Cosas, y melodías, del más allá

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- A inicios de octubre próximo, nuestro país será, por vez primera, sede del Congreso Mundial de Espiritismo, mismo que lleva en su haber ocho ediciones previas. Y a este respecto, nos atañe decir que esta columna tiene algo importante que aportar, o como ya se anunció en el título, dispone de algunas melodías que saldrán a la luz después de haber estado en silencio por más de una centuria y de haber sido objeto de escepticismo y desdén. Toda una gesta que logramos hacer pública merced a la generosa donación del eximio antropólogo Leonel Durán, otrora Subsecretario de Cultura de la SEP y director del Museo Nacional de las Culturas del Mundo.

Pero antes de entrar en la sustancia melódica, es necesario consignar diversas informaciones que inciden en la comprensión de este fascinante fenómeno y sus implicaciones; sobre todo aquellas relacionadas con la larga trayectoria del espiritismo en México; trayectoria que, ya documentada, se remonta, nada menos, que hasta 1868. En ese año arrancaron en Guadalajara, tanto la primera publicación temática ‒La Ilustración Espírita‒, como las primeras sesiones de acuerdo a las prácticas doctrinarias que surgieron en París ‒apenas una década atrás‒, gracias al trabajo pionero de Allan Kardec (1804-1869), de quien hablaremos enseguida. Hacia 1872 se constituyó en la Ciudad de México la Sociedad Espírita Central de la República Mexicana, y de ahí todo el asunto devino efervescencia y práctica consuetudinaria en los estratos más pudientes de la sociedad mexicana.[1]

Como pudo leerse en las cifras vitales de Kardec, en este 2019 se celebra su sesquicentenario luctuoso, con sendas actividades planetarias, entre las que destacan la reedición francesa de sus obras completas y el congreso ya citado. Asentado esto e insistiendo en que los seguidores de Kardec en nuestra nación se multiplicaron con copiosa velocidad ‒para culminar con los Congresos Nacionales de 1906 y 1908, con la personalidad destacada de Francisco I. Madero y otros intelectuales, espiritistas fervorosos‒, asentemos lo primordial del personaje en cuestión.

Allan Kardec, seudónimo de Hyppollite Léon Denizard Rivail, nació en Lyon en el seno de una familia con briosas inclinaciones intelectuales. Sus primeros estudios los realizó en su ciudad natal, concluyéndolos en Yverdón, Suiza, como discípulo del célebre pedagogo Johann Heinrich Pestalozzi. De vuelta en su patria, Rivail se enfrascó en una campaña pedagógica para lograr que las escuelas francesas acabaran de divorciarse de los dogmas religiosos que imperaban. Fundó su propio centro educativo en París, acorde con las enseñanzas de Pestalozzi, pero las adversidades y la cruenta oposición de la Iglesia lo obligaron a cerrarlo. Con estrecheces y amarguras de por medio, hubo de emplearse como tenedor de libros y como traductor de varios idiomas (dominaba el alemán, el inglés, el español, el italiano, el holandés, el portugués y tenía conocimientos de griego y latín, además, obviamente de su lengua madre).

A los 28 años contrajo nupcias y en ese periodo publicó cinco libros de corte didáctico. Muy destacables son su Plan propuesto para el mejoramiento de la instrucción pública de 1828 y su Gramática francesa clásica de 1831. Empero, el vuelco existencial definitivo estaba por llegarle. Resulta que por voces de algunos amigos se enteró de la soterrada popularidad de las “mesas giratorias” o “mesas parlantes” que ciertos setos parisinos habían vuelto moda y pasatiempo imperdible. Con un talante de repudio inicial, accedió a presenciar, en 1854, una de esas supuestas “charlatanerías” quedándose perplejo y disgustado. Su comentario al enterarse que las mentadas mesas se movían por si solas, que eran transmisoras de mensajes del más allá y que a menudo eran superficie idónea para el desenvolvimiento de inquietantes “escrituras en automático”, sólo alcanzó a decir que primero tenían que demostrarle que tenían un cerebro y un sistema nervioso, de otra manera eran meras supercherías, aptas para engatusar a incautos, tontos e ilusos.

