Diamantina y destrozos

Aspecto de los trabajos de limpieza en la columna del Ángel de la Independencia. Foto: Octavio Gómez Aspecto de los trabajos de limpieza en la columna del Ángel de la Independencia. Foto: Octavio Gómez

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- En los días posteriores a la marcha del viernes 16, varios sectores de la ­ciudadanía, en su gran mayoría los medios de comunicación pero también figuras políticas e intelectuales, no han cesado de manifestar tanto su apoyo a las jóvenes manifestantes como su repudio por el vandalismo acontecido.

Cuando en una comunidad un grupo se manifiesta con una mezcla de indignación y violencia destructiva, ¿cómo evaluar esa protesta? Una manera entre otras es hacerlo desde una perspectiva histórica. El año pasado le solicité a la agencia CIMAC información sobre movilizaciones feministas en la Ciudad de México entre 2007 y 2017.

Desconozco tanto el criterio como la metodología utilizados por esa agencia feminista de información, pero a partir de la cobertura en medios que tiene registrada estableció tres categorías: 1) Derechos humanos. 2) Derechos sexuales y reproductivos. 3) Violencia.

En el apartado “Derechos humanos” incluyeron todos los temas, como derechos laborales y cuestiones políticas (­Ayotzinapa), que no son derechos sexuales y reproductivos, o violencia. Así, CIMAC registró 124 movilizaciones feministas en 10 años, de las cuales 30 corresponden a temas de derechos humanos, 26 a temas de derechos sexuales y reproductivos, y 68 a violencia. O sea, más de la mitad de las movilizaciones feministas han sido en torno a la violencia.

Aunque hay que tomar dicho registro solamente como un acercamiento incompleto, es una muestra que da una idea de cómo las movilizaciones por violencia han ido en aumento en la Ciudad de México. La lista es:

Algunas de esas manifestaciones están vinculadas a la fecha emblemática del 25 de noviembre (Día de Lucha Contra la Violencia Hacia las Mujeres). Otras han sido de reacción a la coyuntura en casos específicos de víctimas de violencia machista, como los casos de Yakiri o de Lesvy.

A partir de 2015 las tecnologías de la información han acompañado las protestas, y la movilización no se ha dado únicamente en las calles, sino también se ha desahogado virtualmente como: #NiUnaMenos, #MujeresEnHuelga o #NosotrasParamos. Plataformas como Facebook y Twitter han posibilitado la organización y convocatoria de denuncias digitales que coinciden con movilizaciones mundiales tipo las de #MiPrimerAcoso, #NoTeDaVergüenza, #NoTeCalles y finalmente, los variados #MeToo.

La exigencia de justicia contra la violencia cobra expresión en consignas que se centran en la demanda de una vida libre de violencia y el rechazo a cualquier tipo y/o manifestación de violencia machista: “Ni una más” o “No más feminicidios”.

Sin duda la coincidencia con el movimiento feminista internacional fortaleció la convocatoria a realizar una Huelga (paro) Internacional de Mujeres. El giro hacia la huelga se inició en octubre de 2016 en Polonia, cuando más de 50 mil mujeres organizaron paros en sus trabajos para oponerse a la prohibición del aborto. Luego, a raíz de un feminicidio, la idea de la huelga se extendió a Argentina con la consigna “¡Ni una menos!”. Y ya en 2017 la conmemoración del 8 de marzo se llevaría a cabo con el esquema de huelga en docenas de países, incluyendo el nuestro.

Sin embargo, antes, el domingo 24 de abril de 2016, en México se llevó a cabo la Movilización Nacional Contra las Violencias Machistas en más de 40 ciudades. Ni siquiera las marchas tradicionales, que conmemoran fechas emblemáticas (8 de marzo, 28 de septiembre y 25 de noviembre) fueron tan nutridas y combativas como esa.

La convocatoria de esta movilización, a la que se llamó la Primavera Violeta, surgió en el Estado de México, una de las entidades con mayor número de feminicidios del país. Miles de mujeres indignadas y esperanzadas expresaron su repudio y su hartazgo ante la violencia machista. Fueron “colectivas” independientes quienes la convocaron, y se sumaron mujeres de distintos estratos sociales, variadas ocupaciones y diferentes edades, desde madres de las adolescentes desaparecidas en Ecatepec hasta mujeres profesionistas, pasando por muchísimas universitarias, algunas que se autonombran feministas anarquistas, hasta jovencitas de secundaria y prepa, muchas con el pañuelo verde que simboliza la lucha por la despenalización del aborto, gritando: “¡Vivas nos queremos!”.

Reproduzco una parte de su discurso, por la vigencia e importancia que tiene:

“Hoy 24 de abril de 2016, nosotras, mujeres feministas, mujeres sin partido, mujeres de todas las diversidades, estamos aquí frente a la historia reciente de México para gritar, exigir, denunciar que estamos hartas de todos los tipos de violencia machista a los que sobrevivimos día a día, desde la más directa, hasta la que proviene de las partes más obscuras de este sistema económico, político y cultural heteropatriarcal capitalista; de este Estado fallido e indolentemente feminicida, que nos reconoce como sujetas fiscales, como mano de obra, como capital intelectual y manual para acrecentar su riqueza, pero nos desconoce como personas, que nos quita la identidad en todos los sentidos, condenándonos a una fosa común en la historia.

