Monsiváis y “El regreso de la Doctora Ilustración (Ph. D.)”

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Aquí vuelve la Doctora Ilustración, más hilarante y temible que nunca. Concebida por la imaginación impar de Carlos Monsiváis (1938-2010) y radicada durante los años sesenta y ochenta en el suplemento La cultura en México de la revista Siempre!, la Doctora regresa para atender a la flora y la fauna de la política mexicana.

Por su diván pasan lo mismo líderes charros y abyectos funcionarios que jóvenes ávidos por manifestar su apoyo irrestricto a toda causa o seriamente atribulados por la duda de si ya fueron o no corrompidos. Con prólogo de Lorenzo Meyer e ilustraciones de Darío Castillejos, este libro ofrece una  nueva y desopilante selección de los mejores textos de la columna “El consultorio de la Doctora Ilustración (Ph. D.)”, además de confirmar una vez más que Monsiváis, como Pedro Infante, no ha muerto.

A continuación, el prólogo de Lorenzo Meyer que da comienzo a este segundo volumen de Malpaso Ediciones (187 páginas, www.malpasoed.com).

Prólogo de Lorenzo Meyer

La sabiduría popular afirma: “Nadie es indispensable” y en términos generales es una verdad evidente. Sin embargo, como en el caso de muchas otras generalizaciones, esta admite excepciones. En lo personal, considero que aquí y hoy Carlos Monsiváis nos es indispensable y que hasta ahora nadie lo ha sustituido.

Su sitio como cronista y como fuente inagotable e inapelable de juicios morales contundentes y envueltos en una cultivada ironía, en un medio donde la hipocresía, la corrupción y la brutalidad los demanda para mantener la salud mental de la sociedad, sigue vacante. Hace ocho años que Carlos murió y su ausencia se nota, se le sigue echando de menos y mucho.

La enorme curiosidad de Carlos, unida a su igualmente formidable capacidad de lectura, de meterse en las entrañas de México, particularmente del llamado “México profundo” urbano, y su auténtica identificación con la suerte de aquellos conciudadanos menos afortunados, más abusados, explotados y humillados, le llevó a darnos en sus libros, artículos, conferencias, programas radiofónicos y charlas algunos de los mejores retratos y disecciones del México que vivió, aunque también se permitió incursionar, y muy bien, en aspectos del país anterior, específicamente el del siglo XIX e inicios del XX.

Toda descripción, todo abordaje monsivaisiano del enorme abanico de temas que le interesaban al escritor que echó raíces en la colonia Portales de la Ciudad de México –personajes, grupos, eventos, obras– llevó siempre, implícita o explícitamente un juicio estético y, sobre todo, ético. Posiblemente la médula de estos juicios la constituyó su educación dentro de una minoría religiosa, la protestante y, posteriormente, su identificación con la izquierda política; una izquierda, la suya, muy ajena al dogmatismo, pero siempre bien dispuesta a detectar y exponer los efectos negativos para el grueso de los mexicanos de la estructura política y económica del poder, que en su caso fue básicamente el priista.

El juicio y la sensibilidad monsivaisianas procedían de valores compartidos por muchos otros miembros de los círculos intelectuales y periodísticos dedicados a observar y juzgar las formas y los efectos del desarrollo mexicano posrevolucionario, pero muy pocos, si es que alguno de sus pares, tuvo la capacidad de combinar la congruencia con el uso magistral de la ironía y el sarcasmo.

Carlos dominó el arte de una escritura económica, lapidaria, certera y eficaz. Generalmente, los objetos de su crítica fueron personajes, formas de vida o instituciones del México “de los que mandan”. Ellos tendrían el poder, podrían ordenar y extraerle recursos a pasto a una sociedad pobre, con pocas posibilidades de defenderse, pero Monsiváis le negó legitimidad a su empresa. Y en esta tarea nuestro autor fue extraordinariamente hábil, pues supo combinar su sorprendente conocimiento –realmente enciclopédico—de temas, personajes y circunstancias con un humor ácido –humor detrás del cual había un manejo puntual de los hechos– y una irreverencia que constantemente hacía pedazos el solemne discurso de presidentes, gobernadores, secretarios de Estado, líderes sindicales y acaudalados hombres de negocios, además de algunos “hombres de letras”.

