Estados Unidos: Las otras muertes, las de la desesperación

Camden. Miseria de Primer Mundo. Foto: Andrew Burton / Gety Images / AFP Camden. Miseria de Primer Mundo. Foto: Andrew Burton / Gety Images / AFP

Estados Unidos es un país con una economía en crecimiento, pero sus habitantes están cada vez más deses­perados y tienen cada vez menos oportunidades de progresar. Este fenómeno económico lleva a otro, de salud: durante los últimos 10 años la expectativa de vida ha bajado debido a las “muertes por desesperación”: suicidios o fallecimientos por sobredosis. Camden, en Nueva Jersey, es la ciudad que mejor refleja esa crisis. Proceso la visitó.

CAMDEM, Nueva Jersey (Proceso).- En la última década Estados Unidos ha vivido un fenómeno que los académicos llaman “muertes por desesperación”, que hizo bajar la expectativa de vida en este país durante tres años consecutivos, tendencia inaudita en el mundo industrializado.

Esta reducción en la expectativa de vida entre 2015 y 2017 (último año del que se disponen cifras) sólo tiene parangón con lo sucedido aquí entre 1915 y 1918, cuando la Primera Guerra Mundial y una epidemia de influenza devastaron a la población.

La actual baja de la expectativa de vida en Estados Unidos, de 78.6 a 78.3 años, está asociada al creciente número de suicidios –47 mil en 2017– y fallecimientos por sobredosis de drogas –poco más de 70 mil ese mismo año–, según el Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades.

Una desesperación que lleve a la muerte suena inexplicable si se considera que el desempleo en Estados Unidos está en su menor nivel desde 1969, además de que la economía había crecido –hasta el pasado julio– más de 10 años consecutivos, su mayor racha de expansión en la historia.

La expectativa de vida de los estadunidenses había aumentado consistentemente el último siglo; sólo de 1960 a 2017 la población sumó nueve años a su promedio esperado de vida. La tendencia ahora es
diferente.

Capitalismo salvaje

Las “muertes por desesperación” revelan un enorme problema de salud mental en Estados Unidos, según María Oquendo, directora del Departamento de Psiquiatría de la Universidad de Pensilvania.

En entrevista con Proceso, Oquendo señala que es cada vez más complicado para el ciudadano promedio acceder a servicios de salud. A esta deficiencia se suma la llamada crisis de los opioides, provocada por el abuso de medicamentos de venta controlada y por la irrupción del fentanilo, opioide sintético.

Y el creciente número de suicidios y muertes por sobredosis obedece también a factores socioeconómicos, según los académicos de la Universidad de Princeton, Anne Case y Angus Deaton. La pareja acuñó en 2015 el término “muertes por desesperación”, que son las que están directamente vinculadas al actual modelo rapaz del capitalismo en Estados Unidos.

La recuperación económica tras la recesión de 2009, verificable mediante datos oficiales, es en realidad sólo un espejismo para el estadunidense promedio, de acuerdo con análisis más detallados.

Así, 70% de los estadunidenses con menos recursos tuvieron menos riqueza en 2018 que en 2007, mientras que 30% vio un aumento marginal en sus posesiones materiales en ese periodo, según el Banco de la Reserva Federal de Estados Unidos. La mayor parte de la recuperación fue acumulada por un minúsculo porcentaje de familias acaudaladas.

En marzo pasado en la Universidad de Berkeley, Case ofreció una conferencia basada en su libro Muertes por desesperación y el futuro del capitalismo, que será difundido el próximo año, donde señaló que el poder sin contrapesos de las corporaciones ha creado una sensación de desesperación sin salida.

“Creo en el capitalismo, en verdad creo que durante los últimos 250 años ha funcionado de modo increíble para sacar a la gente de una espantosa pobreza. Pero creo que debemos darnos cuenta de que, si no lo controlamos, el capitalismo va a matar a la gallina de los huevos de oro”, afirmó Case, según un video de la presentación.

Este capitalismo es caracterizado por la paulatina eliminación de los derechos de los trabajadores y por el auge de multimillonarias corporaciones con una enorme capacidad de cabildeo e influencia política.

