El otrora PAN y la vapuleada independencia

La sede del Partido Acción Nacional (PAN) en la Ciudad de México. Foto: Alejandro Saldívar La sede del Partido Acción Nacional (PAN) en la Ciudad de México. Foto: Alejandro Saldívar

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Con motivo de los 80 años del otrora PAN, Arturo Rodríguez García escribió hace días en Proceso, un artículo oportuno e interesante. En el primer párrafo del mismo, habla su autor de las tres grandes etapas del PAN fundado en 1939. La primera representada por cinco décadas de lucha por la democracia; la segunda, por la toma del partido a manos de élites empresariales y grupos de ultraderecha; y la última, consecuencia de la segunda, representada por sus doce años desperdiciados de estancia en el poder. La síntesis de esa historia es certera.

Tal aniversario y el artículo de Rodríguez García, me hicieron recordar una entrevista de marzo de 2018 realizada por Álvaro Delgado a dos personas de cierto relieve partidista ligadas al PAN en su momento. Hablemos de ello como telón de fondo de lo que fue el PAN de la primera etapa: solidario, brillante y fecundo en la formación de conciencia política. Y señalemos otras cosas relacionadas como la independencia empañada. Podría sintetizar el fondo del artículo en cuatro palabras: la política como simulacro. Divido este texto en dos partes.

I

Uno de los entrevistados era senador. Usaba la tribuna como “palco de vanidades insubstanciales” y nunca como “trinchera para la defensa del pueblo empobrecido”. Afirmó que había desquiciamiento y depresión en el PAN anayista. Otro entrevistado sostuvo que en 2018 el PAN había perdido congruencia. Debo advertir al amable lector que dejé el PAN desde 1988 a raíz de la claudicación de su dirigencia que pactó con el salinismo. No creo ya en partido alguno actual. Es tiempo de repensar lo que queda de democracia mexicana. Es tiempo de rescatar el municipio, cuna y escuela de libertades. Leyes y conductas antilibertarias se están multiplicando hoy a tambor batiente.

Las dos afirmaciones de los entrevistados deforman la verdad histórica del PAN. Resultan farisaicas y muy lejanas de la realidad. La primera, porque el desquiciamiento viene de muy atrás. La segunda, porque la incoherencia era ya entonces práctica común. El desquiciamiento depresivo e incoherente fue gestado por la capitulación de Luis H. Álvarez y Castillo Peraza, entre otros, con motivo del fraude electoral de 1988. La dirigencia panista de entonces “legitimó” al salinato a cambio de prebendas. Entonces comenzó la duradera crisis de valores en el otrora PAN. Fue el inicio de su derrumbe doctrinal que desembocó en aventurerismo oportunista. Desde esos postreros meses de 1988, dio comienzo la triste historia de las dos últimas etapas de ese partido.

La depresión colectiva y falta de coherencia se dieron desde ese 1988. La alianza entre el PRI y el PAN giró en torno al programa neoliberal y a los jugosos cargos públicos como botín de facción. Los principios de doctrina que le dieron vida al PAN en 1939, fueron abandonados. Principios que bebieron de las aguas de la doctrina social católica. Doctrina solidarista en contraste con los individualismos egoístas de derecha y los colectivismos sectarios de izquierda. Tales principios sociales, defendidos por los fundadores, fueron de vanguardia, nunca conservadores. Privilegiaron los derechos del trabajador sobre los del capital.

Tales principios de doctrina, bautizados como “Humanismo Político” por Luis Calderón Vega, fueron, insisto, despreciados. Calderón Vega, padre de presidente, biógrafo del Acción Nacional de la primera etapa, dejó el partido a principios de los años 80 del siglo pasado, al palpar indicios de las claudicaciones que después vendrían.

El principio de solidaridad o bien común fue sustituido por el individualismo neoliberal. Individualismo que, con su emblemático TLC, arrasó con la mayoría de las pequeñas industrias del país por lo abrupto y torpe de su aplicación. Individualismo devastador del medio ambiente con el “fracking” petrolero, con las mineras extranjeras explotando el subsuelo mexicano para escarnio de los pobladores humildes. El principio de la subordinación del capital al trabajo fue reemplazado por la antípoda del primado del dinero. Éste, el gran fetiche que sacrifica destinos humanos a cambio de lucro.

Una de las manifestaciones de dicho fetiche es el “outsourcing”, nueva forma de esclavitud laboral. Otra expresión del mismo: el cuasi sindicalismo a modo a fin de eternizar la precariedad del trabajo y de los sueldos. Neoliberalismo inepto para generar crecimiento real, y muy apto para concentrar la riqueza en unos cuantos. Y se repite la historia infecunda con la firma por parte de México del TLC2 o T-MEC.

En la LVI Legislatura (1994-97), Rafael Jacobo García, valiente diputado duranguense entonces, campesino recio y lúcido, preso político en el 71, realizó con mi modesta participación como legislador crítico, un estudio sobre las iniciativas de ley del gobierno presentadas desde la capitulación vergonzosa de la élite panista. Resultó que fueron de la mano PRI y PAN en más del 87% de las mismas, todas de raigambre neoliberal.

En diciembre de 1995, Castillo Peraza, dirigente nacional del PAN en su momento, sostuvo una entrevista en el canal 40. En ella afirmó que el modelo salinista había sido “una hazaña cultural panista”, pero que los malos resultados del modelo, habían sido culpa del gobierno. Según Castillo, el modelo era bueno en sí. El entrevistador cuestionó tanto el modelo al considerarlo injusto como sus malos resultados. El entrevistado respondió que era aún temprano para medir sus frutos.

