La Academia de la Historia: del conservadurismo a la pluralidad

Javier Garciadiego. Foto: Octavio Gómez Javier Garciadiego. Foto: Octavio Gómez

Hace 100 años el organismo portaba un estandarte totalmente opuesto al actual, pues, por ejemplo, celebró con una visión hispanista la Conquista, y hoy, según evalúa su director, Javier Garciadiego, la conmemoración a cinco siglos estará enfocada a los pueblos originarios. Con la misma apertura se ha enfrentado el centenario del asesinato de Zapata, los 80 años del exilio español, y vendrá un ciclo sobre los 100 años del Partido Comunista Mexicano. Importa, dice en su evaluación con Proceso, discutir a todos los personajes históricos con madurez, ecuanimidad, sin lujo.

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Durante el gobierno de Lázaro Cárdenas, cuyo proyecto educativo tuvo un carácter socialista, se organizaron diversos congresos de historia nacional y encuentros entre historiadores de diferentes puntos del país. En uno de ellos se solicitó a la Academia Mexicana de la Historia (AMH) que enviara a algunos de sus académicos, pero que tuvieran una “orientación socialista”.

La respuesta del organismo fue:

“Aquí no hay de esos.”

Y no asistieron.

Ciertamente, recuerda el historiador Javier Garciadiego Dantán, director de la academia desde el 2018, durante sus primeros años de existencia el organismo no tuvo relación con los gobiernos de la República, de los cuales no recibió ningún tipo de apoyo, sino que su perfil era conservador. Le tocó festejar el IV Centenario del Encuentro Colombino y su visión fue completamente hispanófila.

Hoy, a cien años de su fundación, la AMH tiene un espectro ideológico más amplio y sus miembros –aunque se aplique aquello de “ni son todos los que están, ni están todos los que son”– ya no son los amateurs o profesionistas “cultos” de otras disciplinas de hace un siglo, sino profesionales de la historia, dice el doctor en Historia de México por El Colegio de México (Colmex) y en Historia de América Latina por la Universidad de Chicago, especialista en Revolución Mexicana.

Afirma que hay más académicos “progre”. Así, los 500 años del encuentro entre Moctezuma y Cortés y las actividades conmemorativas que se realizarán entre 2019 y 2021 serán opuestas a la visión hispanista, con la cual la Academia festejó también la consumación de la Independencia en 1921:

“Puedo garantizar que, en las conferencias sobre el tema, Cortés no será el héroe que nos ofrecieron hace cien años. Quienes organizarán son Leonardo López Luján y Eduardo Matos, ellos traen como protagonistas a los pueblos originarios, no a Cortés, punto.”

En su opinión, se debe tener la madurez para “procesar y digerir la historia”. Admitir, sin visiones idílicas, que se tuvieron culturas originarias realmente importantes, algunas de las cuales ya habían desaparecido a la llegada de los españoles, pero también que padecimos una conquista y “hay que decirlo abiertamente: fue un proceso muy violento a partir del cual sale una nueva civilización, no somos ni la cultura originaria que sobrevivió, ni la española que se impuso, somos una nueva, mestiza, barroca y compleja”.

Con la misma apertura se ha conmemorado el centenario del asesinato de Emiliano Zapata, el ochenta aniversario del exilio español, el 250 del natalicio de Ignacio Allende y vendrá un ciclo sobre los cien años de la fundación del Partido Comunista Mexicano.

Se le pregunta entonces cómo han influido los procesos políticos y sociales, si de lo cortesiano de sus inicios la AMH pasó al nacionalismo postrevolucionario, al cardenismo, etcétera. Reitera que con Cárdenas no hubo afinidad justo por la educación socialista, pero sí pasaron por una etapa nacionalista e irrumpió en un momento el México prehispánico. Baste recordar que además de Miguel León-Portilla, han sido miembros Beatriz de la Fuente, quien fue estudiosa de la estética prehispánica, y los historiadores de arte Manuel Toussaint y Justino Fernández.

–¿Los gobiernos neoliberales –panistas, el de Peña Nieto– impactaron los estudios de la historia?

–Todos los cambios políticos tienen una repercusión historiográfica. Por ejemplo, cuando gana la independencia, en los años posteriores a 1810, se empieza a recuperar la historia original, es el auge de Francisco Javier Clavijero y está la otra parte con Carlos María de Bustamante. Al triunfo de los liberales en el XIX, entre los años cincuenta y sesenta, los historiadores conservadores pasan a segundo plano, Lucas Alamán casi no se volvió a leer hasta muchos años después y Santa Anna es expulsado del altar nacional.

