Rafael Díaz: “Hasta que no rompa con mi pasado no tendré paz”

Rafael Díaz, el pitcher relevista de Generales de Durango. Foto: J. Raúl Pérez Rafael Díaz, el pitcher relevista de Generales de Durango. Foto: J. Raúl Pérez

Bien puede ser considerado el hombre de acero del beisbol mexicano. Rafael Díaz está por cumplir 49 años, es el jugador más longevo de la liga y nunca se ha lesionado. Su historia de vida también confirma su cualidad de inquebrantable: sobrevivió a la pobreza de su natal Chihuahua, al abandono de sus padres, al bullying escolar de los mexicoamericanos y a la violencia de los barrios californianos en los que también vivió. No se dobló ni cuando su ídolo de la infancia, Fernando Valenzuela, un día se paró y le dijo: “Te la voy a partir (por) pocho”.

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- A Rafael Díaz Adame tres cosas lo alentaron para ser pelotero profesional: su abuela paterna, quien lo crió y se empeñó en llevarlo durante tres años a una liga de beisbol en Ciudad Juárez, Chihuahua; la Fernandomanía que vivió de adolescente en el estadio de los Dodgers, cada que el salario de su padre alcanzaba para un boleto, y Nolan Ryan, el lanzador de los cinco mil 714 ponches y siete juegos sin hit ni carrera en las Grandes Ligas.

Como abridor o pitcher relevista, Díaz ha estado 22 temporadas en la Liga Mexicana de Beisbol (LMB). Está a nada de cumplir 49 años. Es el pelotero más longevo en los diamantes mexicanos en la última década.

De piel curtida por el sol, enseña unas tenues arrugas en las comisuras de los ojos. Uno que otro pelo cano se asoma de entre su cabello oscuro y fino. Tiene intacto el hombro derecho. Igual el codo del mismo brazo. Mil 552 entradas lanzadas en el beisbol veraniego no le hicieron mella.

Llegó a los mil 167 ponches con rectas de hasta 97 millas por hora en sus años de esplendor y que el tiempo diluyó a 88. De la curva y el cambio de velocidad también ha vivido, y de un slider que quiso aprenderle a Chito Ríos y a cuanto pícher se le atravesó, pero que terminó por inventarlo él mismo.

“Le pregunté a coaches y jugadores cómo se tira y no me salió, la pelota no se movía. Yo tiro la curva con el nudillo hacia adentro y quiebro la muñeca al final del picheo. Practiqué el slider como agarro la curva, pero lo tiré como si fuera una recta. Se empezó a mover cada vez mejor. Nadie creía cómo agarro la bola porque no es la típica manera para un slider.”

¿Será por eso que su brazo derecho está intacto? El doctor Cuauhtémoc Reyes, ortopedista afamado en el beisbol mexicano, le aseguró que sí, que el ángulo con el que lo lanza no estresa sus articulaciones.

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Rafael Díaz cuida su brazo con el esmero de un coleccionista. Nomás se baja de la loma y ya trae sus mancuernas de cinco libras: hace dos series de cinco repeticiones con levantamientos laterales y frontales acostado boca abajo en la cama de masajes. Hay que fortalecer hombro y codo. Después se coloca una bolsa de hielo molido, pero no por más de 20 minutos. Es el mismo ritual desde hace 31 años.

El resto de su cuerpo recibe un trato similar: duerme entre siete y nueve horas al día, se levanta muy temprano, desayuna proteína y carbohidratos, cero bebidas dulces, sólo toma agua. Su condición física la envidian hasta los peloteros novatos.

“Si un equipo sigue interesado en mis servicios yo seguiré compitiendo. Cuando vea que ya no puedo porque mi nivel baja o mi brazo ya no puede será el momento que diga adiós. He tenido mis malas salidas. Me conozco, sé cómo estoy física y mentalmente y trato de demostrar a entrenadores y directivos que aún puedo competir.”

