Revista Proceso y el hablar franco al poder

Proceso, periodismo sin concesiones

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Hablar de la parresía es volver a la palabra indomable ante el poder, a la indicativa del pensamiento sin rodeos, a la verdad que se ama asumiendo el riesgo. Es ella la parresía, dice Foucault, como el “beso mesurado” de la madre que se posa sobre la frente del infante, y que sella “la verdad del sentimiento que se experimenta”. Divido en tres este texto sobre la parresía: palabra tensa como la del arco.

I

Remite la parresía a quien usa la libertad y elige el hablar franco al poderoso, sin detenerlo el riesgo que ello significa. Quien practica la parresía, el parresiastés, opta como Sócrates, por decir lo que piensa y pensar lo que dice, porque el discurso libre, el hablar así en la asamblea pública, es deber, honor y privilegio del ciudadano de la Grecia antigua. De ello hablaron Plutarco, Epicteto, Séneca, los Padres de la Iglesia.

Diógenes, capturado en Queronea, ante la pregunta de Filipo de Macedonia, padre de Alejandro, dice: tú me preguntas Macedonio vencedor quién soy, y te respondo, “soy un contemplador de tu ambición insaciable”. Parresiastés que dice la verdad, irreverente con el poderoso, como antípoda del adulador que se rinde a la primera ante el peligro.

Ese hablar franco, atrevidamente al que mira desde arriba, exige unidad de la existencia en oposición a la desparramada “estulticia del alma desordenada”; demanda constancia en las convicciones, en las ideas, en las prácticas, no obstante el tamaño y forma del “vaso en que se vierten”, en términos de M. Foucault y Thomas Merton; requiere presencia de la vida misma manifestada en la voz para dejar ver el pensamiento que bulle en la propia mente, más que traducirlo en palabras, como dice Séneca.

Y ese fue el hablar franco contra Benito Juárez en 1865 y 1867 por parte del liberal González Ortega, entre otros liberales, por haber desconocido el de Guelatao, los artículos 79 y 92 de la Constitución del 57, que no le daban derecho a ocupar la presidencia interina, en tanto se llevaran a cabo elecciones, sino a González Ortega, en su carácter de presidente en turno de la Corte Suprema.

Zarco, periodista liberal, fue crítico de su amigo Juárez con motivo de la insólita Convocatoria juarista de 1867, uno de cuyos fines era reformar la Constitución del 57, ¡violándola!, al contrariar el procedimiento de reforma establecido en su artículo 127. La crítica apareció en el periódico Siglo XIX, el 11 de diciembre de tal año.

No se debe olvidar la rivalidad que existía entre liberales con motivo de las reelecciones de Don Benito, a raíz de la derrota del Segundo Imperio; no se puede pasar por alto que cada grupo o facción liberal “transformadora” a su modo, tenía sus periódicos y sus periodistas.

Por ejemplo, en 1871, el periódico “Siglo XIX”, apoyaba la candidatura de Lerdo a la presidencia; los periódicos “El Mensajero” y “El Ferrocarril”, eran órganos de propaganda del grupo de Porfirio Díaz; “El Monitor Republicano”, “El Federalista” y “El Correo de México”, los de la facción reeleccionista de Juárez. Abundancia de crítica periodística entre cofrades que no los convertía en conservadores. Además, siempre ha habido liberales y conservadores honorables, y otros que no lo son, aquí y en todos lados. Uniformar convicciones y pareceres no es propio de una democracia.

Las transformaciones no son sinónimo de uniformidad sepulcral. Incluso la idea de transformar en política, como en otras cosas, no es por necesidad algo benéfico; se pueden transformar las cosas para empeorarlas. Y en ese último caso, es menester el hablar franco de la parresía, sobre todo en política de bien común que es la válida. Si una pretendida transformación tiene fallas en la forma de instrumentarse, o no se coincide con su alcance, entonces el periodista de verdad, habla, como lo hizo en su momento Flores Magón frente al maderismo de 1910. 

II

Es ese el caso de la revista Proceso, cuestionada hace días por el gobierno federal dada su posición crítica, contrastando éste la conducta editorial del semanario con la del periodismo de F.  Zarco y de Flores Magón, sin advertir como decíamos, que ambos en ocasiones, fueron críticos, Zarco de Juárez, a pesar de ser su amigo, y de Madero el segundo.

Proceso acata a secas el deber de la parresía periodística, cuando la realidad lo demanda, desde que se fundó, sin interrupción, a pesar de todo y todos, como certeramente lo señala José Gil Olmos en su más reciente columna.

