“Cuando Moctezuma conoció a Cortés” de Matthew Restall

Cortés y Moctezuma. El encuentro. Anónimo Siglo XIX. Oleo sobre tela. Museo Nacional de Historia Cortés y Moctezuma. El encuentro. Anónimo Siglo XIX. Oleo sobre tela. Museo Nacional de Historia

El etnohistoriador inglés dedicó este volumen de cerca de 600 páginas a desentrañar y a desmitificar una relación enigmática hasta nuestros días: la del del tlatoani azteca Moctezuma II y el “invasor” español Hernán Cortés, ocurrida en noviembre de 1519. Subtitulado La verdad del encuentro que cambió la historia. Penguin Random House acaba de editar en Taurus la traducción en español, sobre la cual Luis Barjau realizó esta reseña para Proceso. El antropólogo tabasqueño (Jalpa de Méndez, 1943) de la Escuela Nacional de Antropología e Historia, donde se graduó como maestro de etnología, es investigador de la dirección de Estudios Históricos del INAH, y autor, entre otros libros, de La conquista de La Malinche (Planeta/Conaculta, 2009).

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- La conquista de México es un eco histórico que entreteje sus influencias en todos los fenómenos políticos del presente, a un grado que hoy debemos considerar con plena objetividad.

Matthew Restall autor del libro a comentar, es londinense avecindado en Pennsylvania donde enseña en la universidad estatal como titular de la cátedra Edwin Erle Sparks de Historia Latinoamericana, y publica su estudio este año, y con él se consagra junto a los estudiosos extranjeros sobre la conquista de México. Que por cierto hacen un importante papel en los estudios del tema demostrando sagacidad y soltura, algo de lo que carecemos los mexicanos por estar situados de frente a un tema que nos afecta directamente. Quizá la independencia de los estudios externos permita a esta punzante problemática ser observada con actitud más ágil y distinta de los enfoques de historiadores locales. Aunque, en compensación, nosotros tenemos otras ventajas más cercanas a la de los testigos presenciales de aquellos hechos. Por la lengua y por la cultura.

El autor expone una serie de hipótesis y dudas que trastocan la narrativa tradicional, que alude como “mitohistoria”, por considerar que se trata de una construcción ficticia.

La figura de Cortés, tan maquillada por los hispanistas, y aún tan controvertida por sus opositores indigenistas, la diseña como la de un aventurero dubitativo y mucho menos importante en el fenómeno de la invasión –que no conquista–, y la expone supeditada a la voluntad de los diferentes grupos integrantes de la hueste castilteca (que así fueron llamados en náhuatl los castellanos), grupo de aventureros que no sólo vivió en conflictos entre sí, sino que tomó decisiones importantes que por lo general se le han atribuido al marqués del Valle de Oaxaca. Así, las facciones que integraron el grupo de Cortés con frecuencia tomaban decisiones antes que él. Con ello el autor presenta a un Hernán Cortés menor, sin los grandes atributos expuestos por Niccolò Machiavelli que se le han atribuido como a un ejecutor de las ideas del florentino, porque tales atributos serían extemporáneos ya que aún no veía la luz la gran obra El Principe.

Pone en duda la decisión de Cortés de hundir las naves frente a Quiahuiztlan, observando que han permanecido ancladas seis meses y que, deterioradas por el salitre y la falta de mantenimiento, habían empezado a hacer agua. Versión distinta a la narrativa tradicional, la de considerar su hundimiento como decisión vehemente y sagaz de Cortés para obligar a su gente a quedarse en tierra firme y avanzar hacia la conquista.

También expone críticamente la construcción mítica de que Cortés fue un santo redentor, cuyo interés principal era de orden religioso “para salvar a los indios de las garras de satanás”, como tanto repitieran después los frailes evangelizadores.

