Zapata y el Estado mexicano moderno, en la lupa de Garciadiego

El historiador Javier Garciadiego en la conferencia "Zapata en la Historia" en El Colegio Nacional. Foto: Twitter @ColegioNal_mx

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- En opinión del historiador Javier Garciadiego Dantán, Emiliano Zapata, además de ser uno de los personajes míticos de la Revolución mexicana, ha sido muy bien tratado por el imaginario popular y ha gozado de enorme respeto a lo largo de décadas.

No obstante, considera que su lucha nunca puso en jaque a los gobiernos centrales, pues no representó una amenaza en términos militares, ni contribuyó a la fundación del nuevo Estado mexicano ni a la creación de la Constitución Política de 1917.

Con motivo de las dos efemérides que este año se conmemoran del llamado Caudillo del Sur: El 140 aniversario de su nacimiento ocurrido el 8 de agosto de 1879, en Anenecuilco, y el centenario de su asesinato en Chinameca, Morelos, el 10 de abril de 1919, el doctor en Historia por El Colegio de México (fue su presidente de 2005 a 2015) ofreció la conferencia Zapata en la Historia en El Colegio Nacional, del cual es miembro desde febrero de 2016.

Previamente, en entrevista con Apro, evaluó diferentes aspectos de la lucha zapatista y de la vida y muerte de Zapata, comenzando por confrontar la idea de atribuir su muerte sólo a la traición del general Jesús Guajardo, sin considerar el contexto y condiciones en las cuales se encontraba en ese momento el movimiento, lo cual no hace justicia al propio revolucionario:

“No me gusta el análisis que se ha hecho de la muerte de Zapata. Por lo general, se da una explicación de tipo moral: el asesinato, la traición, la felonía, y se pasan por alto las condiciones reales en las cuales estaba él durante esas semanas de abril”.

Enfatiza entonces:

“Es decir, ¡no le hacemos un reconocimiento justo a Zapata si lo vemos simplemente como la víctima de un engaño! Como si fuera un hombre ingenuo, porque haber ido a Chinameca, ocupada por Guajardo, sin guardias que lo acompañaran, sin un contingente, realmente habla mal de él. Cuando era un hombre muy, muy agudo, precavido, había sobrevivido en condiciones muy difíciles nueve años de lucha, para no mencionar los años previos del porfiriato, donde también enfrentó situaciones difíciles”.

Explicó el también miembro de la Academia Mexicana de la Historia que si el caudillo aceptó el encuentro con Guajardo, fue porque necesitaba dinero, armas, municiones y soldados para continuar su lucha, Y porque desde un año antes, abril de 1918, buscaba alianzas para enfrentar al carrancismo. Para ello envió representantes con Francisco Villa y Saturnino Cedillo, pero igual se acercó a fuerzas contrarrevolucionarias, los hermanos Peláez, felicistas, a Higinio Aguilar, Juan Andrew Almazán y algunos carrancistas.

“Guajardo no es el primer carrancista al que se acerca. Lo hizo con Cesáreo Castro, que había sido gobernador carrancista en Puebla, se acercó a Álvaro Obregón, cuando está desligándose del carrancismo y está tratando de ser un candidato independiente, hay algunos contactos de manera indirecta pero no es menor”.

Zapata se encontraba en “una crisis brutal” tanto económica como militar, de armas y pertrechos. Su ejército había tenido muchas deserciones, había perdido el control de Morelos en 1916, y andaba “a salto de mata”. Refirió que había también conflictos internos y acusaciones de traición y defecciones que llevaron a la expulsión y asesinato de gente como Lorenzo Vázquez, Otilio Montaño, e incluso de Eufemio Zapata fue muerto a manos de su subordinado Sidronio Camacho.

Esas muertes “no se explicarían sin el proceso de deterioro en el que había caído el zapatismo de 1916 a 1920”.

Los historiadores

El problema desde el punto de vista historiográfico, a decir suyo, es que la mayoría de los historiadores dedicados al zapatismo “son simpatizantes de él”, por lo cual es difícil encontrar “un análisis que no esté cargado de simpatías”.

Se le pregunta al autor del libro 1913-1914: de Guadalupe a Teoloyucan, basado en el movimiento y liderazgo de Venustiano Carranza, si su acercamiento a Zapata es distinto, pues se entiende que él siente mayor apego por el jefe constitucionalista, nacido en Coahuila:

“Yo diría que simpatizo con todos los grandes caudillos de la revolución. A cada uno le reconozco su aportación, pero si uno analiza las páginas que le dedica John Womack (Zapata y la Revolución mexicana) a los años críticos del zapatismo de 1916 en adelante o las de Adolfo Gilly (La revolución interrumpida), son estadísticamente menores que las de los años de auge: La lucha contra Díaz, Carranza, Huerta, el año de 1915, la Comuna de Morelos… le dedican muchas páginas”.

Mencionó como excepción a los historiadores Francisco Pineda, investigador del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), quien dedica un tomo de la biografía del líder revolucionario a los años 1916-1919, y a Felipe Ávila, del Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México (INEHRM), cuyo libro más reciente sobre el zapatismo incluye el capítulo “La crisis del zapatismo”.

No obstante, el señalamiento de esa crisis del zapatismo en los últimos años de vida de su líder, Garciadiego reconoció entre sus aportaciones el agrarismo y la organización comunitaria.

