Autorreferencia y autocracia: vicios presidenciales

El presidente Andrés Manuel López Obrador en conferencia de prensa mañanera. Foto: Eduardo Miranda El presidente Andrés Manuel López Obrador en conferencia de prensa mañanera. Foto: Eduardo Miranda

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Según su propia versión de los hechos sólo él ha luchado contra la corrupción, sólo él se ha preocupado por la pobreza, sólo él ha sabido leer e interpretar la historia mexicana, sólo él ha enfrentado a la oligarquía, sólo él se atreve a decir las verdades, sólo él tiene el valor de polemizar, sólo él representa a la democracia, sólo él comprende al pueblo bueno.

Cuando habla de sí mismo confunde porque suele utilizar la primera persona del plural, pero en realidad siempre habla de Andrés Manuel López Obrador cuando dice “nosotros”. Discursa como lo hacían los reyes en otros tiempos, que imponían su punto de vista muy individual desde un nosotros gigante, a la vez mayestático e inalcanzable.

Lo enojoso de tanta autorreferencia es que se despoja a muchos otros sujetos de sus propias luchas. Contra la corrupción han batallado muchas mexicanas y mexicanos, lo mismo que contra la pobreza, la oligarquía o el autoritarismo.

Es hurto miserable desposeer a las personas de sus propias batallas, anularlas, desaparecerlas, y esto es lo que vuelve mezquino el discurso presidencial.

Sirva como ejemplo reciente la descalificación que el presidente hizo de la tarea que realiza el Consejo Nacional de Evaluación de la Política Social (Coneval).

A propósito de esta institución aseguró López Obrador que no ha servido, que duplica funciones y que por tanto está pensando desaparecerla.

Sorprende que alguien interesado en la pobreza y la desigualdad mexicanas tenga una opinión tan negativa del Coneval. Cualquier persona seriamente preocupada por las políticas que han fallado o acertado, a la hora de enfrentar las asimetrías en nuestro territorio, tendría que haber leído, por lo menos una vez, los estudios, reportes o informes del Coneval.

Una sola visita a estos documentos es suficiente para comprender la diferencia entre el Inegi y el Coneval: el primero es un instituto que proporciona información estadística, pero no interpreta. El segundo celebra análisis, compara, obtiene valor agregado de las encuestas levantadas por el primero.

Por tanto, no son instancias que dupliquen la tarea, son distintas, aunque a la postre sean complementarias.

Este exabrupto reitera el desprecio sostenido por el presidente frente a los datos duros y su evaluación. Ahora sabemos que él no conoce las evaluaciones del Coneval sobre la política social.

¿Para qué conocerlas si él es su propia referencia, si él tiene sus propios números, si el se ha aproximado a la desigualdad mexicana personalmente?

Andrés Manuel López Obrador no pareciera interesado en visitar el esfuerzo intelectual que centenas de académicos han emprendido con seriedad, al menos desde los años ochenta del siglo pasado, para analizar las causas de la pobreza mexicana y proponer alternativas de solución.

Está convencido de que su opción es la única que hará cambiar la necia realidad mexicana y que cualquier otra propuesta que se haya ensayado antes es errónea porque no fue él quien la impulsó.

Esta fórmula para implementar políticas públicas no sólo es autorreferencial, sino también autocrática: como los antiguos zares rusos, es refractaria ante la evidencia o, peor aún, como en el totalitarismo, no hay disposición para aprender del error.

La sociedad mexicana ha acumulado conocimiento denso a propósito de las razones estructurales de la pobreza y la desigualdad, el cual no merece tirarse a la basura, aun si el jefe del Estado mexicano así lo instruye.

Contra la autorreferencia y la autocracia se han visto obligados a reaccionar inclusive aquellos asesores que, en materia económica, en otros tiempos eran consultados por el presidente López Obrador.

Es el caso, por ejemplo, de Gerardo Esquivel, quizá uno de los economistas mexicanos con mejor trabajo académico a propósito de nuestra desigualdad.

El jueves 25 por la mañana, el actual funcionario del Banco de México publicó en sus redes sociales una opinión respecto a este tema: “El Coneval es mucho más que la simple medición de la pobreza. (E)valúa el diseño, operación e impacto de la política social. Su independencia y objetividad es crucial”.

Si el presidente no escucha a Esquivel para estos menesteres, ¿a quién está escuchando?

Al parecer sólo se está escuchando a sí mismo: él sabe, él conoce, él entiende, él es, él puede, él ganó y todos los demás perdieron.

Ora que el dinero con que se financian sus programas sociales es de todos, las becas para los Jóvenes Construyendo el Futuro las paga el contribuyente, el programa Sembrando Vidas se solventa con nuestros impuestos.

Aunque obvio, vale decirlo: no es el presidente quien regala ese dinero y por tanto sus decisiones merecen el más amplio consenso entre las personas que sí saben del tema.

Ese consenso alrededor de la política es lo que diferencia a una administración pública democrática de una que no lo es.

Resulta rematadamente equivocado suponer que las urnas legitiman la autocracia o la autorreferencia, como métodos para gobernar.

No hay resultado electoral que pueda sustituir la responsabilidad del gobernante a la hora de consultar, de explorar, de evaluar, de contrastar, de conocer, de analizar.
En otras palabras, el triunfo en las elecciones no exime al gobernante de hacer su tarea. Si Andrés Manuel López Obrador no ha leído un solo documento producido por el Coneval, estamos en serios problemas porque no serán los pobres quienes irán primero, sino sus ideas preconcebidas y muy particulares sobre los pobres.

Este análisis se publicó el 28 de julio de 2019 en la edición 2230 de la revista Proceso

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