“Los trabajadores ya no tienen voz en la mesa. Cuando se trata de cabildeo en Washing­ton, ninguno de los cabilderos representa a la mano de obra. Cada corporación tiene como cinco cabilderos por cada miembro del Congreso. Y sólo hablo de la industria farmacéutica. ¿Cierto? El cabildeo se ha salido de control también”, dijo Case.

En una entrevista de mayo pasado en el sitio de información TruthOut, Noam Chomsky citó los estudios de Case y Deaton y destacó que las “muertes por desesperación” coinciden con la aplicación de políticas neoliberales en Estados Unidos, definidas como privatizaciones, supuesto libre mercado y contracción del Estado.

Las cifras actuales de desempleo en Estados Unidos, según Chomsky, ocultan además a las personas que se rindieron en su búsqueda de trabajo.

Un análisis más cercano a la realidad arrojaría que 28% de la población afroamericana está desempleada, de acuerdo con el economista John Komlos, con base en un análisis detallado de la información del Departamento del Trabajo.

Así la población blanca en Estados Unidos, en especial la menos favorecida, vive en condiciones cada vez más parecidas a las de los afroamericanos, una comunidad históricamente marginada.

“Hay una profunda desigualdad en este país. Tenemos enormes diferencias en indicadores de salud entre ciertas poblaciones étnicas y minorías, y eso es una tendencia sumamente preocupante en sí misma, considerando que somos uno de los países más ricos del mundo”, afirma Benjamin Miller, director de estrategias del Well Being Trust, organismo civil que financió el estudio “Abuso de alcohol y drogas, y suicidio en la generación del milenio: un impacto devastador”, publicado el mes pasado.

Miller declara a Proceso que la supuesta recuperación económica refleja las disparidades históricas en Estados Unidos: “Tenemos una gran economía en general, pero si la analizas te das cuenta de que existe un horrible trasfondo en el que las brechas entre aquellos que tienen más y los que tienen menos van en crecimiento”.

Las tasas de suicidio en este país, al alza desde 1999, sugieren que los problemas que afectan a los ciudadanos promedio son de naturaleza estructural y afectan a toda una generación, en especial a los nacidos entre 1981 y 1999, según Miller: “Ese grupo demográfico tiene más probabilidad de haber nacido en pobreza que en cualquier otra condición social en Estados Unidos, y tiene más probabilidad de estar endeudado actualmente”.

Añade: “¿Cómo puedes ser feliz y aspirar a una vida con significado si constantemente tienes que preocuparte por tener un techo y mantener a tu familia. Tenemos graves problemas sociales en Estados Unidos, además de un deficiente sistema de salud”.

Asimismo las universidades siempre tienen un costo, que a menudo se traduce en deudas elevadas que dificultan el desarrollo profesional de los recién graduados.

Según el informe de Well Being Trust, de los hogares encabezados por personas menores de 35 años, 40% tiene deudas por préstamos estudiantiles. Los jóvenes con deudas universitarias suelen gastar cerca de la mitad de sus ingresos en abonos de sus créditos. “El estrés financiero es un factor de riesgo conocido para el suicidio”, según el documento.

Otro factor de estrés es el costo de la atención médica para la mayoría de los estadunidenses, incluidos los adultos jóvenes, que puede hacer que las personas no busquen atención de manera oportuna. Aproximadamente una cuarta parte de los jóvenes de hasta 35 años no tienen cobertura de salud.

“Zombielandia”

La ciudad de Camden, en Nueva Jersey, representa en buena medida uno de los rostros de la desesperación de un Estados Unidos en una era posindustrial, donde los servicios del gobierno van en retroceso y los beneficios económicos son repartidos de manera desigual.

El visitante que llega a la ciudad en autobús encuentra un desfile de personas bajo el influjo de las drogas o en busca de consumirlas. El centro de la ciudad está repleto de adictos, los olvidados por una economía que, según funcionarios del gobierno local, se recupera.

Frente a la estación de autobuses escucho decir a una mujer: “¿Qué traes?”, “Pink Panther”, responde un hombre, una clave que podría significar metanfetamina, heroína o LSD, de acuerdo con la DEA.

Considerada en 2010 la ciudad más pobre por ingreso per cápita en Estados Unidos, Camden era también la más violenta. Un artículo de la revista The Nation en ese año la llamaba “Ciudad de ruinas” y la ubicó como una señal de alarma sobre el futuro de “grandes segmentos” de Estados Unidos.