No obstante, tras haber sido testigo, en mayo de 1855, de más fenómenos inexplicables relacionados con otras mesas giratorias o “danzantes”, comenzó a persuadirse de la existencia de una región espiritual habitada por almas inmortales con las que era posible entablar una comunicación. Se decidió, entonces, a examinar una abultada serie de escritos psicográficos que le fueron proporcionados por nuevos amigos espiritistas interesados en su juicio y ya no dudó en asistir con regularidad a sesiones, preparándose siempre con preguntas que le eran respondidas de “manera precisa, profunda y lógica”, a través de los sujetos a los que el espiritismo llama “médiums”, ya que actúan como intermediarios en las comunicaciones con las almas desencarnadas.

Toda esta materia, debidamente revisada y corregida por la entidad espiritual que se identificó ante él como “La Verdad”, sirvió de sustento para elaborar su doctrina, de la que derivó, como primer empeño científico y pedagógico, la obra fundacional del movimiento espiritista, es decir, El libro de los espíritus, cuya primera edición data abril de 1857 (se agotó enseguida, llegando a la decimosexta edición estando él aún en vida).

Con respecto a su seudónimo, fue una aportación de un espíritu que le reveló que ambos se habían conocido en tiempos de los druidas y que su nombre de aquella época era el de Allan Kardec. No sobra referir que la publicación de El libro de los espíritus dio pie, tanto para la fundación de la Revue Spirite, como para la de la Sociedad de Estudios Espiritistas de París, en 1858. Tampoco sobra consignar alguno de sus postulados, pues confirma la solidez de sus adoptadas creencias. En el volumen se lee: “El espiritismo es a la vez una ciencia de observación y una doctrina filosófica. Como ciencia práctica, consiste en relaciones que pueden establecerse con los espíritus; como doctrina filosófica, comprende todas las consecuencias morales que se desprenden de semejantes relaciones. Podríamos definirlo así: el espiritismo es la ciencia que trata de la naturaleza, origen y destino de los espíritus y de sus relaciones con el mundo corporal.”

Y, ahora sí, para acercarnos a lo que nos atañe, digamos que la obra cumbre de Kardec fue traducida por el general Refugio L. González, quien la publicó en México en 1875, creando el furor anunciado e influyendo en numerosas publicaciones nacionales  sobre el tema. Es obvio que el clero mexicano también buscó la manera de bloquear, por heréticas, las prácticas del espiritismo en nuestra patria, sin embargo, la fuerza del movimiento resultó imparable y sigue vigente hasta nuestros días.

En cuanto al asunto melódico, la historia es la siguiente: En 1861, Eugène Nus, un colaborador de Kardec, publicó en París un libro titulado “Cosas del otro Mundo”. Fue resultado de la transcripción de un cúmulo de sesiones en donde hubo participación de diversos músicos como asistentes. Uno de ellos, Allyre Bureau (1810-1859), tuvo el acierto de interrogar a los espíritus si eran versados en la ciencia de los sonidos. A través de la “mesa parlante”, se entendió que sí, surgiendo entonces una poderosa reacción de esas almas desencarnadas que, envueltas en el éter de la inmortalidad, quisieron dejar evidencia de las pulsiones melódicas que las habitaban. En el capítulo VIII del libro ‒El canto de los planetas‒ se especifica el sistema de codificación y aparecen impresos 14 dictados que llevan titulo y que fueron armonizados por Bureau en aras de su escucha organizada (los espíritus proporcionaron las breves líneas melódicas o temas, y el acompañamiento fue obra del compositor mencionado).[2]

Nus aclaró: “Ordinariamente la mesa comenzaba por decirnos cuántas notas compondrían la melodía; casi siempre 32. Llenada esta formalidad, indicaba consecutivamente las notas ‒un golpe era un Do, dos un Re, tres un Mi, etcétera‒, que escribíamos en cifras. Después las dividía en compases, designándo, una después de otra, la cantidad que cada compás debía contener; después nos proporcionaba el valor de la unidad, blanca, negra o corchea, y en seguida el valor de cada nota, escandiendo la medida sobre el suelo con una de sus patas de madera…”

En honrosa primicia, se les ofrendan a escépticos y creyentes dos ejemplos de esta música venida del más allá. Pueden escucharse con deleite o con obstrucción racional…

[1] La información sobre los movimientos espiritistas mexicanos está tomada de la página web: consejoespiritademexico.org

[2] En los códigos QR impresos y en la página web del semanario aparecen dos ejemplos, reelaborados por el joven compositor mexicano Kevin Martínez. (Respetó la línea melódica primigenia, mas actualizó la armonización)

Audio 1: Canto de la tierra en el espacio. Audio 2: Canto del astro satélite lunar.

Comentarios

Load More