“Midsommar”: un mal viaje

"Midsommar: el terror no espera la noche". Foto: Especial "Midsommar: el terror no espera la noche". Foto: Especial

MONTERREY, N.L. (apro).- En Midsommar: el terror no espera la noche, el espanto es mayormente sugerido. Efectiva en tensión, pese a su lentitud narrativa, la cinta transcurre en una crispante espera hacia eventos que se avecinan y que, se sabe con mucha anticipación, ocurrirán, con una feroz violencia primitiva.

El guionista y director Ari Aster lo vuelve a hacer en éste su segundo filme. Como lo patentó en su presentación de El legado del diablo (Hereditary, 2018), ahora hace una cinta de horror con algunos escasos momentos intermedios de gore, pero con una angustia creciente hasta llegar a un desenlace brutal.

Los elementos no son nuevos. Esta cinta es como una mezcla de Las esposas perfectas (Stepford Wives, 1972) y Culto siniestro (Wicker Man, 1973), con referentes que conjugan rituales paganos criminales, manipulaciones colectivas y víctimas inocentes atrapadas sin salida.

Sin embargo, Aster consigue combinar con asombrosa habilidad una historia desarrollada en la era de la hiperconectividad, con teléfonos inteligentes y computadoras, que se escenifica en un sitio apartado de la civilización, donde la gente vive como en las cavernas y practica inmolaciones en el nombre de deidades y entidades supraterrenales.

Y no necesita sobresaltos en la oscuridad, ambientes góticos o mansiones embrujadas. Toda esta historia de terror ocurre a plena luz del sol y en medio de un ambiente de sobrecogimiento total.

Dani (Florence Pugh) acaba de pasar por una atroz tragedia familiar y se auto invita a un viaje que harán su novio y otros tres amigos a una aldea remota del norte de Suecia. Ahí, en ese sitio apartado del mundo, en esa paradisiaca comarca, las noches duran muy poco y el día parece eterno.

Los chicos creen que pasarán las vacaciones de su vida, cuando participan en un antiguo festival que es celebrado cada 90 años. Lo que esperaban como una celebración se convierte en un festín mortal entre pastorcillos de apariencia ingenua, que en realidad son pervertidos sociópatas. La anécdota es cruel con todos ellos, porque desde el inicio se les canceló la posibilidad de rechazar a sus anfitriones.

La película de casi 150 minutos transcurre en su primera hora con muy pocos eventos. Pero la presión emocional comienza a acumularse en la olla, hasta que estalla a la mitad. Los angelicales hombres y mujeres, todos rubios, ojos de color, físicamente perfectos, viven en una realidad aparte. Saben que existe un mundo allá afuera, detrás de sus bosques y montañas, pero no les interesa su contacto. Si acaso, reciben invitados para que se unan a sus singulares celebraciones. Y, luego de acordar, todos, una simulación perfecta, son trágicamente insensibles al sufrimiento de los extraños.

En la parte final, Aster recicla su misma obra, aunque lo hace con propiedad, sin que resalten los momentos de su anterior película que dieron pie a ésta. Allá como acá hay un culto que lentamente se va rebelando y es practicado por gente desnuda; se presentan cuerpos mutilados y una casa especial para los rituales cruentos. Pero, sobre todo, resalta que en los dos trabajos hay personas alienadas que observan con total naturalidad atrocidades que deben realizarse, para que se cumplan los ciclos de sus particulares existencias.

El inocente es coronado como el rey tonto, que personifica la maldad que tanto ha evitado.

Midsommar es una película que demanda paciencia, pero su largo desenlace ofrece una muy buena recompensa.

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