Denegri, un periodista intoxicado de poder

Enrique Serna recupera en su novela más reciente –El vendedor de silencio– al más abyecto de los periodistas que tuvo México en el siglo XX: Carlos Denegri. Emblema del antiguo régimen, del chantaje y del influyentismo en la esfera pública; inescrupuloso y grotesco en su vida personal, el autor nos dibuja a un hombre-paradoja. En entrevista con Proceso reitera que si bien Denegri y Julio Scherer García eran arquetípicos, aquél era el Anticristo del periodismo, mientras el segundo era El Ángel Exterminador.

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Hábil buscador de información y entrevistador del más alto nivel, políglota, redactor atildado pero siempre dispuesto a convertir el oficio de reportero en mercancía, Carlos Denegri ha sido referencia en el gremio periodístico por su abuso de las peores prácticas, su enriquecimiento producto del soborno normalizado en el antiguo régimen, el chantaje al político corrupto y el influyentismo inescrupuloso posible en su grotesca vida personal… un hombre-paradoja al que alguna vez don Julio Scherer García describió como “el mejor y el más vil de los reporteros”.

Fue precisamente por encontrar un personaje “intoxicado de poder”, tanto en el ejercicio de su profesión como en sus relaciones íntimas, tan violento y déspota en su misoginia, pero poseedor también de “una debilidad de carácter que lo arrastraba al despeñadero con más fuerza que su ambición”, que el escritor Enrique Serna decidió darle un tratamiento literario resuelto en El vendedor de silencio, una novela puesta en circulación por el sello editorial de Alfaguara.

En la historia y en la novela, Julio Scherer García, el fundador de Proceso, es lo opuesto a Denegri. Enrique Serna lo explica en entrevista.

Scherer es “un personaje importante de la novela. Es la antítesis de Denegri. En el momento en el que hay un choque entre la vieja guardia del periodismo (personificada por Denegri), cuya profesión era como un prostíbulo, y una generación de periodistas que logra llegar a la dirección del periódico Excélsior (con Scherer a la cabeza) con (Miguel Ángel) Granados Chapa, Vicente Leñero y todo un equipo, inspirados varios de ellos en la Teología de la Liberación… los valores éticos que tratan de imponer provocan ese choque entre personajes que el propio Scherer narró en sus libros de memorias”.

En sus libros Estos años (Océano, 1995) y La terca memoria (Grijalbo, 2007), Scherer escribió sobre Denegri, su talento irrepetible y su intimidad desalmada; sobre sus grandes entrevistas (“el reportero que un día entrevistaría a Dios”) y sus borracheras brutales que gozaban de impunidad; sobre sus servicios al régimen en complicidad con Rodrigo de Llano y su degradación personal.

Ni siquiera después de la muerte de Denegri, Scherer ocultó su desprecio por él.

Entre las fuentes que consultó Serna para construir su novela están las referencias hechas por Scherer García que son identificables en El vendedor de silencio.

Serna considera que hay una tradición literaria en torno a Excélsior, que si bien es muy conocida en Los periodistas, la novela de Leñero, antes estuvo Ocho columnas, la obra de teatro en la que Salvador Novo retrató la práctica viciosa de Denegri y de Del Llano, apodado El Skiper, aunque con los nombres modificados.

“Excélsior fue el periódico en el que se definió el rumbo que iba a tomar el periodismo mexicano”, subraya Serna, con una generación corrompida al servicio del régimen, personificada por Denegri y, por otro lado, la forma en que se fueron ganando espacios de libertad, con Scherer García, cuyo ascenso a la dirección del rotativo en 1968 marcó la exclusión de aquél, pues su columna y sus crónicas dejaron de aparecer en el diario a mediados de 1969.

En una posdata a la novela, y también en la entrevista, Serna lo plantea así: “Denegri y Scherer son personajes arquetípicos, porque Denegri es el Anticristo del periodismo y Scherer es el Ángel Exterminador”.

El gato de angora

La novela abunda en la historia personal y pública del periodista (asesinado por su última esposa en 1970). El relato se inicia, según Serna, en el momento que se percibe una conciencia en avanzado grado de desintegración; es decir, los últimos dos años de la vida de Denegri, entre 1968 y las primeras horas de 1970, la etapa de mayor degeneración del régimen hegemónico del PRI.

