“El sonido de mi voz”, documental sobre Linda Ronstadt

Linda Ronstadt con David Hidalgo. Foto: Tomada de ronstadt-linda.com Linda Ronstadt con David Hidalgo. Foto: Tomada de ronstadt-linda.com

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- A mediados de febrero pasado, Linda María Ronstadt visitó Banámichi, un pueblito del Río Sonora, ubicado a tres horas de la tierra de su abuelo Federico José María Ronstadt, quien nació en Las Delicias y emigró a Tucson, Arizona, hacia 1880.

Según relata el reportero Ernesto Portillo Jr. para la publicación Tucson.com, la cantante de sangre sonorense nacida en Tucson el 15 de julio de 1946 ya había visitado en otras ocasiones aquellos páramos, descritos como “un acordeón de bordes de montañas irregulares en cuyas laderas se alzan saguaros y cactus, mientras que los centinelas silenciosos y el exuberante suelo del valle están cubiertos de habas, ajos, álamos y palos verdes”.

Linda Ronstadt dijo entonces: “Es hermoso estar aquí y la gente es lindísima… Y es simplemente el pueblo ideal. La gente es súper cordial. Recuerdan a mi papá y a mi abuelo. He conocido a gente que no conoció personalmente a mi abuelo, pero recuerdan su nombre y las causas que él defendía. Eso es significativo.”

En dicha visita, Linda estuvo acompañada de un equipo de filmación. El documentalista y actor james Keach (The Long Riders, Walk The Line y Razor’s Edge) llegó con ella para filmar dos documentales: uno en torno al conjunto Los Cenzontles, de Eugene Rodríguez, y el nuevo documental Linda Ronstadt: The Sound of My Voice (“El sonido de mi voz”) que estrenó por abril en Estados Unidos.

Rob Epstein y Jeffrey Friedman dirigieron la cinta con James Keach y Michele Farinola, produciéndola CNN Films para proyectarla por televisión en América del Norte y en espera de salir en los cines por septiembre patrio. La película estrenó con el tributo de su admiradora Sheryl Crow en el Tribeca Film Festival 2019, y acaba de ganar el Premio del Público en el Provincetown International Film Festival. Owen Gleiberman reporteó para Variety que Linda Ronstadt: The Sound of My Voice “es un documental sin paja que relata la vida hechizante de una de las mujeres más poderosas en la historia de la música popular”. Linda surgió en los años sesenta con el auge de la música folk y para comienzos de los setenta ya era una estrella que alcanzó a ganar 11 premios Grammy.

El rodaje, calificado con cuatro estrellas por Rotten Tomatoes, se construye a partir de sus presentaciones en medio siglo, a la vez de entrevistas con amigas Emmylou Harris, Dolly Parton, Karla Bonoff y Bonnie Raitt, o sus colaboradores Jackson Brown, Peter Asher, David Geffen, Cameron Crowe, Ry Cooder, Aaron Neville Don Henley y JD Souther, hasta su retiro de los escenarios en 2011 por padecer Linda del Mal de Parkinson.

Buena parte de la película está inspirada en su libro autobiográfico Sueños sencillos, del que Proceso ofreció un adelanto a sus lectores hace poco más de un lustro (https://www.proceso.com.mx/354920/suenos-sencillos-autobiografia-musical-de-linda-ronstadt).

En el libro, ella afirma:

“Jamás me he considerado una cantante de rock’n’roll… Nunca sentí que el rock’n’roll me definiera… Haber sido vista durante un periodo en los setentas como Reina del Rock me hizo sentir incómoda, porque mis devociones musicales a menudo se hallan en otros géneros. Tras la experiencia surrealista de quedar encarcelada en la despiadada maquinaria estadunidense que fabrica celebridades, sentí que ya era hora de yo reclamar para mí una parte esencial de lo que soy: una chica del desierto de Sonora.”