Expone a profundidad de la enorme bibliografía temática, cómo en la Segunda Carta de Relación al Rey, Hernán Cortés sentó las bases para la construcción de la fábula de que Moctezuma había cedido el trono a los españoles porque sus antepasados le advirtieron que lo tenía prestado, ya que estas tierras pertenecían a otros, que fueron poseedores originales.

Y que esta abdicación habría ocurrido en el momento mismo del encuentro de ambos en un punto de la Calzada de Iztapalapa.

En efecto, la Segunda Carta reproduce un largo parlamento de Moctezuma donde éste explica por qué debe ceder su reinado. Tal parlamento fue redactado por Cortés el 30 de octubre de 1520, un año después del famoso encuentro. Y fue traducido del náhuatl por la Malinche, al maya-chontal, que escuchaba el náufrago Jerónimo de Aguilar, hablante de maya-yucateco. Y de allí a los oídos de Cortés, en castellano. Entre el maya-chontal y el yucateco hay diferencias lingüísticas, y el naturalmente atolondrado Aguilar, que había vivido ocho años como esclavo de un cacique maya al norte de la península, más la situación espectacular del encuentro –condimentada también con la estupefacción de un pequeño grupo de aventureros entre una multitud innumerable de mexicanos, a las puertas de una poderosa ciudad–, debe haber causado muchas dificultades a la memoria para reproducir el supuesto discurso entreguista del tlatoani Moctezuma II Xocoyotzin.

De por sí, e independientemente de las hipótesis de Restall, es increíble que un monarca, cosa que no se ha visto nunca en la historia del mundo, entregue su reino a unos visitantes en aras del recuerdo de algunos pasajes supuestos, de las antiguas tradiciones religiosas de los nahuas.

Pero muy importante es, en este estudio recién salido a la luz, el esfuerzo de deconstrucción histórica sobre la narrativa tradicional de la conquista, sobre el papel y la figura de Hernán Cortés y sobre la inimaginable rendición de Moctezuma. Su planteamiento nos obliga a revisar las ingentes crónicas sobre aquellos acontecimientos, empezando por las cinco Cartas que Cortés envió al rey, dando su visión sobre los hechos, visión que necesariamente habría de influir poderosamente en los escritos posteriores de los cronistas y entre aquellos grandes escritores escoceses, ingleses, españoles y norteamericanos que escribieron a finales del siglo XVII sin haber puesto un pie en América.

La notable elasticidad comprensiva y asociativa del autor va de los documentos de archivo más empolvados, a la poesía, los estudios académicos, hasta el rock y la pintura contemporánea, lo que le permite ver la pieza literaria de la conquista de México como la de una escalada perturbadora, pero prometedora, para la historia nacional, universal y para la importancia de los tejidos vinculantes del pasado con la problemática política de nuestros días. Pues escribe el autor (p. 59), señalando “el momento cuando Cortés conoce a Moctezuma, que resultaría ser uno de los acontecimientos más importantes del pasado, un hito que cambiaría para siempre la historia de la humanidad”.

Al mismo tiempo expone críticamente los procesos de construcción de la narrativa tradicional. Y concluye: “La descripción del Encuentro como la rendición de Moctezuma es probable que haya sido una mentira” (p. 62).

Todas estas estridentes conclusiones a las que llega este oportuno autor, derivan y fomentan su notable filosofía de la historia. Y el abordaje del tema de la conquista encontró en él la fundamentación de sus ideas. Y así explica: “la historia es encuentro”. Porque el tiempo pasado abarca todos los encuentros, de todo tipo, “que han unido a la gente”. Y así, entonces, la historia sería la suma “de todas las narrativas sobre esos encuentros” (p. 60). Pero esas narrativas están llenas de contradicciones, invenciones y omisiones. Porque la memoria humana no es del todo fiable ya que está hecha para ser distorsionada. Y por eso la “narrativa tradicional”, lo que sería la historia oficial, siempre es escogida en comparación con otras, porque es un relato muy atractivo para enmascarar el caos que es la realidad. Y por eso la versión de Cortés “subsiste como un evangelio de la conquista”, porque es como todas las narrativas tradicionales, que tienen una “tenacidad bíblica”.