El autor explica que su trabajo consistió en unir las dos facetas de Denegri: su vida íntima y su vida pública, recurriendo a conjeturas sobre la parte personal para completar las zonas oscuras de “la leyenda”.

Una fuente testimonial es Pilar Denegri, hija del periodista, quien llevó a Serna a descubrir el origen de “la misoginia patológica” de su personaje: un escándalo de corrupción que protagonizó en la embajada de España durante la Guerra Civil.

Hijo de Ramón P. Denegri, viejo revolucionario, dos veces secretario de Agricultura y en aquella época embajador en España, debió enfrentar los reclamos de la colonia española en México, por entonces franquista, que publicó en Excélsior en 1939 una denuncia por excesos del junior inmerso en el servicio diplomático.

El episodio investigado y cotejado en la hemeroteca es vital para mostrar cómo ese incidente canceló la carrera diplomática de Denegri, que a partir de entonces incursionó en el periodismo y que, en la novela, se inserta en una recreación de atmósferas, lenguajes, personajes y prácticas de la época.

El gran salto de Denegri ocurrió durante su cobertura de la Segunda Guerra Mundial, por una serie de crónicas en primera persona en las cuales se mostraba como un aventurero, una especie de James Bond-reportero que además de sortear peligros seducía a hermosas mujeres en su travesía. Eso causó gran expectación en México e inclusive le dio fama entre el público femenino.

Pero sobre todo, expone Serna, por la fama adquirida se convirtió en una pluma codiciada por el poder y su regreso marcó el inicio de su columna “Fichero político”, tan influyente que cobraba las menciones por bien o por mal que ahí aparecían.

“Un periodista mercenario tan exitoso sólo pudo existir en un régimen de dictadura de partido –la del PRI–. Tuve que hacer una reconstrucción de época para situarlo en su contexto histórico-social, y describir como telón de fondo el proceso degenerativo de un régimen que llegó al poder a balazos, creó un monolito invencible y –a pesar de un paréntesis de liderazgo ético que hubo en el sexenio de Lázaro Cárdenas– nunca pudo renunciar a su adn autoritario para el que necesitaba una prensa servil que cantara loas al presidente e hiciera un culto a la personalidad cada sexenio”.

Denegri practicó también otro tipo de periodismo: el de sociales. Lo hizo a partir del sexenio de Miguel Alemán, explica Serna, como una forma de obtener ingresos, porque “había una camada de nuevos ricos que querían ostentar sus mansiones, sus viajes a Europa, sus carrazos, y todo eso era reportado por Denegri”.

Como fórmula de obtener ingresos con su producción política y de sociales, inauguró un mecanismo que hasta ahora subsiste: las agencias de publicidad para la sangría de los presupuestos públicos y que, en su caso, se gestionaba a través de la firma Publicidad Denegri.

Denegri es el personaje más acabado de una generación que en eso y otras degradaciones del periodismo hicieron escuela. Si Julio Scherer García y, en la novela, destacadamente Jorge Piñó Sandoval o aun Carlos Septién García (sobre quien Serna revela un aspecto de la realidad en la novela, relacionado con Denegri), son las figuras antitéticas del personaje, también aparecen aquellos que, sin su notoriedad y poder, competían en su servilismo al régimen: Roberto Blanco Moheno, Ernesto Julio Teissier, Alfredo Kawage Ramia y Jacobo Zabludovsky.

“Ellos aceptaban que les tiraran línea y ni siquiera se podían permitir disentir en términos moderados en políticas que consideraban absurdas. Por ejemplo, en la represión del movimiento estudiantil de 1968, yo creo que, como eran hombres lúcidos y demás, se daban cuenta de que ese movimiento se pudo haber desac­tivado con tacto político”, dice Serna.

Sin embargo, sus ataques, en especial los de Denegri, eran rabiosos.

Sus artículos sobre el movimiento del 68 “son verdaderamente asquerosos, porque son en un tono amenazador: ¡Cuidado!, jóvenes, porque en la siguiente se van a morir… prácticamente ese era su tono. Entonces, ahí es donde, digamos, enseñaron el cobre muchos de esos periodistas que pudieron haber presumido de independencia de criterio en la vida política, pero aquí se tuvieron que alinear”.

Entre los columnistas del sistema, Denegri estaba por encima de todos: “Había muchos cortados con la misma tijera… pero el principal era Denegri, era como el gato de angora”.