 

“Mi infancia” por Linda Ronstadt

Mi padre, conocido como Gilbert, era guapo y algo tímido…

Tenía una hermosa voz barítono que sonaba como mezcla entre Pedro Infante, el famoso ídolo del cine mexicano, y Frank Sinatra. A menudo se presentaba en tardeadas locales del Fox Tucson Theatre, lo anunciaban como Gil Ronstadt y su Star-Spangled Megaphone. Llevaba serenatas bajo la ventana de mi madre con sus bonitas canciones de México “La Barca de Oro” y “Quiéreme Mucho”. (…)

Cuando éramos niñitas, las visitas de nuestra tía Luisa eran maravillosamente excitantes. Ella enseñó a mi hermana Suzy cómo hacer el movimiento de danza shimmy y a tocar las castañuelas, permitiéndole ponerse los hermosos vestidos regionales de España que había usado cuando era bailarina. Había vivido muchos años en España y se había casado con un pintor comunista quien apoyó la causa republicana en la Guerra Civil Española. Mi tía había sido amiga del poeta Federico García Lorca, quien recitaba sus hermosos poemas mientras ella tocaba la guitarra… Muchos años después, yo tomaría el título de una colección de canciones folklóricas y relatos de México que ella publicó, Canciones de Mi Padre, para el título de mi primer disco de canciones tradicionales de México. (…)

Aprendí sola a manejar el aparato de radio tocadiscos y podía cambiar el cuadrante a través de las letras de estaciones de Arizona, que comenzaban con la “K”. También podía irme a las estaciones de México, que empezaban con “X”. Ahí tocaban las estruendosas rancheras de mariachi: polkas animadas con acordeón, valses y corridos del bravo estado de Sonora. ¡Sí, señor! Mi padre tenía algunos discos de 78 RPM… Carmen de Bizet, Peer Gynt de Grieg, y de la cantante de flamenco Pastora Pavón conocida como La Niña de los Peines, quien cantaba en una jerga española que no comprendía. Me mataba. De alguna manera podía sentir que no cantaba sobre cosas agradables, ella cantaba acerca de algo esencial. Algo que deseaba mucho y la encendía, como lo que yo sentía cuando extrañaba a mi madre (…)

No recuerdo que en casa nos faltara música: mi padre chiflaba mientras reparaba algo; mi hermano Pete practicaba el “Ave Maria” para su actuaciones con los Tucson Arizona Boys Chorus; mi hermana Suzy suspiraba una canción de Hank Williams, lavando platos; mi hermanito Mike luchaba por tocar el inmenso contrabajo. Los domingos, mi padre se sentaba al piano y tocaba casi cualquier cosa en clave de DO. Cantaba canciones de amor en español para mi madre, y luego unas cuantas de Sinatra, al tiempo que recordaba su vida de soltero antes de tener hijos, las responsabilidades, y la horrible guerra. Mi hermana interpretaba el papel de Little Buttercup para la producción escolar de la ópera H.M.S. Pinafore cuando iba en segundo de secundaria, ella y mi madre podían tocar piezas así del gran libro de Gilbert & Sullivan que teníamos en el piano. Si se ponían de humor juguetón entonaban “Strike Up the Band” o “The Oceana Roll”. Todos hacíamos coros a nuestra madre en “Ragtime Cowboy Joe”.

En caso de aburrirnos por escuchar lo que había en el hogar, emprendíamos la huida recorriendo unos cientos de metros rumbo a casa de nuestros abuelos Ronstadt, donde conseguíamos siempre una agradable dieta de música clásica. Ellos tenían una Victrola y con discos de 78 RPM escuchábamos ópera. La Traviata, La Bohème, y Madama Butterfly eran nuestras favoritas. Los sábados sintonizaban la emisión radiofónica de la Metropolitan Opera o se sentaban al piano probando leer partituras de alguna composición sencilla de Beethoven, Brahms, o Liszt. (…)

La música que escuché en aquellas dos casas antes de cumplir los diez años de edad me proporcionaría el material de exploración para toda mi carrera. Nuestros padres nos cantaban desde que éramos bebés, y durante el ritual nocturno para dormir, con frecuencia incluían una canción fantasmagórica de cuna. Era una canción tradicional del norte de México que mi padre había aprendido de su madre, e iba como sigue:

Arriba en el cielo
vive un coyote
con ojos de plata
y los pies de azogue.