“Las drogas ahora han afectado a tantas o a más personas que durante la epidemia del crack (cocaína fumada, con alto poder adictivo, popular en los ochenta). Ahora la gente parece que se vuelve loca. La ciudad parece ‘Zombielandia’”, dice a Proceso Robert Dickerson, de 66 años.

Dickerson, fundador junto con su esposa del centro Unity Community, imparte desde hace 36 años clases de artes marciales y danza tradicional africana a la población más desprotegida de Camden: los niños afroamericanos.

Oriundo de Filadelfia, Dickerson decidió establecerse en Camden pese a la repulsión que experimentó al llegar a la ciudad, que describió como “desolada, con edificios abandonados y gente desesperada”.

Si Camden mantiene aún el lema de “ciudad invencible” es por individuos como Dickerson y su esposa, que ofrecen clases incluso a menores de edad que son incapaces de pagarlas. “Queremos salvar a los niños”, asevera Dickerson en la sala de su modesta casa en el barrio de Morgan Village.

A partir de 1950 Camden comenzó a sufrir el abandono de la actividad industrial y un declive constante de población. De 124 mil habitantes en ese año, la ciudad actualmente tiene 75 mil, de las que poco más de 37% vive en pobreza, según datos del gobierno federal.

En los últimos años la inversión ha regresado a Camden en los sectores de educación, salud y tecnología. Sin embargo, los beneficios no han sido experimentados por la población, opina John Fisher, rector de la Catedral de Camden.

“No estoy seguro de que esa mejora aparente en la inversión haya aún beneficiado a la gente. Creo que no ha sucedido”, dice a Proceso. Y añade: “Si se supone que la gentrificación tiene un efecto dominó, eso aún no ha pasado aquí”. En una ciudad sin supermercados o lavanderías de autoservicio, Fisher asevera que habían inaugurado hace pocas semanas un Burger King.

La demanda de servicios para personas sin hogar o para usuarios problemáticos de drogas tampoco ha disminuido en Camden, según Rebecca Fuller, vocera de la asociación civil Volunteers of America.

“La epidemia de los opioides no nos ha ayudado. Ofrecer ayuda a la gente que la necesita, como una vivienda temporal, no resuelve sus problemas. Estamos hablando de que la gente de la ciudad enfrenta una telaraña de factores que son muy complicados de resolver”, asegura Fuller en entrevista.

Para los Dickerson, la supuesta mejora de Camden sólo ha sido para los suburbios y para la zona frente al río Delaware.

Wanda Dickerson, maestra de danza africana tradicional, señala: “En los barrios pobres ves la misma devastación. Quieren limpiar la ciudad y barrer todo bajo la alfombra. Hemos ido de mal en peor”.

Añade: “No veo luz al final del túnel, ni esperanza para la próxima generación”.

Visto desde la desesperanzada perspectiva de un matrimonio afroamericano en el Estados Unidos contemporáneo, Cam­den es un microcosmos del país, donde las brechas económicas aumentan.

De acuerdo con el Centro sobre Pobreza y Desigualdad de la Universidad de Stanford, la desigualdad ha “aumentado sustancialmente” en Estados Unidos en los últimos 30 años, con niveles muy cercanos a los que precedieron a la Gran Depresión de los años treinta. Esa tendencia ha perjudicado en mayor medida a la gente de color.

Daniel Reidenberg, vocero de Save, uno de los mayores organismos civiles en Estados Unidos dedicados a la prevención de suicidios, dice al reportero que faltan recursos para entender las causas de este fenómeno y para atender a personas en crisis.

Estados Unidos gasta 90 veces más dinero en tratar el sida que en prevenir suicidios, pese a que es más la gente que se mata que la que muere por el VHS. Se invierten 20 veces más recursos en cáncer de mama, pese a que mueren por esta causa menos mujeres de las que se suicidan, e incluso se invierte más en contrarrestar la influenza.

A ese escaso gasto en prevención de suicidio se suma lo que Reidenberg llama “el efecto tsunami de factores económicos” que se enciman en Estados Unidos, un país rico, con economía en crecimiento, pero cuyos habitantes se encuentran cada vez más desesperados.

Este reportaje se publicó el 11 de agosto de 2019 en la edición 2232 de la revista Proceso

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