Cuando triunfa Porfirio Díaz con la idea del progreso económico, hay loas a la publicación México y su evolución social. Y con la Revolución, Díaz es expulsado y la historia comienza a considerar a los mestizos, el movimiento campesino y cambia los paradigmas de los héroes con Zapata y Villa, es “la característica de la historia de todo el siglo XX”.

Los gobiernos panistas, sigue, recuperaron a Manuel Gómez Morín y Francisco I. Madero “con el cual no se sentía tan a gusto el PRI por su afán democrático y prefería festejar a Carranza, Calles, Villa e incluso a Zapata”. Recuerda que a los panistas tocó conmemorar el Bicentenario del inicio de la Independencia y pretendieron enfocarlo a la consumación con Iturbide.

Ahora ve cambios. Para empezar, en las conferencias mañaneras, el presidente Andrés Manuel López Obrador está siempre flanqueado por los “héroes canónicos, también celebrados por el PRI: Juárez, Cárdenas, Madero”. Opina que es momento de nuevas interpretaciones, y de recuperar figuras invisibilizadas, héroes regionales, como Genaro Vázquez y Lucio Cabañas, o quizá poco conocidos en la opinión pública nacional, si bien –dice– su historia ha sido seguida en las páginas de este semanario.

Otros como Pascual Orozco, muy querido en Chihuahua y visto en la ciudad como “un rebelde contra Madero; Bernardo Reyes venerado en Nuevo León, pero miembro del cuartelazo contra Madero; y Catarino Garza, todo un personaje en Tamaulipas, poco conocido en el resto del país o visto como un contrabandista más que como héroe”.

La aportación de la llamada Cuarta Transformación será discutir todo esto. Y la Academia quiere contribuir a los debates. El próximo año se cumplirán cien años del asesinato de Venustiano Carranza. Se pregunta si será recordado como Zapata este año, “pero tendrían que explicar por qué un año festejan al muerto y al año siguiente a su asesino”.

–¿No ocurría así con el PRI?

–Así es la historia. Yo lo aplaudo.

La cuestión es si realmente López Obrador conmemorará a Carranza, si la sociedad logró un cambio (aunque no todos estén satisfechos), es momento de recordar a estos personajes con madurez, ecuanimidad, sin lujo:

Historia austera

Director también de la Capilla Alfonsina, en cuya sede es la entrevista con Proceso, habla de la situación actual de la AMH, de lo “ridículamente” barata que es para el presupuesto oficial, comparado con el servicio que presta.

Hace un recuento histórico de la institución, cuyo origen se remonta a mediados del siglo XVIII. Somero porque ya se detalla en el libro Academia Mexicana de la Historia. 100 años, realizado por GM-Espejo Imagen (Proceso, 2236). Las academias nacen en el mundo hispánico durante el siglo XIX, por influencia borbónica y del mundo francés, eran “sitio de reunión y discusión de aficionados con gran erudición sobre ciertos temas, porque en las universidades no había impulso a la investigación”.

En el periodo decimonónico hubo en México muy buenos historiadores, pero no se logró una academia, a lo más que se llegó fue a que varios de ellos fueran correspondientes de la Real Academia de Madrid a título personal. Fue hasta 1919 cuando el padre Mariano Cuevas y Manuel Romero de Terreros van a España y consiguen que la RAM acepte crear una AMH como correspondiente, pero era como la “filial” de una empresa comercial. Los once miembros fundadores debieron ser avalados por Madrid. La AMH nació “sin ningún cobijo, aval o apoyo mexicano”.

Durante los primeros años, relata Garciadiego, fueron sus propios miembros quienes sufragaron los gastos. El director en turno o algún miembro de la mesa directiva ponía su oficina para las reuniones. Y hubo “dos momentos especialmente duros”:

Uno, la Guerra Cristera, pues como había curas, entre ellos el padre Orozco y Jiménez que vivían en el clandestinaje y dejaron de asistir, no había quorum.

El otro fue en el gobierno cardenista, no sólo por su ideología con la cual no coincidían, sino porque tras la caída de la Segunda República en 1939, el gobierno rompió relaciones diplomáticas con España, y ello dificultó las comunicaciones entre la RAM y AMH.

Luego vino un momento fundamental: La creación de instituciones como el Instituto Nacional de Antropología e Historia, el Centro de Estudios Históricos del Colmex, y el Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM. Ellas no apoyan a la AMH, pero los integrantes de ésta ayudan a la creación de esas instancias y se profesionaliza el estudio de la historia.