Mátalo, mátalo por ladrón,
lulo, que lulo, que San Camaleón.
Debajo del suelo
que salió un ratón.
Mátalo, mátalo, de un jalón…

Al atardecer, alguien abría una botella de tequila o de bacanora local (destilado de agave típico de Sonora), y la gente comenzaba a afinar las guitarras. Las estrellas parpadeaban y las canciones navegaban dentro de la noche. La mayoría en español, eran canciones hermosas, lamentos de amor, desesperación y abandono. Mi padre a menudo llevaba la voz principal, y entonces se le unían tíos, tías, primos y amistades con las frases que sabían o armonías que inventaban. Nunca se sentía como si fuera una presentación, la música simplemente se volcaba y fluía con el resto de las charlas. A los niños no se nos mandaba a la cama, aunque acurrucados en el regazo de alguien, nos íbamos durmiendo entre el sonido confortable de los cánticos familiares y los murmullos de dos idiomas.

La prodigiosa voz soprano de mi hermano Pete lo posicionaría como solista prominente en los Tucson Arizona Boys Chorus, que alcanzaron amplio prestigio a nivel nacional.

Cada vez que yo me imaginaba a mí misma cantando para el público, era algo así como esto: Me paraba en el proscenio de un foro con un telón real que se abría y cerraba, y cantaba aquellas hermosas notas, altas y puras, enchinando la piel al auditorio. Después de todo, yo era una soprano también y podía cantar tan alto como mi hermano. Quería cantar como él. Recuerdo que estaba sentada junto al piano. Mi hermana tocaba y mi hermano cantó algo que me hizo decirles: “Yo quiero probar cantar eso”. Mi hermana volteó a verlo y dijo: “Pienso que aquí tenemos a una soprano”. Tendría yo como cuatro años de edad. “Soy cantante, es lo que hago”.

Fue como haberme valorado de alguna forma, mi afirmación de la existencia. Me sentí muy a gusto de saber que aquello era yo en la vida: una soprano. En mi consciencia no albergaba el pensamiento de ser famosa o de convertirme en estrella. Sólo quería cantar y ser capaz de hacer los sonidos que yo había escuchado y que tanto me emocionaban. Y entonces un día, a los 14 años de edad, cuando mi hermana y mi hermano cantaban una canción folk llamada “The Columbus Stockade Blues”, salí caminando por un rincón y lancé la nota alta en armonía. La emití con la voz en mi pecho y yo misma me sorprendí. Antes de eso, yo nada más había intentado cantar en un tono alto de falsetto y carecía totalmente de fuerza. (…) Mi padre llevaba a la casa un montón de discos desde México. De ellos, nuestros favoritos eran los misteriosos huapangos, cantados por el Trío Calaveras y el Trío Tariácuri.

Aquellas canciones de las montañas del México profundo tenían ritmos indígenas extraños y melodías vocales que se quebraban en un falsetto conmovedor. También adorábamos la tersura urbana y la orientación al jazz del Trío Los Panchos. Yo me pasaba horas oyendo a la gran cantante ranchera Lola Beltrán. Ella influenció mi estilo de cantar más que nadie. Lola la Grande significó para México lo que Edith Piaf para Francia. Poseía una voz enorme, rica en coloraturas, cargada de drama, intriga, y amargo dolor. A pesar de ser ella una intérprete bravía que cantaba música campirana de México, su voz tenía los mismos elementos dramáticos y emotivos que la cantante de ópera María Callas (…)

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