Detalló que las banderas de la revolución básicamente fueron políticas: la no reelección, la incapacidad de gobernar de Francisco I. Madero, la ilegalidad de Victoria Huerta, las conveniencias de Carranza. Además, enfatizó que se desarrolló básicamente en el sur y sus protagonistas fueron: en el noreste los carrancistas y maderistas, en el noroeste obregonistas y callistas, en el norte central villistas, y hubo movimientos menores como el de los hermanos Arrieta en Durango o Pánfilo Nateras en Zacatecas. Y añadió que el norte estaba conformado por sociedades más modernas.

Zapata hace de la revolución un movimiento birregional. Y mete en sus demandas al “México viejo”, con dos planteamientos: “la tierra y la comunidad”:

“Eso es Zapata, y es lo que me gusta: le da a la revolución un carácter birregional. Vamos a olvidarnos de la ‘revolución nacional’, eso es un mito de los discursos oficiales. Segundo, introduce el tema de la tierra mientras todos los demás insisten en temas políticos, legales, constitucionales.

“Y mete un tema que ha sido poco atendido, aunque cada vez lo han tocado más –Salvador Rueda Smithers lo empezó a hacer y Laura Espejel–, es el de la organización política de las comunidades, o sea, la comunidad rural como el núcleo de la organización social de este país, por lo menos para regiones extensas del territorio. No es el tipo de organización ideal para el norte, pero para el centro sur es un núcleo imprescindible”.

–Usted ha dicho que Zapata nunca puso en riesgo a los gobiernos centrales y va más allá al señalar que no aportó a la fundación del nuevo Estado ni a la Constitución del 17.

–Sí, es cierto, lo sostengo todavía. No aportó en términos militares porque no tenía capacidad de fuego, estaba muy lejos de la frontera que era donde estaban las armas y municiones. En segundo término, porque el ejercito zapatista no tenía una vocación ofensiva o para desplazarse a otras zonas, digamos a la Ciudad de México para ocuparla. El zapatista es un ejército que defiende su región, sus comunidades y sus tierras”.

Sin embargo, agregó, todos los gobiernos (Porfirio Díaz, León de la Barra, Madero, Huerta, Carranza) tuvieron que ocupar parte de sus contingentes, miles de soldados, para proteger la frontera sur de la Ciudad de México del ejército zapatista, en lugar de enviarlos al norte.

Tierra y comunidad

Garciadiego también reconoció al zapatismo haber incorporado en la parte ideológica la idea de comunidad rural, no estrictamente campesina. Porque –mencionó como ejemplo– hubo dentro del movimiento gente como Otilio Montaño, quien fue profesor, no campesino, y uno de los redactores del Plan de Ayala.

De hecho, indicó, los documentos o elementos que sí construyen al Estado mexicano del siglo XX que se consideran zapatistas, no son de líderes campesinos sino de intelectuales urbanos asimilados al zapatismo. Figuras como la de Gildardo Magaña, que huían de la represión huertista, se refugiaron en Morelos.

Citó también los nombres de Antonio Díaz Soto y Gama, su hermano Conrado, Octavio Paz Solórzano (padre del poeta Octavio Paz) y Genaro Amezcua:

“Cuando Zapata envía una delegación a la Convención de Aguascalientes, no manda a jefes campesinos, sino a estos intelectuales hacendados porque entiende que no le sirven para la parte militar y en cambio son muy buenos tribunos, buenos ideólogos, hábiles con la pluma y con la palabra, por eso el principal zapatista en Aguascalientes es Antonio Díaz Soto y Gama, un abogado potosino”.

Remarcó que, aunque dicho abogado logra meter a la Constitución el tema agrario, realmente es un intelectual urbano, no rural. Y detrás del artículo 27 hay otros documentos que vienen después del Plan de Ayala, como la ley del 6 de enero de 1915 del diputado Luis Cabrera, quien era asesor de Carranza, y a su vez era apoyado por Andrés Molina Enríquez, autor de Los grandes problemas nacionales.

Pero a su juicio tienen mayor injerencia en ese artículo Pastor Rouaix y Molina Enríquez, quien no era constituyente, pero quienes sí eran lo llevan de asesor, lo hospedan en un cuarto de hotel y los asesora:

“Uno puede ver la paternidad del artículo 27: la parte técnica es de Luis Cabrera en 1912 y enero de 1915, y de Molina Enríquez. Ahora, hay algo que sí es una aportación o mensaje de Zapata: que no se va a poder consolidar el Estado ni restablecer la paz si no se atiende el problema agrario.

“La propuesta del Plan de Ayala no es la mejor, tiene la parte política y la parte agraria. Pero en política es desacertado, desconoce a Madero, y le propone el liderazgo a Pascual Orozco. ¿Por qué a Orozco, si está a mil kilómetros de distancia? Y la parte agraria se basa principalmente en el concepto de restitución”.

Desglosó que la demanda era la restitución de la tierra a las comunidades a quienes se había usurpado, pero muchas de ellas no podían comprobar que habían sido usurpadas. El artículo 27 y la Ley del 6 de enero, establecen que a quienes no lo puedan demostrar se les dotaría de tierras y a quienes tuvieran pequeñas propiedades, se les ampliaría.

Concluyó el investigador que, aunque se mete el artículo 27 y el tema agrario a la Constitución siguió circunscrito a la región del sur, pues en el norte de México las comunidades no alegaban usurpación, la población era menor y había mucha tierra.

“En Morelos sí, era un territorio pequeño, con muchas haciendas porque ahí había comenzado el negocio de los españoles, y muchas comunidades. La presión de la tierra fue mayor que en el norte, por eso para Zapata la reforma agraria es imprescindible y para Villa no”.

 

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