Pájaros en el Wi-Fi

Fotograma de la película alemana La Vida de los Otros. Fotograma de la película alemana La Vida de los Otros.

CIUDAD DE MÉXICO (proceso.com.mx).- Hace algunos años, cuando todavía había temores fundados de que el Big Brother fuera un personaje real, muchos evitábamos comentar ciertos temas por teléfono ante la eventualidad de ser espiados.

Como en la película alemana La vida de los otros, suponíamos que en algún búnker había un equipo de hombres grabando nuestras llamadas, transcribiéndolas y clasificándolas. No importaba que se tratara de telefonemas laborales o estrictamente personales. O de que la charla en cuestión revistiera interés sólo para sus interlocutores: todo era susceptible de ser registrado y analizado desde las sombras por personajes ligados a intereses ominosos.

No era para menos: no pocas veces las noticias se han alimentado de la obtención o filtración de grabaciones de llamadas obtenidas en la era analógica mediante “pájaros en el alambre”. Diálogos privados que destruían reputaciones públicas, capaces por igual de arruinar carreras políticas que de forzar divorcios de personas comunes. Nadie podía sentirse plenamente a salvo, aun si no se viviera en un Estado policiaco.

Podría decirse que la paranoia adoptó nuevas formas con la era digital. Por más que lo carguemos todo el día, no confiamos del todo en el celular. Sabemos de los intentos de gobiernos y empresas por infectarlos con programas que intentan convertir en espías a las cámaras y los micrófonos de los dispositivos móviles (e incluso, hasta los de los televisores inteligentes).

Sin embargo, aun cuando estemos conscientes de estos riesgos, por paradójico que parezca, actuamos como si nos sintiéramos más relajados. Sabemos que cuanta página de internet visitamos rastrea nuestros datos, y aún así autorizamos las cookies. Todo el tiempo nos enteramos que las redes sociales comparten nuestra información con terceros y aún así les abrimos la puerta para no estar fuera del juego de moda. Peor aún: autorizamos el acceso a nuestra vida para actividades que antes hacíamos sin rendirle cuentas a nadie como leer un libro, ver un programa de tele o practicar un juego. Las versiones electrónicas de entretenimientos antiguos nos obligan a que nuestra cotidianidad le pertenezca a otro. Y ya ni duele.

No extraña, por tanto, que el más reciente escándalo relacionado con las empresas tecnológicas y su burdo manejo de la privacidad pase relativamente impune. Gracias a revelaciones periodísticas, sabemos que estas compañías han contratado equipos de trabajadores que tienen la misión de escuchar y transcribir las conversaciones personales de los usuarios de sus asistentes de voz y servicios de chat, muchas de ellas de contenido íntimo.

Amazon, Apple, Google y más recientemente Facebook se han visto pillados en esta práctica que justifican como una forma de mejorar de forma manual –“humana”, por chistoso que suene– lo que la inteligencia artificial aún no logra por sí misma.

Desde luego, se defienden alegando que seleccionan audios aleatorios, en los que no se conoce el nombre de la persona, aunque sí llegan a saber mucho de su estado de salud o situación sentimental. Se escudan en sus farragosos contratos de términos y condiciones para justificar que sí son transparentes respecto de estas prácticas frente a los usuarios. Y, sin embargo, ruborizados tras haber sido cachados in fraganti, suspenden dicha práctica, en lo que pasa el escándalo.

Hasta que le tocó el turno a Microsoft. A diferencia de Facebook, que tuvo que admitir la existencia de sus pájaros del otro lado del alambre una vez que fueron exhibidos por Bloomberg y suspendió temporalmente las escuchas, la firma de Redmond optó por normalizarlas.

La revista Vice documentó cómo los contratistas de Microsoft registraron llamadas de Skype e instrucciones a Cortana. Y días después de la revelación, simplemente actualizó su política de privacidad para hacer explícito lo que ya hacían en lo oscurito, como en la película de La vida de los otros.

“Nos dimos cuenta, en base a las preguntas planteadas recientemente, que podríamos hacer un mejor trabajo especificando que los humanos a veces revisan este contenido” dijo un portavoz de Microsoft a la sección Motherboard de Vice, autora de la primicia.

“Nuestro procesamiento de datos personales para estos fines incluye métodos de procesamiento automáticos y manuales (humanos)”, dice ahora la política de privacidad de Microsoft. “Revisamos manualmente fragmentos cortos de una pequeña muestra de datos de voz, hemos tomado medidas para desidentificarlos para mejorar nuestros servicios de voz, como el reconocimiento y la traducción”.

Quizá la empresa fundada por Bill Gates esperó para ver qué tanto pagaban sus competidoras en costo monetario o prestigio tras revelaciones similares. Y llegaron a la conclusión de que nada. Que los usuarios parecen normalizar a los pájaros en el alambre, como si fuera más cómodo saber que están por ahí, revoloteando en el Wi-Fi. Y quizá nos sintamos más bien tentados a seguirles dando más de nuestra información para que mejoren su servicio y enriquezcan su negocio.

Todo el mundo nos escucha desde un búnker. El problema es que ya a nadie le importa.

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