La primera obra que leí de Carlos fue justamente su primer libro; lo leí casi en el momento de su aparición y cuando sola tenía una vaga idea sobre el autor. Se trató de una pequeña autobiografía, casi un folleto, que se publicó a los 28 años, cuando también salió a la luz su primera antología: La poesía mexicana del siglo XX. A partir de entonces ya no paró de publicar ni yo de leerle.

En esa autobiografía precoz –copia del título de la del poeta soviético, Evgeni Evtushenko–, que de inmediato capturó mi atención y simpatía, Carlos escribió: “No admiro a mi generación: la veo demasiado uncida al régimen imperante, la recuerdo siempre ligada a las generaciones anteriores en el empeño de ahorrarse trabajo, de disfrutar lo conquistado por otros. La veo inerte, envejecida de antemano, lista para checar y reinar… No sé si pueda llevar a cabo una obra siquiera regular, pero no sirvo para las finanzas o la política”.

Él ambicionaba algo distinto al conformismo, a quedar atrapado en una forma de vida en la que imaginaba recibiendo ofrecimientos como éste: “Oiga, Monsivitos, ¿por qué no le entra usted a la tanda de la señora Concha?” No, él nunca sería Monsivitos. Se arriesgó y empezó a recorrer otro camino, menos seguro, pero más libre.

Lo que ocurrió poco después, el Movimiento del 68 y su represión, lo confirmó en su determinación. Lo suyo sería usar su pasión por las letras para enfrentar el sistema por la vía de observarlo con una mirada tan aguda como inconforme, para luego usar la pluma y exponer con ironía inmisericorde la corrupción, las miserias y la ilegitimidad del México oficial y de las élites del poder.

Otra conseja popular nos asegura que “nadie es profeta en su tierra”. Sin embargo, en buena medida Carlos sí lo fue. Prueba de ello fueron las numerosas distinciones –doctorados honoris causa en México y en el extranjero, premios nacionales e internacionales– que recibió a lo largo de su vida como reconocimiento a su empeño por revalorar la cultura popular, por reafirmar el liberalismo del pasado y por defender la razón de ser de los movimientos libertados de aquí y ahora.

Monsiváis escribió a torrentes. Su bibliografía comprende más de medio centenar de libros, entre ensayos, crónicas, relatos, biografías, antologías y obras en colaboración, además de que dejó una multitud de artículos sueltos en periódicos y revistas.

Son justamente algunos de esos “escritos sueltos” los que se recogen aquí en El regreso de la Doctora Ilustración (Ph. D.), segundo volumen dedicado a este conspicuo personaje creado por Monsiváis, cuyas cartas aparecieron originalmente semana a semana como parte de la sección “¡Por mi madre, Bohemios!” en el suplemento La cultura en México, de la revista Siempre!. Son escritos de apenas una o dos cuartillas, disparos de ironía que un Monsiváis francotirador cultural le descerrajó semanalmente al sistema durante los dos decenios posteriores al 68.

Eran disparos de precisión, cargados de sarcasmo y de verdad, dirigidos a herir la legitimidad cada vez más disminuida del sistema de dominación priista. Esa actividad de francotirador contra la cotidianidad autoritaria desde la zona de las letras se convirtió en una de las especialidades del escritor de la colonia Portales. Obviamente, esos refinados disparos intelectuales no podían acabar con el dinosaurio, pero contribuyeron a debilitarlo y son parte importante de la historia de la resistencia democrática de la época.

Quiero concluir este prólogo con un amplio ejemplo característico e inconfundible de esos disparos literarios a propósito de la corrupción pública y con los que Monsiváis contribuyó a la lucha antisistema: “Yo quisiera saber quién fue el hijo de la chingada que anduvo corriendo el rumor de que yo era insobornable.”

 

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