Las malas prácticas hicieron escuela, acepta Serna, quien encontró referencias a lo mal visto que era entre esa pléyade de periodistas corruptos que Julio Scherer no aceptara dádivas: lo apodaron El Mirlo Blanco.

La verosimilitud

El vendedor de silencio muestra la degradación de un periodista, pero también la de un régimen. Villano de la historia del periodismo en México, el abordaje de Carlos Denegri se inscribe en una tradición literaria que se ha inspirado en el periodismo para contar historias.

Serna menciona en esa tradición: La muerte de Artemio Cruz, de Carlos Fuentes, quien se inspiró en el coronel José García Valseca, fundador de la cadena de un imperio de medios cuyo encumbramiento, por cierto, es como el del propio Denegri, gracias a Maximino Ávila Camacho.

Otro ejemplo ofrecido por Serna es Conversación en la catedral, de Mario Vargas Llosa, cuyo protagonista es Zavalita, periodista que está bajo una dictadura militar y describe también el envilecimiento de la vida pública en el que la prensa está amordazada.

En el caso de su novela, con Denegri como protagonista, lo que Serna se propuso retratar fue “un territorio de mayor cinismo, en el caso de Denegri y de muchos columnistas de la época”.

Enrique Serna ha publicado, entre otras novelas, las históricas El seductor de la patria (Planeta DeAgostini, 1999) sobre Antonio López de Santa Anna, y Ángeles del abismo (Joaquín Mortiz, 2004) sobre Teresa Romero, una mujer enjuiciada por la Inquisición en el Siglo XVII. En El vendedor de silencio la diferencia es la proximidad temporal.

La forma en que lo resolvió fue cambiar los nombres de sus mujeres y convertirlas en personajes imaginarios. Luego añade: “Las figuras públicas si aparecen con nombres y apellidos porque sus conductas públicas fueron así: así era Zabludovsky, así eran los columnistas que retrato ahí, así eran los políticos de la época, los gobernadores a los que les cobraba lo que sabía de ellos. Todo eso está documentado”.

Serna se topó con escollos en su investigación. Manuel Mejido, discípulo de Denegri, por ejemplo, no aceptó entrevistarse con él; tampoco otros familiares del personaje novelado, con excepción de Pilar Denegri. No tuvo acceso a los archivos familiares.

–¿Cómo superó los datos que, pudiendo estar en archivos o testimonios, son infranqueables? –se le plantea.

–(Como novelista) estás entre la verdad y la verosimilitud. El historiador busca una verdad objetiva, que aun influida por aspectos ideológicos, se somete a parámetros. El novelista está en una verdad subjetiva que tiene validez dentro de los límites de la ficción, y ésta le da un arma para entretejer mejor el destino individual con el colectivo.

Ejemplifica: “No sé exactamente por qué Julio Scherer excluyó a Denegri de Excélsior a partir de la segunda mitad de 1969. Pero sé, por el testimonio de la mujer que le quitó la vida, que estaba ya en la locura absoluta, que a ella y a sus hijos los había perseguido por la azotea de la casa tirándoles balazos. Y entonces deduzco que esos escándalos tienen que haber tenido mucho que ver en esa decisión de Scherer de apartar a un hombre que estaba perdiendo completamente el control de sus actos. Hay que hacer ese tipo de conjeturas, que, creo, la novela sí las permite, a diferencia de la historia”.

–La novela nos remite a discusiones que están en el debate público: cuando se habla de la prensa y los embutes; cuando las redes sociales están volcadas al señalamiento constante de los medios, ¿qué es lo que queda de eso? ¿Qué reflejo de esa historia podemos encontrar en estos días?

–Creo que la libertad de expresión salió muy fortalecida por el hecho de que, aunque hubo intentos de reprimirla en el sexenio de Peña Nieto, fue la misma prensa libre e independiente la que sepultó a ese gobierno y a la posibilidad de una restauración autoritaria del PRI, porque fueron las investigaciones periodísticas –la Casa Blanca, la Estafa Maestra y otras– las que hundieron al PRI.

“Creo que ahora estamos viviendo en esa época de libertad que debe continuar, aunque a veces la crítica le moleste a este gobierno. Lo que veo terrible para el periodismo es que, una vez libre, empezó a aparecer otro yugo que es el del crimen organizado.”

Esta entrevista se publicó el 22 de septiembre de 2019 en la edición 2282 de la revista Proceso

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