Cita a otro historiador inglés, E. H. Carr, quien afirmó que la historia no puede existir sin intérpretes, porque la historia misma se trata de un proceso de interacción entre los hechos y el historiador. Así que sin éste, la historia no tiene sentido y los hechos estarían muertos.

Pero los historiadores no sólo son los académicos o escritores de hoy, sino todos aquellos testigos e intérpretes, “cuyas narraciones e interpretaciones han permitido que los encuentros pasados hayan sobrevivido” (Loc. Cit.).

Así que el encuentro de Cortés con Moctezuma incluye todos los testigos y narraciones, documentos de archivo, interpretaciones, poemas, obras de teatro, óperas, pinturas y canciones; la visión de Cortés y la propia de este libro de Restall.

Héroe o asesino, Hernán Cortés resultó una figura indescifrable para todo mundo. Es lo que deja conjeturar el trasfondo de este inquietante libro.

Independientemente de que cualquier persona de hace 500 años sea oscura y difícil de conocer, aquí la preocupación montada en tal ambigüedad es el problema de la responsabilidad asignada a una sola persona cuando los resultados fueron generales, sociales, en fin, históricos. El verdadero misterio digno de escrutinio es saber cómo era la sociedad que se transformó y por qué se transformó. Una sociedad que se había desarrollado sola, sin contacto con el resto del mundo a lo largo de doce milenios. ¿Tiene sentido cifrar toda la observación sólo sobre la acción, audaz o no, de un grupo de españoles de algo más de 500 hombres? Y todavía más: ¿sobre la versión de un solo hombre como Hernán Cortés? El enigma está en los resultados. La legendaria sociedad mesoamericana se transformó. Adoptó una nueva lingua franca, enterró a sus dioses, cambió su modo de producción.

¿Es útil saber si lo que ha pasado en el mundo es positivo o negativo, para saber conducirnos al futuro? ¿Pero, lo llegamos a saber? Algunos sí, otros no. Por tanto: nos falta unidad, concordia, para ponernos de acuerdo y marchar por un rumbo, para aprender a mirar el pasado y así juzgar qué es lo más conveniente en lo sucesivo. Por eso, la visión de este autor sobre los hechos de la relación entre Occidente (representado en el siglo XVI por España) y Mesoamérica, es de mucho peso para buscar una unidad de criterio sobre nuestra historia y, en particular, sobre la Conquista.

Es de interés también en este estudio la apreciación de otros dos hechos biográficos de Cortés: si la muerte de su primera esposa Catalina Suárez La Marcaida es responsabilidad suya. Ya que consta en la historia la versión de que fue estrangulada por él después de una noche de fiesta en Coyoacán. El segundo hecho es sobre la muerte de Moctezuma.

Y lo que es francamente tan nuevo como insólito en este libro, es la apreciación del famoso zoológico del tlatoani de México. Que fue, a insinuación de Restall, una especie de laboratorio donde Moctezuma observaba la realidad completa, no sólo el conjunto de animales, plantas, minerales y demás, que en él mantenía, sino a la especie humana.   l

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Matthew Restall es profesor de la cátedra Erle Sparks de Historia Latinoamericana y director de Estudios Latinoamericanos en la Universidad Estatal de Pennsylvania. Es presidente de la Sociedad Estadunidense de Etnohistoria y ha recibido becas de la Fundación Guggenheim, el Instituto de Estudios Avanzados de Princeton, la Biblioteca John Carter Brown y de la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos. Ha escrito 20 libros y 60 artículos sobre la historia de los mayas, los africanos en América y la conquista española.  

Este texto se publicó el 1 de septiembre de 2019 en la edición 2235 de la revista Proceso

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