“Hoy mujeres obreras, campesinas, indígenas, mestizas, estudiantas, militantes, maestras, activistas, trabajadoras sexuales y trabajadoras del hogar, artistas, cocineras, lesbianas, bisexuales, heterosexuales, mujeres trans, disidentas sexogenéricas, mujeres de todas las corporalidades, mujeres con discapacidades, mujeres de todas las clases, profesionistas, analfabetas, encarceladas, guerrilleras, presas políticas, parteras, chamanas, mujeres en situación de calle…, tenemos un propósito común: manifestar nuestro absoluto hartazgo, nuestra rabia acumulada en contra de la violencia estructural, cultural e institucional que crecientemente provoca cifras alarmantes de feminicidios, el extremo más grave de estas violencias, que convierten las desapariciones forzadas y asesinatos de mujeres en manifestaciones brutales de odio y amarillismo.

“Hoy nos manifestarnos multitudinariamente para visibilizar estas violencias machistas, pero no queremos dejar esta movilización como un mero acto de rechazo y condena, sino que es nuestra vía para DENUNCIAR Y EXIGIR.

“En esta movilización contra las violencias machistas, buscamos que la denuncia y la exigencia se conviertan en un inmenso, hondo y duradero grito colectivo que haga temblar las instituciones gubernamentales y privadas, económicas, culturales, de medios de comunicación. Un grito que fracture las columnas sobre las que descansa el heteropatriarcado capitalista que nos domina, oprime, explota y violenta.

“Lo que en este pronunciamiento exigimos no debe ni puede quedarse en el archivo de lo postergable, de lo que pueda olvidarse. Cada exigencia a la que aquí llamamos es también una vía de solución que ya incorporamos en nuestras luchas y propósitos.”

Una parte del pronunciamiento se centró en lo que estaba pasando en la Ciudad de México:

“Las mujeres feministas y no feministas aquí reunidas denunciamos y exigimos que esta ciudad que se dice ‘amigable’, que dice estar a la vanguardia de nuestro país, reconozca y enfrente las violencias machistas que las diversas mujeres que somos vivimos en ella día con día y que hoy venimos a denunciar. Se califica a la CDMX como un ‘espacio geográfico, socioeconómico, cultural, administrativo y político donde las violencias machistas las vivimos diariamente las diversas mujeres que allí habitamos, o que transitamos por sus calles y espacios públicos, usamos sus transportes y asistimos a sus instituciones de salud, educación o a sus centros laborales’.”

Hartas de la impunidad respecto de los feminicidios y de agresiones sexuales, esas jóvenes exigieron un cambio político, no sólo de las autoridades sino también de la sociedad, sumándose así al ¡basta ya! mundial.

Las jóvenes feministas hacen “feminismo” de otro modo y en otros lugares, pero su esfera de acción más conocida es la calle, donde desarrollan prácticas que interrumpen y cuestionan la transmisión de valores hegemónicos patriarcales y capitalistas. Como es de esperarse, ciertas de sus actividades y protestas políticas (como los escraches o ciertos performances callejeros) no son compartidos por otras tendencias feministas, pues hay visiones en pugna acerca de los límites de la protesta: ¿el fin justifica los medios?

Unas feministas consideran que con violencia no se combate a la violencia, que la democracia tiene otros cauces para vehicular el descontento, que no sienta un precedente precisamente ejemplar para “dar la batalla” en futuras causas; pero otras recuerdan que para defender la libertad, para luchar contra opresiones de todo tipo, para defenderse de agresiones y para combatir por lo que se cree justo, ha sido indispensable utilizar la violencia.

Además, como la violencia sexual en sus diferentes formas está muy “naturalizada”, no suele ser percibida por quienes no la padecen, que se sorprenden genuinamente cuando quienes sí la sufren reaccionan de manera violenta.

Sirve, pues, tomar en cuenta los antecedentes ignorados o desatendidos de las anteriores movilizaciones para repensar lo ocurrido el viernes 16. Tal parecería que nadie, ni los medios de comunicación ni las instancias gubernamentales ni los editorialistas e intelectuales habían tomado en serio las protestas anteriores, pues solamente se lanzaba diamantina. Lástima que hubo que llegar a los destrozos para que las jóvenes finalmente fueran escuchadas.

Por eso persiste una duda: ¿existirá la posibilidad de otra forma de hacerse oír que no conlleve destrozos? No lo sé. Lo que sí sé es que todos debemos hacernos una autocrítica por nuestra sordera, la sociedad, los medios de comunicación y el gobierno.

Este análisis se publicó el 25 de agosto de 2019 en la edición 2234 de la revista Proceso

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