La labor esencial del periodismo en materia política, es la crítica del poder que siempre tiende a traspasar los límites; es ello de su naturaleza, y por ende, la importancia y necesidad de la crítica, de la oposición combativa.

No hay sobre la tierra, ni ha habido, ni habrá regímenes perfectos, angelicales, que por ello estén exentos de toda censura; siempre habrá aciertos y fallas, aún en los mejores, y tendrán las últimas que ser materia de crítica, guste o no la misma.

Hay aduladores que dicen que ante la crítica periodística al poder, éste tiene derecho a defenderse; suena ello razonable en principio, pero el matiz de eso radica en que defenderse desde las alturas del poder, no puede consistir en denostar a la prensa libre, o en salirse por la tangente de forma sibilina, como en el caso del reeleccionismo de Baja California, sino en aportar elementos objetivos, esgrimir razones para en su caso, desvirtuar la crítica, y si ésta fuera válida, corregir el rumbo. La mejor defensa es gobernar bien y rectificar cuando proceda.

En el fondo, quien practica la parresía es el amigo que dice la verdad en base a “la sinceridad perfecta”, que se la dice incluso al mismo Dios, como Job al elevar su queja por sufrimientos sin término. Ese acceso a la amistad en igualdad para hablar con atrevimiento, dice Merton, tiene su cimiento en el confiar en la verdad, en uno mismo y en los demás, nunca en el “funesto espíritu de sospecha”, como el de la época del Terror en Francia o en la Rusia y Alemania totalitarias, fruto podrido tal espíritu, de la práctica de la delación, como bien lo señala Hannah Arendt.

La 4T está instaurando por cierto, la delación contra los padres de familia en materia de educación pública, y contra los servidores públicos en la cruzada puritana. Eso es muy grave, como lo son, la extensión de la prisión preventiva oficiosa antigarantista, la política antiinmigrante, el ataque a la prensa libre, el experimento reeleccionista de Baja California que nubla el porvenir democrático, la concentración del poder en una persona, el quebrantamiento de los organismos autónomos y cuerpos intermedios, garantes de libertad. Acechan sombras oscuras a la nación. ¿Quiénes y qué las disipará?

III

El adulador es el que acepta voluntariamente la irrealidad, el que renuncia a la verdad, y como un “fluido”, se amolda a todos los vasos según convenga al interés propio, como un calamar sin corazón, sin unidad de vida, sin el mismo “logos, régimen, discurso”, al decir de Foucault.  Sed insaciable de irrealidad que se demanda de los otros: una definición de insensatez política.

El hablar franco que se atreve a ser sincero con rotundidad ante el poder, a pesar del peligro, es el de los profetas. Los precursores de ese hablar valiente: Sócrates y Juan el Bautista; y Cristo, su culminación, cuya palabra tan nueva y tan antigua taladró la soberbia humana. El Nazareno, atado de manos, ante Pilato que le pregunta socarronamente ¿eres tú rey?, responde imperturbable, tú los has dicho, soy rey. Y cuando con motivo de la bofetada que le propinó un guardia del sumo sacerdote, dijo Cristo, el León de Judá: si he hablado mal, demuéstramelo; pero si he hablado bien, ¿por qué me pegas?

Hoy, ese hablar es el de Rackete contra el racismo del ministro italiano, el de Snowden, Assange, Malala, Greta Thunberg, Ocasio-Cortez y sus compañeras demócratas, contra el senil neofascismo republicano.

En México, entre otros, el de zapatistas, campesinos, policías inconformes por trato indigno, el de Muñoz Ledo frente a la política migratoria a los pies del trumpismo, que humilla al pueblo y exalta a su gobierno.

Para terminar, cabe traer a la memoria el pacto democrático de parresía mencionado por Foucault, en conferencia pronunciada en la Universidad de Berna. Pacto entre el poder y el parresiastés, consistente en que el poderoso ante el hablar franco, escuche con grandeza de espíritu, sin enojo, sin cólera, sin venganza.

¿Quién y qué disiparán las sombras?, las almas grandes, parresía, ánimo de concordia nacional, rectificación, amistad civil, fidelidad a la suave patria, al espejo cotidiano del que habló el poeta zacatecano, López Velarde. Dedico este artículo con admiración, a toda la familia periodística de Proceso encabezada por Rafael Rodríguez Castañeda, desde 1996.

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