Luego, ya distanciado de España, el gobierno comienza a relacionarse con la AMH, “se incorporan historiadores de formación y se suman igual funcionarios públicos muy distinguidos”, como el diplomático Genaro Estrada, el arqueólogo Alfonso Caso y el militar Vito Alessio Robles.

Evoca al historiador Atanasio G. Saravia, proveniente del medio empresarial, quien no fue “el mejor historiador que hemos tenido”, pero siendo funcionario de Banamex consiguió que los “ricachones” clientes del banco aportaran 30 pesos al mes a la academia, en una época en la cual contaba con un presupuesto mensual de 200 pesos. Y ayudó a construir la sede en la Plaza Pacheco en el Centro Histórico, para la cual el gobierno donó el terreno. Saravia consiguió el dinero, que incluyó la fachada colonial trasladada de otro inmueble.

Con la profesionalización se ampliaron los temas y “desaparece la visión hispanófila”. Entran las primeras mujeres. Primero la fallecida Clementina Díaz de Ovando, y posteriormente, la doctora Josefina Zoraida Vázquez.

Pero la llegada de académicos con formación universitaria causó, irónicamente, una merma económica, por sus bajos salarios ya no pudieron aportar al sostenimiento de la Academia y se vieron en la necesidad de pedir apoyo a Jaime Torres Bodet, entonces secretario de Educación Pública por segunda vez, quien les otorgó 15 mil pesos al año, “una cosa que hoy se ve hasta tierna”. Sin embargo, la precariedad ha sido la constante.

Los miembros de la Academia son honorarios. A diferencia de los integrantes de El Colegio Nacional u otras instancias, no reciben estipendio. Al contrario, ellos aportan, aunque sea poco. Reciben un subsidio equivalente al 2% del otorgado a la Academia Mexicana de las Ciencias, que recibió 50 millones de pesos.

Con el millón o millón y medio que se les da cubren una nómina de siete trabajadores (portero, secretaria, contador, una persona que filma las conferencias, quienes atienden la biblioteca, la videoteca); pagan servicios generales como agua, luz, internet, limpieza y la edición de las memorias que se publican desde 1942.

A decir del director, la institución sale “ridículamente barata” porque no paga renta, tiene su propia sede, todos los miembros de la mesa directiva trabajan de manera voluntaria, y no tienen proyectos de investigación. Los hacen en sus instituciones (UNAM, UAM, Colmex, CIESAS, entre otros).

En contraste, es un lugar de confluencia entre historiadores de diferentes instituciones, brinda un servicio esencialmente de difusión, “ese es el secreto de la Academia”. Este año se han dado cerca de 80 conferencias en 15 ciclos para todo el público, no sólo para especialistas. Y acude mucha gente de la zona aledaña. Cuentan con una videoteca de cerca de dos mil horas, donde se pueden encontrar las conferencias de sus miembros e invitados.

Como parte de sus proyectos de aniversario, desean publicar algunos libros. El director menciona uno sobre los ciclos de conferencias y otro acerca de los tres procesos de cambio en México: Independencia, Reforma y Revolución. Aclara que no tiene relación con la idea del gobierno actual de la 4T; es un pendiente de 2010. El libro “está esperando el visto bueno del Fondo de Cultura Económica”.

–Mencionó una “sana competencia” entre las diferentes instituciones que estudian la historia, ¿cuál es su opinión sobre la Coordinación de Memoria Histórica y Cultural, que encabeza de forma honoraria la esposa del presidente, Beatriz Gutiérrez Müller?

–Primero, aunque podamos discutir sobre los personajes, debemos reconocer que hasta la fecha es el presidente con más interés por la historia respecto a sus antecesores. A muchos les pasó de noche, pienso en Fox, Peña Nieto y otros. Andrés Manuel está haciendo constantemente referencia a la historia, y justifica actividades por la historia.

Para él “memoria” es la palabra clave de la coordinación: no alude al estudio riguroso de la historia, con fuentes documentales, sino a algo más intangible, incluso a la opinión y el imaginario popular. Y considera que no habría otro espacio público para la escritora e investigadora de la literatura:

“Nada más quiero que se compare con la ‘presidenta’ anterior. Cada una tiene su perfil: la compañerita Echeverría era muy de la cultura popular, los bailables; la señora López Portillo tuvo sus características; la señora Calderón era de esta clase media católica y filantrópica que ayudaba a fundaciones; Martha las relaciones sociales y el empresariado; y la Gaviota creo que ya regresó a la televisión. Y está clarísimo que Beatriz Gutiérrez tiene otros intereses, su vocación es la cultura”.

Este texto se publicó el 22 de septiembre de 2019 enla edición 2238 de la revista Proceso

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