La tabla química de los artistas

Uno de los paneles en el Universum

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Aun cuando carece tanto de un trabajo curatorial riguroso como de un diseño museográfico de calidad, la exposición La tabla de los elementos es un proyecto interesante, indiscreto y divertido.

Emplazada en Universum, Museo de las Ciencias de la Universidad Nacional Autónoma de México, la exposición fue concebida, coordinada y curada por la editora María Luisa Passarge y el fotógrafo Rogelio Cuéllar, con el propósito de promover el gusto por la ciencia e invitar al público a acercarse de manera lúdica a la química.

Integrada por 118 obras que representan un elemento de la tabla periódica más un retrato de Dmitri Mendeléyev (1834-1907) –científico ruso que descubrió el patrón que da estructura a la tabla–, la exhibición rebasa su propósito develando actitudes artísticas que oscilan entre la camaradería, el compromiso, la indiferencia y el humor.

Con una selección curatorial basada abierta y sinceramente en “relaciones personales”, los organizadores lograron su objetivo de “reunir a colegas” en un proyecto que evidenció no sólo entusiasmo creativo sino, también, la necesidad de abrir espacios institucionales para autores de trayectoria media relevante.

Realizadas por 116 artistas visuales –más tres músicos y dos científicos– en formatos cuadrados de 60 x 60 centímetros, muchas de las obras son especialmente interesantes porque permiten ubicar el presente creativo de sus autores. Pertenecientes a generaciones nacidas entre las décadas de los años treinta y setenta, entre ellos, si bien se encuentran Vicente Rojo (1932), Roger von Gunten (1933), Pedro Friedeberg (1936), Teresa Citto (1939), Raúl Herrera (1941) e Ilse Gradwohl (1943), abundan los nacidos entre los años cincuenta y sesenta como Gilda Castillo, Héctor de Anda, Perla Krauze, Rowena Morales, Adán Paredes, Sandra Pani, Claudia Gallegos y Fernando Aceves, entre muchos otros.

Sin ser parte del propósito curatorial, la actitud artística de los participantes se devela en sus obras. Con una gran responsabilidad y una excelente factura, Nunik Sauret presenta una pintura que no sólo retrata al Potasio hasta el punto de permitir su explicación por los guías de la exposición, sino que seduce al espectador por la sutileza de las transparencias cromáticas.

En el rubro del humor, Emiliano Gironella (1972) sobresale con una irreverente pieza que compara el Torio con el escorzo de una grotesca cabeza de toro realizada con lentejuelas negras sobre fondo blanco.

Vicente Rojo y Rivelino (1973) representan al elemento a partir de su propia materia: el Cobre con una placa intervenida por el primero, y el segundo con numerosas cilindritos de Neodimio que se adhieren al centro de uno de sus característicos relieves. De manera simplista, Saúl Villa presenta al Aluminio con un trozo de panel industrial.

En el territorio conceptual, El Gritón interpretó el Terbio con una pintura procesual monocromática que deberá transformar el color blanco de su superficie a lo largo de la exposición. En el mismo campo conceptual, pero con una actitud muy cuestionable, Boris Viskin presenta al Protactinio con una obra monocroma en blanco y de base lingüística que señala: “Por medio de la presenta quisiera constatar que no tengo ni PUTA idea de qué chingados es el Protactinio”.

Montadas en paneles verticales que sólo permiten exhibir cuatro piezas, la exposición, además de que no puede disfrutarse como una tabla y que carece de las declaraciones de los artistas sobre la interpretación de los elementos, tiene un costo excesivo de 80 y 90 pesos por persona.

Este texto se publicó el 29 de septiembre de 2019 en la edición 2239 de la revista Proceso

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