian porque expresan el cumplimiento de lo deseado, no porque en los hechos lo hagan. “Lo que ustedes querían –parece decirnos cada día la 4T como un remedo del Dios “Tapagujeros” de las religiosidades populares–, se ha hecho porque yo, que represento su voluntad, lo quiero”. Quien lo niegue es y será castigado por esas nuevas huestes angélicas llamadas bots y troles o exhibido en el patíbulo de las redes sociales y de los medios de comunicación. La realidad no es lo que es y debe enfrentarse con responsabilidad. Es, por el contrario, lo que la 4T –que expresa la fe sencilla y simple del pueblo– quiere que sea.

Estas formas de la religiosidad popular, que generaron las grandes corrientes milenaristas en épocas como las nuestras, y que la 4T encarna hoy en uno de los momentos más oscuros de la nación, son hermosas en su simplicidad. Quién no quisiera que el horror de una crisis civilizatoria se resolviera con la simpleza que el infantilismo religioso atribuye a Dios.

Por desgracia esas formas de la religiosidad, lejos de detener el kaliyuga, “el tiempo del fin”, el abrumador nihilismo de nuestro siglo, lo aceleran. Ya se sabe, “el camino del infierno está empedrado de buenas intenciones”.

Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, detener la guerra, liberar a las autodefensas de Mireles y a todos los presos políticos, hacer justicia a las víctimas de la violencia, juzgar a gobernadores y funcionarios criminales, y rescatar los cuerpos de las fosas de Jojutla.

Este análisis se publicó el 14 de julio de 2019 en la edición 2228 de la revista Proceso

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