Primer Informe: la esperanza, la confrontación

Primer Informe de Gobierno de AMLO, la esperanza y la confrontación. Foto: Benjamin Flores

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Admisiones, tímidas quizás, pero admisiones al fin: en su mensaje político con motivo de su primer informe constitucional, el presidente Andrés Manuel López Obrador dijo que en materia de seguridad no hay buenos resultados; también que la economía no ha crecido, aunque precisó que no hay recesión.

A nueve meses de asumir el cargo, esos dos reconocimientos, sencillos e inevitables dadas las cifras oficiales, parten de una realidad, también sencilla e inevitable, como lo es que las condiciones en que recibió la administración tenían esa tendencia que, en principio y en el corto plazo, resultan difíciles de revertir.

Si el mandatario suele referirse casi a diario al “período neoliberal” –a veces también como “neoporfirista”–, una ficción generalizadora con la que asocia la idea de una necesaria transformación histórica, la cuarta en una bicentenaria línea de tiempo, es porque discursiva y propagandísticamente le da una dimensión superior al  período constitucional para el que fue electo.

En dicha transformación suele colocar como eje discursivo la “erradicación de la corrupción”. Y eso significa, siempre en el discurso, “separar al poder político del poder económico” (cosa que ya logró, según el mensaje del 1 de septiembre), establecer “un verdadero Estado de Derecho” (que también dijo ya es realidad según el mensaje del 1 de septiembre) y procurar una “regeneración moral de la vida pública” que está en marcha.

Con la promesa de regeneración moral cierra la idea: si todos los males son producto del “período neoliberal”, impuesto por sus antecesores del PRI y del PAN, con sus asociados del sector empresarial que implementaron planes dictados desde el extranjero –y a quienes antes llamaba “mafia del poder”, “minoría rapaz”, “traficantes de influencias”–, ahora, eso se reduce a un sector, el de sus “adversarios”, “los conservadores”, que no quieren el cambio.

El otro sector legitima sus proyectos y es objeto de mención y aplauso: Carlos Slim, el presidente del Consejo Mexicano de Negocios, Antonio del Valle, su consejo asesor empresarial integrado por magnates principalmente de medios de comunicación y todos, como lo han hecho desde el alemanismo por si o a través de sus sucesiones, participaron de la ceremonia por el informe de gobierno.

Así, la oposición moralmente en bancarrota, según el discurso presidencial que, si bien no identifica siempre a quién se refiere, obliga a pensar en Claudio X González, Germán Larrea, José Antonio Fernández Carvajal y lo que pueden construir a través de formaciones políticas como el PAN, el PRD (o Futuro 21), Movimiento Ciudadano (en la aglutinación de expriistas) o la vía independiente.

El discurso es claro en motivos y objetivos: se trata de reiterar que todos los males proceden del pasado (“toco madera para que no vuelvan”, ha dicho en variaciones el mandatario), que no puede resolverlos rápido pero que la “transformación”, esa que personalísimamente encarna, los resolverá (“no les voy a fallar”, viene diciendo desde julio de 2018).

Con eso, la confrontación tiene dos efectos: lo autoexculpa por las condiciones del país, e inhibe las oportunidades de recomposición para sus opositores. A partir de eso, mantiene la esperanza en el electorado que lo llevó a la Presidencia aun cuando sus resultados son malos en economía y seguridad, cuando la otrora mafia del poder ahora se limita a quienes no están de acuerdo con su propuesta y que, en su expresión política partidista –ciertamente reducida y con escasas expectativas—reciben el golpe cotidiano.

En parte tiene razón y el éxito de esos mensajes –que parcialmente explican su popularidad– es que son verificables: la herencia es mala y su solución compleja; la oposición formal es torpe y la informal encarnada en un sector del alto empresariado, tiene mucha cola que le pisen.

El discurso es audaz, pues encima de todo, aplaza la toma de responsabilidad sobre el período que a él le toca y, por lo tanto, la de la esperanza, es narrativa con caducidad por más que la reitere a lo largo del sexenio, porque mas allá del discurso y la propaganda, los resultados son los que importan.

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