Marie Curie abre la serie “Grandes mujeres”

La portada de la publicación. Foto: Cortesía RBA libros La portada de la publicación. Foto: Cortesía RBA libros

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Persiguieron con determinación sus sueños. Rompieron con los cánones de su época. Creyeron en sí mismas y lograron derribar barreras.

Desde septiembre, la editora RBA Coleccionables publica las primeras entregas de su serie “Grandes mujeres”, dedicada quincenalmente a cada una de las 60 mujeres que cambiaron el mundo, comenzando por Marie Curie, María Montessori y Frida Kahlo. En octubre aparecerán los libros de Jane Austen e Indira Gandhi; para noviembre Agatha Christie y Virginia Woolf, culminando el año con Irena Sendler, Clara Campoamor, Hedy Lamarr y Amelia Earhart.

La primera entrega se intitula Marie Curie. Una luchadora incansable que logró dos Nobel con genio y perseverancia. Esta edición de 209 páginas contiene fotografías en blanco y negro de la científica polaca quien solía decir: “La vida no es fácil para ninguno de nosotros. Pero… ¡qué importa! Debemos perseverar y tener confianza en nosotros mismos.” El texto del volumen fue escrito por Ariadna Castellarnau y se divide en los capítulos: Una extranjera y un sueño. Una vocación inexorable. Antes de la tormenta. La determinación. La defensa. El legado del Radio, más una cronología. La introducción, que aquí ofrecemos a nuestros lectores, corrió a cargo de Alba Muñoz.

Auténtica pionera

Si existe una mujer que, en contra de los designios de la historia ha logrado resistir el embate del tiempo con su brillo imperecedero, esa es Marie Curie. Su mirada seria, con la que parece sostener el peso de su propio destino, ha pasado a formar parte del imaginario colectivo, y su figura pervive hoy como un símbolo de talento y fortaleza femeninos. La historia le ha dotado de ese halo de solemnidad que desprenden los grandes genios, pero su vida, cargada de lucha, determinación y resistencia, fue un gran acto de rebeldía en un mundo dominado por los hombres.

Curie, como sus descubrimientos, fue un elemento nuevo y radiante, una maravillosa rareza que lejos de encajar en la tabla de la época, abrió un nuevo hueco para aquellas mujeres que, como ella, querían seguir sus sueños y abrirse camino en una sociedad que las conminaba a guardarse en casa, a ser espectadoras inocuas de un mundo en plena efervescencia.

Aquella joven inmigrante polaca, armada tan solo con su pasión por la ciencia y la profunda convicción de que solo el conocimiento y la educación podían cambiar al mundo, triunfó en unas disciplinas que por aquel entonces estaban vetadas a la mayoría de las mujeres y se convirtió en la científica más galardonada de todos los tiempos.

Ella fue la primera en ganar un premio Nobel, en Física, junto con su marido Pierre Curie; y también la primera persona en obtener un segundo Nobel, esta vez en solitario y en otra categoría: Química. Sus descubrimientos en el campo de la radioactividad fueron fundamentales para el desarrollo de los grandes avances científicos de principios del siglo XX. Pero más allá del evidente logro profesional, su mayor gesta consistió en trascender su fulgurante carrera como investigadora para convertirse en una auténtica pionera. Marie consiguió abrir el camino de las mujeres en el mundo de las ciencias, dejando tras de sí un sendero escarpado pero posible.

Orgullosa y perseverante, su fuerte personalidad y su titánica entrega le ayudaron a vencer una barrera tras otra: en un tiempo en el que muy pocas mujeres lograban cursar estudios superiores, se licenció en dos carreras de ciencias: Física y Matemáticas, fue una de las primeras mujeres en tener un doctorado, y también la primera en acceder a un laboratorio e impartir clases en la Universidad de la Sorbona. Como un rompehielos, siempre implacable y silenciosa, Curie refutó con su ejemplo la idea de que las mujeres eran intelectualmente inferiores y la norma, no escrita, de que las científicas eran meros satélites de sus maridos. Si bien había contado con el apoyo de Pierre, ella había liderado la investigación sobre la radiactividad y el descubrimiento de los dos elementos químicos que los harían célebres: el radio y el polonio. Marie logró tocar el cielo después de años de esfuerzo, y bajó de nuevo a la Tierra para asegurar que sus huellas quedaban visibles para todas las mujeres que vendrían detrás.