Ahora en 2019 se constata que el diagnóstico de entonces no era prematuro. El crecimiento económico sigue y seguirá siendo muy precario por la naturaleza de las políticas neoliberales. Políticas continuadas por el actual gobierno federal en varios rubros fundamentales de la economía. Una de ellas, la apuesta al T-MEC. Otra, la política de no gravar la riqueza extrema de los pocos multimillonarios como lo sugiere Piketty y Gerardo Esquivel.

Los resultados económicos del neoliberalismo han sido patéticos: ausencia de política industrial y abandono del mercado interno. Sometimiento abyecto a los dictados globalizadores derechistas en materia migratoria, política tributaria y de monopolios para favorecer a unos pocos que concentran la riqueza de escándalo moral. Industria maquiladora basada en salarios de hambre como fórmula para atraer inversiones. Pago del servicio de una deuda impagable siempre en crecimiento para regocijo de la beatífica banca internacional, y en su momento de la nacional con el Fobaproa que nos endeudó para siempre.

El sexenio calderonista por otro lado, no solo desacreditó en grado sumo al PAN, sino a todo el país con su guerra irracional generadora de una crisis humanitaria de dimensiones inéditas, con miles de muertos, ejecutados, desaparecidos, fosas clandestinas. Esa es la verdadera depresión colectiva, no la de los “idolillos de aficiones inferiores, mercaderes de la palabra de alquiler”. Y ahora se apuesta de nuevo a la militarización que ya resultó una medida fallida. La violencia descarnada, brutal, sigue sin parar, sin miramientos.

 

II

Que vayan esos entrevistados con sus patrañas a otro lugar. De hecho, muchos de los que dejaron el PAN el año pasado, ya se colocaron bajo el cómodo cobijo del oficialismo, sin importar principios y convicciones. O acaso ¿están de acuerdo con la nietzscheana ideología de género que desacredita el orden dado de la naturaleza, el orden de los valores trascendentes? Oportunistas sin duda.

El PAN cuando estuvo en el poder, al igual que hoy el morenismo, fue sumiso al gobierno yanki y a sus políticas imperiales de derecha. Se incumple ahora el deber de dar la mano fraterna al refugiado para no contrariar al trumpismo vulgar, racista y pendenciero. Hay medios legales y políticos para enfrentarlo como lo hacen otras naciones, pero se prefiere la comodidad sumisa sin importar el colapso de la independencia.

Nos liberamos de España, mitad de nuestro mestizaje. Luego, gracias a la fraternidad universal de la masonería anticatólica yorkina y escocesa, el país cayó en las garras del vecino del norte. Garras que nos dividieron desde entonces, trastocando los veneros de la nacionalidad y la genuina identidad patria. Y como remate, perdimos medio territorio y honra. ¡Y ahora a los pies del trumpismo! ¿Cuál independencia y porqué tanto grito y adulación?

Solamente podría reivindicarse históricamente el PAN si volviera a sus orígenes doctrinales. Orígenes humanistas, solidarios con el humilde. Sería el tiempo de levantar de nuevo la bandera de los fundadores que se nutrieron de maderismo y vasconcelismo sabio y fraterno. Sería una oposición doctrinal formidable, no cuantitativa sino cualitativa que es la fundamental en las circunstancias del presente. Oposición al régimen actual que cada día, perturbadoramente, concentra más el poder en unas manos, por medio de un burdo pragmatismo ideológico. Sería el momento propicio de restablecer la alianza entre los valores del espíritu y el pueblo consciente ávido de eternidad. Alianza enaltecida en la más brillante campaña presidencial panista, la de 1952. Pero ello es una utopía.

Poco o nada que celebrar ahora en el PAN al igual que en el caso de las fiestas de la vapuleada independencia. El griterío reciente fue objeto de sesudas elucubraciones de aduladores de izquierda y de superficiales intelectuales y abogados de derecha. Éstos son muy dados a impresionarse con el número y el simulacro. Y simulan olvidar la realidad por conveniencia y cálculo.

 

Fuerza del número siempre irracional, enajenada por “el íntimo contacto con el rebaño, los mitos y los ídolos”.  El griterío jubiloso del pueblo que respondió a Hidalgo en 1810 fue heroico y católico. Los desprovistos de substancia y pensamiento crítico, no son sinónimo de patriotismo. Son fuegos artificiales, símbolos pirotécnicos fugaces, repelentes de la realidad perturbadora. Realidad que coarta derechos y libertades en educación, salud, estancias infantiles, propiedad, presunción de inocencia. libre tránsito de refugiados, no reelección…  Y suplidos ellos con retórica, espejitos y limosnas. En suma, el griterío insubstancial equivale a simulacro. Hoy, todo es prácticamente simulacro: independencia, política, gobierno, partidos, pensamiento, historia, cultura.

El patriotismo equivale a la perseverancia de la Patria en la fidelidad a su espejo cotidiano. Fidelidad a su independencia, a sus esencias -ajenas al yankismo- indígenas, mestizas y guadalupanas. Esencias hoy empañadas de nuevo. Empresa inaplazable: recobrar el ánimo y estilo de la Suave Patria del poeta de verdad. Tarea titánica y de largo recorrido en manos de nuevas generaciones de mexicanos y mexicanas con otra educación, otra actitud vital, con formación filosófica crítica y solidaria, con miras a la altura del arte, con ánimo de libertad y temple heroico.

Dedico este artículo a mi amigo y colega Eduardo Preciado Briseño, hijo de un patriota y de los más destacados ideólogos del otrora PAN, jurista ejemplar, maestro universitario, hombre cabal.

 

mlv

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