El 22 de mayo último fue desactivado del róster de los Generales de Durango, el quinto equipo con el que ha jugado en la LMB. Un altísimo 8.53 de porcentaje de carreras limpias con dos juegos perdidos en 12 entradas y dos tercios lanzadas lo alejaron de un campo de beisbol donde había estado cuatro décadas de manera ininterrumpida.

Pero Rafael Díaz no sólo tiene el físico de acero, su voluntad es indestructible. Sólo así se explica cómo un nenito que apenas camina puede crecer sin un padre, porque lo abandonó. Sólo así se explica que un niño también pueda resistir el abandono de su madre, rendida por la pobreza, para dejarlo junto con su hermanito Jorge en manos de su abuela paterna. Sólo así se explica cómo una persona puede encontrar consuelo en los baldíos de una grisácea Ciudad Juárez y tener aliento para jugar con bates y pelotas como si nada malo pasara.

Su abuela no demoró en llevar a sus nietos a la liga infantil cuando los niños se lo pidieron. Rafael, de nueve añitos, ni las reglas entendía, pero jugaba por puro instinto porque el beisbol le viene por sangre del tío materno, Alfredo, quien vistió el uniforme de los Dorados de Chihuahua.

En el verano de 1982 el padre de Rafael volvió a Ciudad Juárez por sus chamacos. Unos polleros los subieron a una camioneta y los metieron debajo del asiento trasero. Los tres, hechos bolita, cruzaron por la garita de San Ysidro, en Tijuana, hasta llegar al este de Los Ángeles, el barrio hispano –poblado sobre todo por mexicanos– donde el señor Díaz tenía ya varios años establecido.

En una casa de una sola habitación, si acaso de unos 40 metros, vivían los Díaz con la nueva esposa del padre, los tres niños de ella y la pequeña Alice, media hermana de Rafael.

El señor se ganaba la vida como ensamblador de muebles. Pese a las carencias, siempre había un poco de dinero para ir al Dodger Stadium a ver a Fernando Valenzuela, el ganador del Trofeo Cy Young y Novato del Año en 1981, al que tiraba juegos completos y dominaba a sus rivales con su tirabuzón indescifrable.

Nada más inspirador que ver a un sonorense moreno, al paisano migrante conquistando territorio estadunidense. Ríos de latinos se volcaban al estadio, los anglosajones también se rendían ante El Toro de Etchohuaquila. El orgullo de ser mexicanos les hinchaba el pecho a los Díaz.

Rafael no olvida que su primer juego de Grandes Ligas fue un Dodgers contra los Astros de Houston, un duelo de abridores entre Valenzuela y Nolan Ryan. La velocidad de las rectas del texano le alertaron los sentidos a Rafa. Soñó despierto ser como él.

En los campos de la Liga Belvedere de Los Ángeles pasó sus tardes de adolescente. Gracias a la Fernandomanía el beisbol creció enormemente entre la comunidad hispana. Rafa no hablaba inglés. En la secundaria los mexicoamericanos le hacían bullying.

“Me decían indio, ilegal. Me frustraba porque a veces ni les entendía qué me decían, pero sabía que me insultaban. Me tiraban la comida en la espalda, mis compañeros del equipo de atletismo ni siquiera me hablaban y me escondían mi uniforme. No tenía amigos. Me volví muy peleonero porque nunca me dejaba. Los que me molestaban eran los mexicoamericanos, desafortunadamente. A todo el que llegaba de México y no hablaba inglés lo agarraban.”

Y si en la escuela las condiciones eran inaguantables, en su vecindario fueron un tanto peor. Díaz creció rodeado de pandillas. Era la época de la lucha de poder entre mexicanos y salvadoreños. La Mara Salvatrucha reinaba.

Después, el matrimonio del señor Díaz se disolvió. Los muchachos y su padre se mudaron a Bell, a las afueras de Los Ángeles. Es otro barrio hispano violento e inseguro, donde los pandilleros también quisieron reclutar a los Díaz, pero no pudieron.