Un modelo para otras. Como antes, para ella y sus hermanas, lo había sido su madre en la intimidad familiar. De Bronislawa, profesora y mujer de ciencia, había aprendido el valor de la independencia, el trabajo y el aprecio por la cultura. También de Wladyslaw, su padre, que en lo referente al estudio y al conocimiento nunca hizo distinciones de género entre sus hijos. Marie heredó de ellos un profundo amor por el conocimiento y un feminismo avant la lettre que hizo que ignorara de manera natural la desigualdad entre sexos de la época. Daba por hecho que hombres y mujeres eran iguales en sus capacidades intelectuales, y como seguidora de las tesis positivistas, estaba convencida de que la educación y la ciencia eran los únicos motores que podían hacer avanzar a la sociedad. Entre minerales y probetas, Marie no solo satisfacía su curiosidad y ambición científica, sino que también experimentaba la igualdad real, aquella de que el pensamiento y la creatividad determinan el brillo de las personas.

Fuera del laboratorio, Marie fue una idealista que creía que las posesiones materiales eran accesorias y dedicó su energía a causas que consideraba fundamentales, como la libertad y la humanidad. Desde pequeña combatió la represión rusa en su amada Polonia, nunca patentó sus descubrimientos –que creía claves para el progreso de la medicina—y contribuyó a la defensa de Francia durante la Primera Guerra Mundial. Con una determinación y una valentía atípicas, Marie protegió los únicos tubos de radio que había en Francia y escapó sola en tren hasta Burdeos para mantenerlos a salvo del ejército alemán. Tampoco dudó en conducir hasta el frente sus furgonetas, las llamadas petites Curie, para salvar con la tecnología de rayos X a cientos de heridos.

Marie parecía detentar propiedades sobrenaturales, pero era también una mujer de carne y hueso, esposa y madre. De niña, destacó como estudiante y trabajó muy duro para paliar las dificultades económicas de la familia. Soñaba con viajar a París y convertirse en una mujer con estudios superiores, liberándose así de la prohibición rusa que, por su sexo, se lo impedía. Y al convertirse en esposa, pero sobre todo en madre, empezó a experimentar la desigualdad respecto a sus colegas masculinos. Las dificultades para conciliar la investigación con la vida familiar le generaron, en algunos momentos, un sentimiento de culpa. Pero como ha quedado probado, para Marie la palabra “imposible” carecía de significado. Con la obstinación de una fanática, la investigadora polaca devino una mujer orquesta: daba clases, se mantenía pilar de su familia y avanzaba en sus investigaciones sobre la radiactividad. Todo ello, sin desfallecer. De hecho, a la incombustible Marie aún le quedaba energía para hacer frente al que sería el mayor golpe de su vida.

Tras la muerte súbita de Pierre Curie, su gran amor y cómplice, en un fortuito accidente, tuvo que confrontarse al cuestionamiento de su trabajo y de su valía como científica. El fallecimiento de su marido provocó que su entorno empezara a comparecerla y tratarla como una pobre viuda, pero lejos de amedrentarse, y como la mujer apasionada que era, volvió a enamorarse desafiando con pasmosa naturalidad las convenciones sociales de su época y enfrentándose al juicio de la opinión pública, que la acusaba de inmoralidad. Con una asombrosa fortaleza, defendió su carrera y su autoridad ante aquellos que la hacían tambalearse acogiéndose a su vida personal.

La indomable Marie Curie llegó hasta el final de sus días con la cabeza bien alta. A pesar de los prejuicios, las calumnias y las injusticias sufridas, la científica nunca se rindió y evitó que la maternidad, la viudedad, su nueva vida amorosa o su simple condición de mujer nublaran sus conquistas. Su figura llega hasta nuestros días como un símbolo de la emancipación científica de las mujeres, y nos recuerda la importancia de los referentes femeninos a través de la figura de su hija Irene, quien años más tarde conseguiría su propio Nobel de Química.

Marie Curie fue una heroína de la ciencia y de la vida. Como un faro de luz indeleble, sigue inspirando a las mujeres que sueñan romper los límites del conocimiento y de lo posible. A través de su leyenda, la científica alienta a todo ser humano a enfrentarse a las injusticias. Ahora es el momento de recorrer estas páginas en busca de su luz.

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