Macri, una despedida a tono con sus méritos

Mauricio Macri, presidente de Argentina. Foto: Twitter @mauriciomacri Mauricio Macri, presidente de Argentina. Foto: Twitter @mauriciomacri

BUENOS AIRES (apro).- Alberto Fernández es virtualmente el “presidente electo” de Argentina. Su triunfo en las elecciones primarias del domingo 11, como candidato de la coalición peronista Frente de Todos, dinamitó la posibilidad del presidente Mauricio Macri de ser reelecto en las presidenciales del próximo 27 de octubre.

Rebasando por completo los pronósticos de las consultoras y los grandes medios, Fernández obtuvo 47.7% de los votos, frente a 32.1% del presidente y candidato de la alianza conservadora Juntos por el Cambio. La ventaja de algo más de 15 puntos parece irreversible. Las urnas expresaron el rechazo hacia el gobierno y el respaldo al peronismo como timonel en medio de la crisis. En un clima de total incertidumbre, con un dólar que en estos tres días ha aumentado 35% no se puede descartar un adelantamiento de las elecciones presidenciales.

Las elecciones primarias en Argentina fueron diseñadas para dirimir candidaturas dentro de las fuerzas políticas. Debido a que las alianzas designan a sus candidatos de antemano, las primarias fungen como un plebiscito sobre el gobierno y una gran encuesta previa. La dimensión de la derrota de Macri ha sido sin embargo tan lapidaria, que las elecciones primarias del domingo hoy se perciben, en los hechos, como si se hubiera tratado de la primera vuelta, pese a que esta tendrá lugar el 27 de octubre.

Allí Fernández necesitará 45% de los votos para ser presidente. Como entonces no se contabilizarán los votos en blanco ni los nulos, el candidato opositor alcanzaría un porcentaje cercano a 50% sólo con repetir su éxito del día 11.

La bofetada electoral fue resonante. La magnitud de la derrota vació de poder al gobierno. Macri no es un candidato competitivo y tampoco goza ya de la legitimidad necesaria para continuar con su política de ajuste de la economía. Esta realidad fue asumida de inmediato por los grandes medios y el empresariado.

Pero el presidente demoró tres días en admitirla. Tres días en los que, por el contrario, insistió en polarizar con una oposición que acaba de asestarle una paliza histórica a través del voto, poniendo en riesgo la gobernabilidad en los cuatro meses que le quedan a su administración.

En las semanas previas a la elección las principales fuerzas opositoras habían impugnado a la empresa Smartmatic, contratada por el gobierno para realizar el escrutinio provisiorio. El Frente de Todos suponía que ante su previsible triunfo, que luego se demostró categórico, el gobierno manipularía la carga de los datos para morigerar una impresión de derrotismo ante el electorado.

La votación culminó a las 18:00 del domingo 11. Los primeros datos oficiales debían anunciarse a las 21:00. A las 22:30, cuando ya la oposición había advertido al gobierno que si no publicaba los datos ella daría a conocer sus propios cómputos, Macri salió al escenario de su búnker electoral para anunciar a sus seguidores que habían hecho “una mala elección”. No dio cifras. No felicitó a su contrincante.

Volvió a hablar minutos más tarde, cuando ya se habían difundido los guarismos que confirmaban la victoria irreversible del peronismo. Dijo, entre otras cosas, que la elección “todavía no sucedió”, para recalcar que la elección presidencial válida es la de octubre, subestimando el significado político de su cataclismo. Macri no hizo ninguna autocrítica. Pero sí se la exigió, en cambio, al oponente que acababa de vapulearlo. Se presentó como única alternativa al caos. Culpabilizó al electorado por haber votado por el peronismo.

El lunes 12 el peso argentino perdió 20% de su valor. La bolsa de valores tuvo la mayor caída en 10 años. Los bonos argentinos se desplomaron. El “riesgo país”, que incide en la tasa de interés que paga Argentina para obtener financiamiento privado –hoy clausurado, ningún banco internacional le presta un dólar más a este gobierno– trepó más de 70%.

“Lo de hoy es una muestra de lo que puede pasar”, dijo Macri. Sostuvo que “el mundo” no confía en Alberto Fernández y culpabilizó al kirchnerismo por el castigo que “los mercados” le propinan a Argentina. No hubo gesto de grandeza ni renuncias en el gabinete ni anuncio de medidas económicas ni señales políticas con el fin de llevar tranquilidad a la sociedad.

La propia prensa que ha sostenido a Macri en su puesto comenzó a hablar de “alienación”.

La economía argentina se guía por el dólar estadunidense. El mismo lunes 12 comenzó el traslado de la devaluación a los precios. Se prevé que la inflación de 2019 superará 60%. El clima de incertidumbre política, con 35% de la población sumida en la pobreza, puede amenazar la gobernabilidad en el largo trecho que aún falta para el traspaso presidencial, el próximo 10 de diciembre. En estos tres días Macri confirmó ser un mal piloto en la tormenta.

Silencio

Cristina Kirchner es el cerebro detrás del triunfo peronista. Su decisión estratégica de llamarse a silencio durante meses, ceder el centro de la escena, acompañar a Fernández como candidata a la Vicepresidencia, permitió articular las heterogeneidades que presenta este espacio político.

La elección de un candidato como Alberto Fernández, que representa el ala moderada y que en 2008 se había distanciado de los Kirchner, consiguió ablandar a un sector del electorado que siente un gran rechazo por la expresidenta.