Rafael se matriculó en la preparatoria, donde se hizo atleta. Su estatura y velocidad le dieron para el beisbol, pero el coach Bob Morony lo sacó de la clase por no atrapar los elevados con las dos manos.

“Tuve que esperar hasta mi tercer año de prepa para jugar beisbol. Fui con un amigo a ver si nos quedábamos en el equipo de la escuela porque ya no queríamos andar en el beisbol llanero. Ahora sí agarré la pelota con las dos manos y desde el jardín izquierdo la llegué de aire a segunda base. El coach se impresionó y me preguntó: ‘¿Cómo te llamas?, ¿por qué no habías jugado? ‘Porque usted me corrió’, le dije. Se rió y dijo: ‘Mañana vienes…’ Así me quedé en el equipo.”

El talento de Rafael Díaz lo puso en el radar de los Expos de Montreal. Con 1.83 de estatura, 95 kilos y un brazo derecho tocado por el dedo de Dios, estaba a punto de graduarse de la preparatoria. Los cazadores de talento rondaban a los prospectos como abejas a la miel.

El afamado scout Jethro McIntyre llamó por teléfono a la casa de los Díaz. Rafa no sabía ni qué era un scout. Por eso no entendía por qué había unos señores en las gradas que le apuntaban con una pistola de radar en los juegos.

Cuenta que McIntyre llamó y le dijo: “Te conseguimos en una ronda del draft y queremos hablar con tus papás para firmarte. Le dije: ah, sí, gracias, y le colgué. Mi papá me preguntó que quién era y le conté que pues que un señor McIntyre que porque me firmaron los Expos de Montreal. Yo nomás conocía a los Dodgers, los Gigantes y a los Angels, los equipos de California. Quién sabe qué eran los Expos y el draft. Mi papá tampoco sabía y me dijo: ah, pos ta bien.

“McIntyre volvió a llamar, fue a la casa y nos explicó. No teníamos dinero para que yo fuera a la universidad, mi futuro era trabajar o firmar con los Expos. Me dieron 20 mil dólares de bono y a mi papá se le abrieron los ojos.”

Encara a su ídolo

Ya era 1989 cuando llegó a la Liga Rookie en Florida, a Bradenton, donde los Expos de Montreal comparten un complejo, con estadio y dormitorios, con los Bravos de Atlanta y los Piratas de Pittsburgh.

Como jugador en formación en las Ligas Menores, Díaz ganaba por aquellos años unos 500 dólares al mes. Viajaba en camiones de segundo nivel, dormía en moteles de lo peor y comía donde podía. En Bradenton compartía dormitorio con otros nueve jóvenes peloteros.

“Un año que me fue supermal y ahí dije ya no doy más. Estaba en Triple A y me bajaron a Doble A. Mejor ya me voy. El coach de picheo me dijo vete a tu casa, piénsalo y toma una decisión. Sin embargo, cambié mi actitud y me dije: ‘Que por mí no quede. Especialmente por el lugar de dónde salí y por las cosas que he pasado voy a seguir trabajando y no me voy a rendir’. Me empezó a ir bien y terminé ese año en Triple A.”

Durante siete años Rafael Díaz picó piedra, pero las Grandes Ligas no estaban en su destino. En 1995 se convirtió en agente libre. Durante los inviernos había estado jugando con Los Mochis en la Liga Mexicana del Pacífico. Francisco Chico Rodríguez se había hecho su amigo y le sugirió jugar en la LMB. Lo recomendó con los Sultanes de Monterrey, con quienes debutó en la campaña 1996. En 2003 lo contrataron los Saraperos de Saltillo, ahí se quedó 10 temporadas al lado de quienes han sido los mejores cácheres que ha tenido: Noé Muñoz y Jonathan Aceves.

–¿Está satisfecho con su carrera? No logró llegar a Grandes Ligas, pero en México consolidó una carrera.

