Un golpe suave

Cartón de Rocha Cartón de Rocha

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- El debate público mexicano ha caído en el uso de ciertas palabras que sirven de tapadera de nuestras verdaderas contradicciones. El “estado de derecho” oculta las injusticias con su sola mención. La “democracia”, las desigualdades y los niveles de violencia que viven sus ciudadanos. La “tolerancia” aparece como indiferencia funcional. Son el barril sin fondo de lo insustancial, de la retórica del opinionismo que se escuda en otra palabra –“libertad”– para hacer pasar como juicio lo que, la mayoría de las veces, es sólo una simple reacción, cuando no un desahogo. Este abuso de palabras sin sustancia ni intensidad encubre una violencia de intenciones que la semana pasada se dejaron sentir. Pongo un ejemplo entre muchos: un exfuncionario anticorrupción del gobierno fallido de Felipe Calderón escribió que su “esperanza” es que los malos resultados del lopezobradorismo lleven al caos y que de ese desorden emerja una “restauración” del antiguo régimen. En el vacío, esa “esperanza” proyecta terrores más propios de un personaje de Los demonios de Dostoievski, que de un autonombrado “asesor anticorrupción”.

El miedo detrás de los llamados al caos –donde las mentiras, las exageraciones, los insultos forman parte de la party del apocalipsis– es hacia un país que es mucho más que las bodas y las inauguraciones de los hoteles boutique de la revista Quién. Los mexicanos ahora son morenos, son pobres, son “ninis”, pero también académicos de las universidades públicas. Ese país merece ser destruido, así sea mediante la mala leche encubierta en palabras insustanciales. Ya no hay porqués; el absurdo es el punto de partida: ¿por qué no? La nueva oposición de derecha nos había mostrado su ideario con el fallido gobierno de Felipe Calderón: se puede aniquilar todo sin defender nada; el crimen no es un “efecto colateral” sino su propuesta de sociabilidad. Se encubre en la palabra “estado de derecho” pero se expresa como golpe de Estado. Como decía la canción, “en el caos no hay error”.

En el nuevo documental de Carlos Mendoza y Canal 6 de julio En nombre de la libertad se habla de esta crítica –que en realidad es la difuminación de rumores con tintes de paranoia– como desestabilización de las sociedades que optaron por cambio de régimen en América Latina: Brasil, Honduras, Argentina, Venezuela. De acuerdo con la investigación, primero se corren rumores usando las redes, después se crea la idea de una carestía, se responsabiliza al gobierno por incompetente y, finalmente, se judicializan casos en contra de los gobernantes para que caigan. Se usan, entonces, las palabras insustanciales que encubren el golpe de Estado blando: el gobierno es antidemocrático, no hay estado de derecho, es intolerante, incompetente y corrupto. Hay en marcha una estrategia de desestabilización basada en la desinformación, pero será tan exitosa como la Operación Berlín y su ridícula frase “ahí vienen los rusos”, mientras continúe la aprobación hacia el cambio de régimen que ha sido, según mi perspectiva, una inclusión de más personas en la modernización.

Pero todo esto tiene que ver con el uso que le damos a las palabras, de recuperar su capacidad de sentido y de sentir. Si la nueva estrategia de la oposición de derecha es que su fuerza ya no es construir una propuesta alternativa a la de la izquierda, sino sólo dañarla, la acompañarán de la exaltación de un tipo de ciudadano que le tiene miedo a cualquier cambio, así sea sólo en el discurso. A una oposición que ya no le importa dañar todo, le corresponde su perfecto doble que tiene miedo al cambio y que prefiere esperar que “ojalá no pase nada”; que “no sabe qué pensar” pero se adelanta a sospechar.