Sin elevar la voz, a Fernández le bastó exhibir las consecuencias de la política de ajuste impulsada desde 2015 por Macri, y mostrarse, sobre todo, como portavoz de la esperanza. Presentó al peronismo como la única fuerza política capaz de sacar a Argentina de la recesión económica y de renegociar la deuda con el Fondo Monetario Internacional en otros términos. “Vamos a pagar la deuda que dejaron ellos, como siempre hicimos, pero con inteligencia”, dijo.

Fernández fue jefe de gabinete de Néstor Kirchner, cuyo gobierno canceló la deuda con el FMI en 2005. Una deuda contraída por el mismo sector político que hoy detenta el gobierno y que entonces, con políticas similares a las actuales, arrastró al país a la crisis terminal de 2001.

El peronismo pretende que sea el propio Macri quien renegocie el acuerdo con el FMI, de 57 mil millones de dólares, el más grande de la historia del país y del organismo, con plazos de repago sumamente cortos. Critica el modelo de valorización financiera impulsado por el gobierno, que ha desregulado por completo el mercado cambiario y promovido una apertura irrestricta para el ingreso y egreso de capitales financieros. La politica monetaria de altas tasas de interés, que hoy se encuentran en 75% anual, ha dejado sin financiación a las pymes.

Ante la victoria, Fernández llamó a terminar con la “grieta” que crispa a la sociedad argentina. Ratificó que su gobierno pondrá el eje en la reactivación económica, dejará de lado los proyectos de reforma que restringen los derechos de trabajadores y jubilados, apoyará la educación y la salud públicas.

La previsible llegada de Fernández a la Casa Rosada trae un aire de esperanza para las fuerzas progresistas de América Latina. Jair Bolsonaro, por el contrario, sostuvo que un regreso del “chavismo” en Argentina provocaría una migración forzosa de sus habitantes hacia Brasil.

“Celebro enormemente que Bolsonaro hable mal de mí. Es un racista, un misógino, un violento”, sostuvo Fernández, quien agregó que la relación con el primer socio comercial de Argentina va a ser, como siempre, espléndida.

Fernández no contará con el apoyo de los sectores que han apuntalado a Macri, empezando por Donald Trump y varios líderes europeos, el FMI y el sector financiero argentino, el establishment local y los grandes medios.

El “blindaje mediático” que acompaña a Macri desde que asumió la Presidencia, mientras la población ha visto caer su calidad de vida y sus expectativas, explica el asombro que causó la categórica derrota en propios y extraños, al poner negro sobre blanco el nivel de rechazo hacia el gobierno.

Disculpas

El gobierno de Macri recibió un voto castigo que se extiende por todo el territorio. Perdió en 22 de las 24 provincias argentinas. En el mayor distrito electoral del país, la provincia de Buenos Aires, el exministro de economía Axel Kicillof superó a la actual gobernadora, María Eugenía Vidal, la política con mejor imagen dentro del oficialismo, por 52 a 34%.

En la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, donde Macri fue alcalde entre 2007 y 2015, su alfil Horacio Rodríguez Larreta no tiene asegurada la reelección en octubre. Para subsistir electoralmente, aunque no puedan admitirlo, tanto Vidal como Rodríguez Larreta se verán obligados a quitarse el lastre de Macri en sus boletas.

El miércoles 14 Macri pidió “disculpas por lo que dije el lunes” y realizó algunos anuncios para mejorar sus oportunidades electorales. Éstos incluyen un aumento módico del salario mínimo, bonos equivalentes a unos 30 dólares para los trabajadores registrados, un alivio impositivo para las pymes, un congelamiento de 90 días en el precio de los combustibles.

Los anuncios confirman que Macri sigue con su ambición trasnochada de querer revertir el resultado. Su prioridad no está en garantizar una transición ordenada, para no agravar la herencia que dejará a quien lo suceda, tal como le solicitan diferentes sectores aliados. Tras los anuncios, el sector financiero impulsó una nueva alza del dólar, dándole la espalda al mandatario.

Como si se hubiera empeñado en satisfacer a sus críticos más panfletarios, Macri ha delegado la conducción de la política económica en el FMI y las políticas de defensa y de seguridad en los lineamientos que promueve Washington. Las causas de su debacle hay que buscarlas fundamentalmente en los bolsillos de los argentinos. Bajo su presidencia el salario medido en dólares ha caído a la mitad, la inflación se ha duplicado, han crecido la pobreza y el desempleo. Hoy hay un sector social que pasa hambre. Y franjas de la clase media que se ven forzadas a pagar la factura de luz en cuotas.

Pero los motivos de rechazo a Macri también incluyen el ejercicio de sus funciones para favorecer a empresas propias o de sus amigos. En su gobierno, el descrédito de la justicia se ha agravado, al potenciarse el armado de causas impulsadas por funcionarios judiciales, agentes de inteligencia, periodistas y “arrepentidos”, con el objetivo de influir en la opinión pública.

El liderazgo construido a través del marketing y la manipulación del votante a través de las redes sociales, de gran efectividad en los primeros años, comenzaron a evidenciar su desnudez a medida que el presidente y sus funcionarios ya no pudieron pisar el espacio público sin recibir quejas e insultos de los ciudadanos.

El regreso del peronismo al poder prefigura la reivindicación de la “cultura igualitaria”, que pretende asegurar el goce de derechos básicos para todos los ciudadanos, independientemente de su rendimiento económico. Por el contrario, la “cultura del mérito personal”, promovida por el gobierno de Macri, expresa menos el premio al esfuerzo que la promoción de una sociedad individualista y competitiva, que valida las crecientes diferencias en los ingresos y la riqueza.

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