–Hay muchos mejores pichers que yo. Lo que me llena es que sí se han fijado en la manera como me he entregado. Eso me enorgullece. He tratado de ser un ejemplo de consistencia. No sé si lo logré. No me considero un ídolo, simplemente un jugador entregado.

“Mire un ejemplo: Fernando Valenzuela. Me tocó estar con él en Navojoa (con los Mayos). Era mi segundo año en la Liga del Pacífico. Yo tendría unos 19 años. De la nada en el camión, el señor se levantó y me dijo: ‘Te la voy a partir’. Y yo: ¿por qué, qué le hice? ‘Tú, pochito’, me dijo. Él pensó que yo era un pocho porque hablaba inglés. Si se fija, el mexicano bullea al pocho y al revés. Así ha sido siempre.

“Me levanté y le dije: ‘Yo lo respeto, pero me voy a defender’. Los veteranos le dijeron que se tranquilizara porque no le había hecho nada, que me dejara en paz. Pero Valenzuela insistió: ‘No, no, pinche pocho’.

“Y ahí fue cuando dejé de tener ídolos. No me gusta que me consideren ídolo, ni me considero. Admirar el trabajo de los jugadores sí, pero no hay que idolatrar. Todos tenemos cosas negativas.”

Valenzuela no le partió la madre a Rafael Díaz, pero sí el corazón. El pelotero narra este episodio mientras lleva puesta una gorra de los Dodgers. “Él fue una de las razones por las cuales quise ser pelotero, la raíz fue mi abuela, pero por él quise seguir jugando. En las ligas infantiles en Los Ángeles usábamos el uniforme de los Dodgers. Nunca me ha gustado que me digan pocho. Se lo he dicho a los periodistas, a los jugadores y no lo entienden. Me siguen diciendo pocho”.

El reencuentro

A su mamá, Margarita Adame, la volvió a ver 20 años después de que salió de aquel cuarto construido con paredes de cartón prendidas con tachuelas y corcholatas de Coca-Cola, rumbo a la casa de su abuela. Empujado por la curiosidad de su hijo mayor por conocer a su abuela materna, Díaz y su esposa se animaron a regresar a Ciudad Juárez. Caminó las mismas calles en busca de su mamá.

El cuartito de cartón ya no existía. Se le acercó a una mujer para preguntarle si sabía dónde encontrar a Margarita. “¿Quién la busca?”, le preguntó. “Soy Rafael, su hijo”. Se puso amarilla. “Yo soy tu mamá”, le soltó. Y Rafa también se puso amarillo.

En segundas nupcias, Margarita Adame parió a Julio Daniel Frías, al Maleno, el delantero estrella de los Indios de Ciudad Juárez cuando la fiebre por el futbol ayudó a bajar los índices de delincuencia en el sexenio de Felipe Calderón.

–¿Qué es lo mejor que le ha dado el beisbol?

–Haber conocido mi país. Si no hubiera sido por eso no sabría de sus personas y sus costumbres. En el beisbol he llorado y he reído. Ha sido mi escape a mi pasado, a lo que ha sido mi vida.

Las lágrimas interrumpen el relato. Se le atoran en la garganta. Rafael Díaz se rompe como niño. Traga saliva.

“En la loma se me olvida todo. Siempre he sido muy explosivo. Mucha gente no sabe lo que he pasado, nomás conocen al jugador, pero no a la persona. Mi carrera de beisbolista ha sido muy bonita, la vida personal muy difícil. Sigo acarreando lo de mi pasado. Hasta que no rompa con mi pasado no tendré paz.”   

Esta entrevista se publicó el 25 de agosto de 2019 en la edición 2234 de la revista Proceso

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Estudió Ciencias de la Comunicación y Letras y Literatura Hispánica en la UNAM. Fue reportera de información general en los noticieros Monitor de InfoRed. Desde 2000 ha sido reportera y conductora de deportes en distintos medios radiofónicos y televisivos. Estudió la Maestría en Periodismo y Asuntos Públicos en el CIDE.

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