Felicidad y violencia en México

Colima, Baja California, Chihuahua, Guanajuato y Morelos son las entidades con las tasas de homicidios dolosos más altas en el primer semestre de 2019 Foto: Margarito Pérez Colima, Baja California, Chihuahua, Guanajuato y Morelos son las entidades con las tasas de homicidios dolosos más altas en el primer semestre de 2019 Foto: Margarito Pérez

CIUDAD DE MÉXICO (apro). – En estos días se ha hablado en el país de la felicidad, de si somos o no felices en este México convulsionado por la violencia brutal y cotidiana. La felicidad es un enigma circular de dimensiones colosales. Desde tiempos antiguos los filósofos la abordan. Desconcierta la forma en que la conciben, algunos negando su posibilidad.  Otros la hacen el fin de la vida humana. En este limitadísimo espacio, con osada humildad trato de la felicidad, con palabra tangente como línea que solamente toca de pasada, un diminuto punto de la esfera inabarcable donde ella habita.

I

Comienzo con el pensamiento de Péguy, un poeta profético, muerto en la batalla del Marne en 1914, citado por Charles de Gaulle en un discurso que pronunció en tiempos de la resistencia francesa, junto al nombre de Juana de Arco.

Dice Péguy, con su estilo inimitable en su libro Clío, Diálogo entre la Historia y el Alma Pagana: “Él sabe… sabe que uno no es feliz. Sabe que desde que existe el hombre, ningún hombre ha sido feliz… Ahora bien, mire qué inconsecuencia. El mismo hombre. Ese hombre tiene naturalmente un hijo de catorce años. Ahora bien, no tiene más que un pensamiento que su hijo sea feliz… Se trata de la común maravilla de su joven Esperanza”.

Pareciera entonces que es inconsecuente el anhelo de felicidad. Y, sin embargo, San Mateo nos cuenta que donde está tu tesoro, está tu corazón.  ¿En ello consiste el ser feliz? Pienso que sí, a condición de que el tesoro no sea ni el dinero, ni el poder, ni lo efímero y vano.

En la antigüedad, por cierto, nos recuerda Hannah Arendt, ciertos seres humanos de alma grande podían sentirse felices solamente si tenían el gusto por la libertad pública, si contaban con ella. Con la libertad para decir en la polis su palabra franca. ¿Eso equivale hoy a la felicidad? Sí, lo creo firmemente.

El genio de Sófocles nos abisma. Al escribir Edipo en Colona, trazó estos versos sombríos citados por Arendt en texto memorable: “No haber nacido es la mayor de las venturas, y una vez nacido, lo menos malo es volverse cuanto antes allá de donde es uno venido”.   ¿Cuántas veces esa idea no cruza por la mente de muchos agobiados por la hybris o insolencia? Insolencia engendrada por la saciedad de poder como lo dice Solón. Hybris, antípoda salvaje de toda tentativa, aunque siempre ingenua, de felicidad terrena.

Saciedad de poder como la del PT y Muñoz Ledo, maniobrando para continuar, mediante retórica injuriosa y patibularia, con el control de la presidencia de la Cámara de Diputados. Y mientras, niños con cáncer que carecen de medicinas vitales, y hace cosa de días, tres niñas caen muertas tras ráfagas de balas asesinas.

¡Qué decepcionante conducta la de esos legisladores! Pero era de esperarse para corresponder a la abyección de las masas. ¿Felicidad esa? No, mascarada de un simulacro de “izquierda” ultraderechizada, muy de la mano de los grandes magnates. El horror catilinario en las entrañas del país, ¡y los diputados deliberando sobre el control de su Cámara al servicio del poder!

Esa insolencia despunta hoy a diario con insólita constancia en el horizonte mundial. Políticos desalmados enjaulando niños y niñas migrantes. Olvidando lo que dijo un poeta irlandés de que el cuerpo y el alma de un niño es como el cuerpo y el alma de Cristo. Deportando refugiados sin sus hijos pequeños al margen de ley y justicia.  Impidiendo desembarcos de hombres y mujeres que huyen de la muerte y del naufragio moral. Y otros sirviendo de dócil instrumento de esas políticas racistas por conveniencias de tenderos “hechos para la cuadra”.

¿Felicidad, para quiénes? Ni para las víctimas, ni para los victimarios. Y no hablemos de nuevo de violencia como la del martes pasado en Coatzacoalcos con 28 asesinados o la de hace tres semanas en Uruapan con 19 muertos, algunos colgados en un puente y desmembrados. Tampoco hablemos ya de la pobreza que azota las espaldas de millones y millones. En tanto prevalezcan en el mundo esos índices brutales de descomposición y desigualdad, no es lícito presumir de felicidad alguna. La felicidad es comunitaria, civilizada, o se comparte en paz, o no lo es en absoluto.

II

Y para dar término a estas palabras tangenciales sobre la felicidad humana, oigamos las ideas siempre nuevas de Aristóteles. La aparente felicidad de los poderosos, nos dice el de Estagira, no es “señal de que sean realmente felices. …. Ni la virtud ni el entendimiento, de las que proceden las buenas actividades, radican en el poder”. Éste necesita de aplauso, diversión, placer, pero esos son meros medios que al final sufren del desengaño.

La Felicidad en cambio, es ella misma el fin nos dice Aristóteles en el Libro X de su Ética a Nicómaco. Y la felicidad será definida en su esencia como la actividad de acuerdo con la ¡virtud más excelsa! Y esa virtud es la búsqueda de la verdad, verdadera sabiduría que un día imploró Salomón, el rey.  “La verdad os hará libres”: en estas palabras todo queda sintetizado y consumado, porque ya en tiempos inmemoriales se dijo en un discurso pronunciado en el Cerámico: “La felicidad está en la libertad, y la libertad en el ánimo esforzado”.

Felicidad es entonces: ánimo esforzado como el de la niña Greta Thunberg defendiendo el porvenir del planeta; compromiso fraterno y solidaridad ante el clamor del refugiado (un haitiano murió el 6 de agosto en la Estación Migratoria Siglo XXI en Tapachula por falta de atención médica, según informe de prensa publicado en Proceso). Ante el clamor del indígena que resiste contra obras que devastan sus tierras y aguas. Ante el dolor de viudas y huérfanos víctimas de una violencia macabra. Ante la mirada triste de niños enfermos de cáncer y de millones que sufren pobreza y miseria en medio de la abundancia escandalosa de pocos.

Abundancia cobijada por un neoliberalismo solamente desterrado en la retórica para dorar la píldora con mendrugos, pero pujante en los hechos, en las sonrisas de los multimillonarios de siempre.  A la luz de esto, ¿es racional preguntar si es feliz nuestro querido México? ¿Es aún la suave patria dibujada por el poeta jerezano?

En suma, virtud, verdad, libertad, responsabilidad, ánimo esforzado y desapego, preludian el camino de la felicidad. Todo lo demás es sueño vano, mascarada. Desde que el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, la persona humana está salvada en esperanza y, por ende, el camino de la felicidad queda reabierto.  Porque desde entonces, lo queramos o no, la misteriosa danza cósmica y la música de las esferas celestes laten en el alma, en la sangre misma de todo hombre, al decir de un brillante monje cisterciense.

La clave para responder la pregunta ¿quién es feliz”, está en adiestrar ojos y oídos, leyendo y viviendo las partituras aristotélicas, para entonces contemplar esa danza, escuchar esa música y servir con alegría a los demás, “gozosos en la esperanza, pacientes en la tribulación”.

Dedico este texto con reverencia a la memoria del genio converso de Charles Péguy y su reiterativo y constante catolicismo.

 

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