“Limonada”: la agonía del migrante

"Limonada", de Ioana Uricaru. Foto: Especial "Limonada", de Ioana Uricaru. Foto: Especial

MONTERREY, N.L. (apro).- Limonada (Lemonade, 2018) tiene un título perversamente contradictorio: es un drama amargoso e indignante. Con su ópera prima, la directora Ioana Uricaru asesta una patada en la entrepierna al sistema migratorio de Estados Unidos al mostrar, con la más diáfana claridad, la vulnerabilidad en la que se encuentran personas que llegan a ese país en busca del cada vez más lejano y cada vez más costoso sueño americano.

La realizadora sabe de lo que habla. Inmigrante rumana, radicada en la Unión Americana, pasó años duros buscando establecerse en el país de la “libertad y la democracia”. A eso se refiere con el título de la cinta, que se toma de una frase que es universal: si la vida te da limones, haz limonada. Hay que tomar la vida como viene, y hacer el mejor esfuerzo. Pero es imposible cuando un extranjero busca cambiar de país y se encuentra con un oficial de migración inescrupuloso, malvado y abusivo.

Sorprende la cinta de corte independiente, hecha con muy bajo presupuesto y con pocos personajes, pues si bien está ubicada en Estados Unidos, su tono, formato, ambientación y propuesta argumental son completamente europeos. El relato es seco, austero y con una estoica visceralidad.

Mara (Málina Manovici), con visa temporal, resiste calladamente las injusticias, de los hombres y del destino. Es una buena mujer, pero su sola condición de extranjera la tritura cruelmente. A lo largo de 24 pesadísimas horas, enfrenta problemas sucesivos que, sin embargo, no consiguen derrotarla. Su hijo de nueve años, de una relación previa, recién acaba de llegar, para unírsele en la tierra que ellos llaman ilusoriamente “América”. Pero allá en su país ella ha dejado familiares y pendientes.

Desarraigada y deprimida, se encuentra al borde del alarido de desesperación. Con una fortaleza tremenda, se aferra ingenuamente a la perspectiva de un futuro mejor, acompañada de su esposo estadunidense, quien parece ser un hombre bueno. Pese a sus esfuerzos, las circunstancias volátiles hacen que todo conspire en su contra.

La actuación de Manovici es prodigiosa, por compleja. Es bella y voluntariosa, aunque cándida y abnegada. Es forzada a tomar decisiones rápidas, que no necesariamente son las correctas. Pero actúa con los escasos recursos que le ha dado la limitada experiencia que ha adquirido en el país. Es una víctima propicia en una estepa plagada de lobos.

En el centro de la triste historia de Mara se encuentra el abuso de poder y la desigualdad de las relaciones de género. En este mundo, una mujer es vulnerable y, si es migrante, lo es mil veces más.

Toda la película esté cubierta por una incómoda pestilencia generada, directamente, desde los escritorios de imbéciles burócratas estadunidenses que, por la discrecionalidad que les otorga la ley, se sienten como si fueran los dioses que rigen la vida de las personas que llegan al país, buscando un mejor futuro. En un nivel político, la anécdota se mueve valerosamente hacia el cine de denuncia, que alerta contra un sistema migratorio, que si bien beneficia a muchas personas de todo el mundo, está plagado de agujeros e imperfecciones.

También merece aplausos Steve Bacic, el actor que representa al perfecto bastardo, hijo mal nacido, que se comporta como un satánico oficial de migración, indiferente a los problemas de la mujer que recibe en su oficina para tramitar la codiciada green card.

Esta historia es diametralmente opuesta a la rosa Matrimonio por Conveniencia (Green Card, 1990), que protagonizaron, con risas y glamour, los atractivos Andie MacDowell y Gérard Depardieu.

Limonada es poderosa, porque toca partes sensibles y duele. No le va a gustar nada al gobierno de USA.

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