La despolitización que nos acarreó el Partido Único y la ideología neoliberal también está en el ciudadano que, hasta por una moda llamada “neutralidad”, está predispuesto a la sospecha más que a la crítica, que implica recabar información, desmenuzar los procedimientos por los cuales se establece una verdad. La sospecha se vendió como una marca de la inteligencia más ramplona: si no sospechas, apoyas. Entre las patas se queda la crítica, como ejercicio iluminador, no destructor. Y el apoyo se asimila a simple obediencia. Por eso, publicar que un presidente electo es un “dictador” puede parecer muy crítico, cuando, en realidad, es sólo una forma de plegarse al escepticismo de la élite, que sí tendría razones monetarias y culturales para ir en contra de la transformación. La sospecha siempre es negativa, por supuesto, pero, a diferencia de la crítica, su interés es punitivo: castigar el pensamiento, no hacerlo más rico y complejo. Por eso, la idea de la oposición de derecha es decir que todos son igual de corruptos, mentirosos, demagogos. Eso reduce la complejidad, propia de la crítica, y hace de la sospecha lo que no requiere demasiada información –tan sólo un indicio– para ser justificada. La predisposición de la derecha a la desconfianza está sustentada en sus propios gobiernos fallidos. ¿Por qué ahora debería ser distinto? Confiar es de tontos.

Los 30 millones de electores se han equivocado o se autoengañan porque son ignorantes, ha sido hasta ahora el lema de los perdedores comiciales. La sospecha sobre sus connacionales funciona –al contrario de la crítica que busca cavar en las profundidades de un hecho– como un distanciamiento. No se dedica a profundizar sino a distanciarse por medio de la banalidad; hasta los zapatos sin bolear o el botón mal puesto han sido motivo de “crítica”. La superficialidad es un arma del golpismo desde siempre: el llamado a un linchamiento empieza por señalar la “anormalidad” del otro. Se le reduce a una característica que casi siempre lo deshumaniza. “Es un Mesías”, dijo el vocero, “crucifíquenlo”. Está loco, enfermo, los ha engañado y ustedes son estúpidos por no sumarse a la desconfianza, que es patrimonio de los inteligentes.

“Nos han quitado la libertad”, sostiene una señora de Las Lomas en el documental de Canal 6 de julio. ¿A qué libertad se refiere, si los siete meses de la 4T no han sido sino una ampliación de los métodos más simples de supervivencia hacia los sectores violentamente excluidos en los últimos 36 años? El poder no es algo, sino una relación con ciertas formas de visibilizar, enunciar y, finalmente, de construirnos en sujetos-sujetados. ¿Qué de lo hecho en medio año por el nuevo gobierno ha implicado un nuevo dispositivo de control? Sólo el de la corrupción. La señora sólo puede referirse a la libertad de hacer negocios ilegales, evadir impuestos, moverse en los circuitos familiares donde las leyes se les aplican sólo a los que no tienen dinero para pagar un abogado influyente, a un juez permisivo. Este poder no es el mismo del de Salinas o Calderón, emanados de un fraude electoral y cuyas medidas de fuerza sólo se pueden explicar por la falta de su legitimidad. En ausencia de soberanía, sólo hay disciplina. Por eso, “estar contra el poder” es tan insustancial como “estado de derecho”. ¿Qué poder? ¿Qué relación de servidumbre se enfrenta? ¿Qué libertad de hacer es la que le quitaron a la señora de Las Lomas? No lo sabemos porque sus palabras no hacen resonar ninguna realidad.

Al usar la sospecha y la banalidad, la oposición de derecha ha dejado de usar el lenguaje como expresión del intelecto y de la verdad. En la superficie, todo es insustancial: la libertad ahora puede ser cualquier cosa, sin significar nada. La “realidad” de algunos opinólogos sólo es interpretación, de igual forma que es, para los economistas neoliberales, algo dentro de un sistema axiomático cerrado, sin que guarde relación con datos de la experiencia, es “calificación económica”. El lenguaje ha perdido en el debate público actual su capacidad de ser un camino a una verdad demostrable. La suma de complejidades, contradicciones, profundidades que puede explicarse con palabras ha disminuido notablemente a favor de lo reducido, lo superficial, la reacción inmediata sin más información que el puro gusto/disgusto. En su célebre ensayo sobre el abandono de la palabra, George Steiner escribe: “La bestialidad y la mentira hacen estragos en la lengua cuando ésta se separa de las raíces de la vida moral y emocional, cuando se ha osificado con los tópicos, las definiciones acríticas y las palabras inútiles; el abandono de la vitalidad y la precisión es su muerte”.
Y, como él mismo advertía en el no lejano 1961, se nos dice que, en un principio fue la Palabra, pero no sabemos qué fue de ella al final.

Esta columna se publicó el 28 de julio de 2019 en la edición 2230 de la revista Proceso

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