Jóvenes Saboteando el Futuro

La primera firma de convenio con empresas para la puesta en marcha del Programa Jóvenes Construyendo El Futuro. Foto: Eduardo Miranda

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Parecía tan promisorio, tan oportuno, tan necesario. Un programa para proveer de oportunidades a los jóvenes que no estudian ni trabajan. Una iniciativa para atender a los ignorados y propulsarlos. Así nació “Jóvenes Construyendo el Futuro” y así fue aplaudido por quienes comprenden la deuda del Estado con quienes son el porvenir del país. Después de años de negligencia, animaba ver el esfuerzo y el entusiasmo y el liderazgo de Luisa María Alcalde y la Secretaría del Trabajo. Pero lamentablemente, los primeros cortes de caja no son promisorios ni generan motivos para celebrar. Uno de los proyectos emblemáticos del nuevo gobierno presenta serias fallas que deberían ser corregidas. No está construyendo; está engañando.

Las irregularidades son múltiples y los cuestionamientos también. Así lo exhibe el informe de Mexicanos Contra la Corrupción y la Impunidad, que a partir de los datos disponibles pregunta: “¿Cuántos son, dónde están, qué hacen?”. Y las respuestas evidencian lo que ocurre cuando un programa está mal diseñando y mal instrumentando; lo que pasa cuando las buenas intenciones no son acompañadas de las mejores prácticas en el ámbito de la política social. Para empezar, “Jóvenes Construyendo el Futuro” tiene un padrón inverosímil, poco creíble. Un padrón de becarios y Centros de Trabajo que creció a ritmo constante todos los días, sin importar fines de semana, días festivos o vacaciones, hasta que cerró. Un padrón en el que prácticamente se inscribió la misma proporción de hombres y mujeres, de niveles educativos y de edades. Y por ello, la información contenida ahí es estadísticamente improbable. Alguien está inventando.

Peor aún, es un padrón incompleto e inverificable. La base de datos publicada por la Secretaría del Trabajo sólo ofrece el nombre de los Centros de Trabajo –algunos se presentan con nombres propios como “María Cristina” o “Diputado Federal– sin Registro Federal de Causantes, razón social, dirección u otro tipo de información más allá del nombre genérico. Y la base de datos de los becarios no es pública; sólo se reporta un número inverificable de inscritos. No hay manera de saber si los Centros de Trabajo en realidad existen o si los beneficiarios del programa son jóvenes de carne y hueso o una invención burocrática. Cuando el estudio intentó revisar 82% de los casos en la Ciudad de México no fue posible encontrar información en más de la mitad de los casos. Del padrón reportado oficialmente de 6 mil 469 para la capital y de los 5 mil 439 revisados, sólo 413 Centros de Trabajo fueron empresas localizadas que ofrecieron información y tuvieron becarios. Los demás casos incluyen Centros de Trabajo sin ningún tipo de información o empresas no localizables o empresas que dijeron no estar en el programa o empresas que tuvieron becarios, pero ya no tienen. Evidentemente algo está mal; algo no funciona.

En los Centros de Trabajo que sí existen y proveyeron información se detectaron anomalías como la falta de pago o el despido de empleados y la sustitución con becarios o discordancias entre becarios registrados y becarios capacitándose o becarios utilizados para actividades que no aportan nuevas capacidades o becarios en actividades distintas a las que el Centro de Trabajo registró o becarios con un vínculo familiar directo con el Centro de Trabajo o la retención de parte de la “beca”. He ahí la evidencia de un programa subvertido, de un programa distorsionado, de un programa que está generando incentivos perversos en vez de resultados loables.

Lo ocurrido con “Jóvenes Construyendo el Futuro” muestra el peligro de hacer política pública con prisas, a las carreras, sin contemplar las consecuencias. Andrés Manuel López Obrador promete una transformación veloz, y la burocracia le cumple engañándolo, engañándose a sí misma, engañando a los contribuyentes que pagamos la ineficiencia. El gobierno está construyendo programas y padrones basados en información falsa; está diseminando logros que no lo son y no podrán serlo por problemas de diseño y verificación. Simplemente no es posible armar algo tan complejo en tan poco tiempo; no es posible desplegar algo tan complicado sin caer en la improvisación o la mala ejecución. Simplemente no se lograrán los efectos deseados con los instrumentos utilizados. En lugar de romper viejas inercias, “Jóvenes Construyendo el Futuro” está repitiendo viejas simulaciones. En vez de romper el círculo vicioso de los “ninis” para que puedan capacitarse e integrarse al mercado laboral, el programa incentiva la simulación y la tergiversación.

Aún es tiempo de corregir y ojalá Luisa Alcalde lo haga. Aún es tiempo de comenzar un diálogo circular con expertos en política social y con miembros de la sociedad civil que busque componer lo que se ha diseñado e instrumentado mal. No se trata de denostar a “Jóvenes Construyendo Futuro” sino de asegurar que sí funcione. La Secretaría del Bienestar debería abocarse a la autocorrección no sólo por honestidad política; también por responsabilidad fiduciaria. Según los últimos datos de la Secretaría de Hacienda, el programa opera con un subejercicio; ha gastado sólo 32% del presupuesto asignado. Al ritmo que va, concluirá el año con un subejercicio de 39%, y ese dinero podrá ser reasignado discrecionalmente por el Ejecutivo.

Hoy no sabemos si la beca le llegó a un joven real o si fue entregado al Centro de Trabajo “María Cristina”; mañana no podremos saber si el presidente canalizó los recursos subejercidos a su partido, en función de imperativos políticos. Si el programa no es replanteado, se volverá otro ejemplo de dinero público mal gastado, dinero público mal supervisado, dinero público arbitrariamente utilizado. Se convertirá en otro caso del “elefante reumático” al que se intentó echar a andar pero sin entrenamiento, sin reglas y sin supervisión. Y no será un programa que ayude a los jóvenes a construir el futuro. Acabará saboteándolo.  

Este análisis se publicó el 1 de septiembre de 2019 en la edición 2235 de la revista Proceso

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