Estampas imaginarias sobre Julio Scherer

Scherer. Sus recuerdos. Foto: Archivo Excelsior Scherer. Sus recuerdos. Foto: Archivo Excelsior

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- En su novela El vendedor de silencio, Enrique Serna retrató la degradación del periodista Carlos Denegri, pero también habló de los periodistas que intentaron ganar espacios de libertad, como Julio Scherer.

Desde las primeras páginas la novela lo menciona, por ejemplo, en un diálogo imaginario entre Denegri y el jefe de comunicación de Gustavo Díaz Ordaz, Francisco Galindo Ochoa, a propósito del inminente cambio en la dirección de Excélsior.

Sabedor de la animadversión de Luis Echeverría hacia Denegri, Galindo le recomienda en este diálogo que busque la dirección de Excélsior. El periodista admite no tener posibilidad por la fuerza adquirida por “la caterva de acólitos rojos que rodean a Becerra Acosta”, el director del rotativo. Galindo secunda sobre la “camarilla de catequistas” que tienen sin cuidado a Gustavo Díaz Ordaz y suelta:

“Hasta simpatiza con algunos. De Julio Scherer habla maravillas y hasta lo tutea. Se ha ganado su respeto porque no cobra embutes.

–A mí, Scherer no me traga, y eso que yo le enseñé a reportear –se quejó Carlos dolido–. Cuando me ha pedido algún consejo, o algún contacto internacional, nunca le regateo la ayuda. Pero sé que a mis espaldas me tacha de corrupto.

Poco después la novela plantea un encuentro en la residencia oficial de Los Pinos con la plana mayor del periodismo nacional. Convergen ahí José Luis Mejías, Mario Huacuja, Alfredo Kawage, Ernesto Julio Teissier, a quienes se sumará Jacobo Zabludovsky. Todos se levantan a saludar a Denegri, mientras Scherer permanece sentado sin festinar al recién llegado.

Sigue la novela: “Su cabello rebelde y una mirada intensa, cargada de voltios, que denotaba fuerza moral, inquebrantables principios y valor para defenderlos, parecía un poeta romántico infiltrado en una reunión de burócratas. Aunque las mujeres lo asediaban, era un monógamo empedernido. La rareza de su honestidad en un medio tan mercenario le había valido un apodo entre admirativo y burlón: El Mirlo Blanco”.

La escena continúa, entre otras incidencias, con el arribo del jefe de prensa presidencial que expone los temas que deben abordar los presentes sobre el tercer informe de gobierno de Díaz Ordaz. Todos toman nota y sólo Scherer alza la mano para plantear la represión de estudiantes en Sonora y una posible ruptura de Díaz Ordaz con el general Cárdenas.

La intervención sembró inquietud y, en su mente, Denegri piensa “típico de Scherer” que se las da de independiente; atribuye como táctica no recibir “embutes” a fin de “volar más alto” y se pregunta: ¿qué espera para enseñar el cobre?

La segunda parte de la novela, que el autor tituló “Contrapuntos”, inicia justo en la recreación del homenaje a Rodrigo de Llano, el legendario director de Excélsior, donde los oradores en la novela son Denegri y Scherer, un momento que el autor aprovecha una vez más para mostrar las diferencias entre ambos.

Pero es en la caída de Denegri donde Scherer, como personaje de la novela, reaparece en el papel que Enrique Serna le otorga: “El Ángel Exterminador” del “Anticristo” del periodismo.

Acostumbrado al trato preferencial, Denegri debe hacer antesala para ver al nuevo director de Excélsior, por instrucción de una secretaria (que podría ser Elena Guerra). Finalmente, cuando Scherer lo recibe, intercambian algunos comentarios cordiales a los que siguen otros (absolutamente verosímiles, pues no fueron pocas las ocasiones en que Scherer lo expresó) sobre el dolor que le causaba que el movimiento estudiantil de 1968 enarbolara la consigna “prensa vendida”.

La orden del nuevo director de Excélsior fue enviarlo a coberturas internacionales. Tarde o temprano Denegri se enterará de que fue una fórmula para sacarlo de en medio.

En realidad Scherer no escribió ni dejó testimonio sobre la razón de sacar a Denegri, aunque en los libros Estos años y principalmente La terca memoria, expuso las razones de su desprecio: los escándalos en su vida privada, el maltrato a sus sucesivas esposas, su ­corrupción.

En la novela, Serna resuelve el momento precisamente tomando ese desprecio de Scherer, para recrear una escena muy parecida al Scherer real en el tono, las palabras y el ­desenlace. Se lee en la novela:

“Scherer lo recibió con la seriedad de un sepulturero, más arrogante que nunca en su papel de líder moral.”

El Denegri de la novela intenta reclamar la falta de publicación, cuando Scherer repone: “Eres un representante de Excélsior, Carlos, y todos tus escándalos dañan al periódico donde trabajas. Nunca he puesto en duda tu capacidad como reportero, pero yo no puedo publicar en primera plana las colaboraciones de un borracho…”

La conversación versa sobre un episodio de violencia doméstica que ocurrió en la vida real. En la novela, el diálogo termina con Scherer recomendándole rehabilitarse, y ya en su soledad, un Denegri resentido piensa: “Lo que más asco da era la coartada virtuosa del Mirlo Blanco: es por tu bien, Carlos, coge el salvavidas que te estoy arrojando. No, gracias, su santidad, mil veces preferible morir ahogado”.

En la historia real, cinco meses después, Carlos Denegri murió asesinado por la última de las esposas que fue víctima de su prepotencia y maltrato.

Este texto se publicó el 22 de septiembre de 2019 en la edición 2238 de la revista Proceso

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