Elegía con flores y cantos

Cartón de Rocha

Nimitztlazocahmati notemachtihcatzin

ticitl Miquelotzin León Portilla.

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- ¿Acaso venimos a soñar en la tierra? Con la faz serena, entrecierra y abre los ojos. Sueña el sueño de estar vivo en un ahora que se le escapa de las manos. Como Quetzalcóatl que huye del tiempo y huye de sí mismo, ignora hacia dónde se dirige con esa angustia que sólo amaina cuando las flores del pensamiento florecen en su mente, o cuando los cantos floridos lo inundan por dentro. Hombre, burbuja inquieta, sólo busca a tientas algo en qué poder sostenerse, algo que no lo destruya, y por eso sabe que se adoran a los dioses, y que en su honor se erigen templos donde se canta y se danza. Aunque los dioses no existan. Esa es la alianza verdadera y él sueña que es una de las burbujas humanas que más brillan y que por eso puede elevarse…o, quizá, que por eso se empeñó en construir un apoyo inmutable y eterno en el tiempo que se le escapa.

¿Sólo aquí en la tierra hemos venido a conocer nuestros rostros? Los pulmones no lo ayudan a respirar, pero tenaz en sus ganas de vivir, rememora que ha sido un cultor de la tinta roja y la tinta negra y que con ellas ha plasmado página tras página en un delirio creativo que siempre se acompañó de música. Y no de cualquiera, sino de la más bella con la que su corazón se ensancha. Entre sus recuerdos más vívidos emergen sus primeras lecturas y sus primeras visitas a los sitios de los dioses, sobre todo de Teotihuácan donde presintió que sus días terrenales iban a consagrarse a desentrañar misterios de los antiguos mexicanos y a destensar las flechas de su propia ignorancia. También recuerda, pero ya no sabe si sueña en vigilias, que está recostado en una cama de hospital desde hace semanas, o acaso meses. ¿Ha podido conocer en este reducto aséptico su verdadero rostro?… Quienes lo visitan lo perciben integrado con las pulsaciones de su corazón y las sonrisas de su rostro, hasta que una enfermera lo despierta: “Don Miguel, es la hora de su medicina, Don Miguel…”

¿Perduran los cantos en la casa del Dador de la vida? Suena un extraño aparato que le insertan en los oídos y con él se revive el milagro. ¡Qué prodigios son éstos que lo proyectan a sus mañanas de trabajo! Su caminata en los Viveros de Coyohuacan, con los pensamientos fluyendo desde la duermevela hasta la conciencia que sus pasos entre el verdor le atizaban. Luego un desayuno servido amorosamente por la mujer de su vida y después el entusiasmo de sentarse en su escritorio para pasearse entre las letras como un monarca de la antigua palabra. Pero antes, cómo podía olvidarse, encender el aparato de música y afinar su ánimo con los encantamientos de sus autores preferidos. Esos tlamatini del sonido que ahondaron los arcanos del cosmos para descenderlos a la tierra para consuelo de los mortales. ¡Cuántas horas de dicha, cuántos años de gozo estético al amparo de sus melodías! Primero los elepés y con ellos la redacción de su magna tesis. La filosofía náhuatl estudiada en sus fuentes. Y después vinieron las Relaciones indígenas sobre la Conquista y los Trece poetas del mundo azteca, siempre sintonizados por la aguja de un tocadiscos. Pero, ahora se estremece, ¿cómo es que su idolatrado Mozart, su admirado Bach y su amado Vivaldi han vuelto a rondarlo para aligerar los largos silencios de su incomunicación verbal? No se trata de un lector de discos compactos, sino de algo que llaman Ipod… No pesa nada y, ¿de veras su dotación de músicas es tan extensa? Si no perduran en el cielo, sí permanecen los cantos en su memoria…

¿Se aprestó ya el florido tambor? Previo a su internamiento pudo aclarar su postura frente a lo incognoscible. Había que luchar hasta el último minuto sin dejar que el desánimo se aprestara a desgastar voluntades. Otro día se acumuló en el atado de sus 93 años. ¿Cómo fue posible que lo hayan nombrado leyenda viviente si nunca logró gobernar en las marchas de su propio tiempo?…Contempló cielos y escrutó auroras, empero, en los libros halló el hálito de vida que lo conectó con el acaecer de las cosas. Pensó a menudo que su condición, vista desde dentro, no era grave, al contrario, su razón nunca se nubló a pesar de haberse hecho consciente de la fugacidad de la existencia humana. Entre brumas le pareció que, efectivamente, fue sólo un soplo…mas fue tan intenso que entendió que cada vivencia debía atesorarse con el plexo solar abierto y las pupilas dilatadas. Los amaneceres en el Mar de Cortés, las tardes de sol en la Puerta de Alcalá, el sabor de las castañas en las riberas del Sena, las risas de su hija…Las conversaciones con sus amigos, las cátedras y, por supuesto, las miradas cómplices del amor de pareja que lo dignificó como varón de cepa. ¿Sera ya tiempo de bajar al reino de los muertos?… Le hablan desde lejos y las voces no lo tocan, los tambores del alba percuten quemando las plumas de su jaula de quetzales…

¿A dónde en verdad iremos, que nunca tengamos que morir? Pese a que muchas veces se consagró a la meditación, jamás se retiró del trato con los hombres, ni se olvidó de prodigar sus conocimientos para ayudar a los débiles y los desamparados que, en sus vislumbres eran casi siempre los indígenas. Jamás dejó de considerar que lo que vivía y lo que habían vivido sus ancestros y vivirán sus descendientes era, y es siempre, el presente. También se repitió que si se atrevía a desconocer la extraña condición del presente, entonces desconocería la condición extraña de su vida. Vida rica en dones en la que socorrer al prójimo constituyó la mejor riqueza que pudo haber concebido. Pero no nada más de los hombres, sus hermanos, sino también se ocupó de enaltecer las vírgulas de la palabra que emana del pensamiento que vibra al nombrar las cosas. Incluso, recuerda afiebrado un poema que fluyó de su mano con la naturalidad del viento: “Cuando muere una lengua, todo lo que hay en el mundo, mares y ríos, animales y plantas, ni se piensan ni pronuncian, con atisbos y sonidos que no existen ya. Entonces se cierra a todos los pueblos del mundo, una ventana, una puerta. Un asomarse de modo distinto a las cosas divinas y humanas, a cuanto es ser y vida en la tierra.” Mas, reconsidera., ¿morir es dejar el ahora o es ingresar en el siempre?…

¿Han quedado prendidos los cantos al son de los atabales? Extraña el crujir de los pergaminos y el tacto diáfano de los encuadernados. Su estera de trabajo fue cobijada por las notas leves de los cuicamatini nacidos en Europa. Si huía de su acontecer, las sinfonías o las conciertos de sus entrañables músicos le ataban los tobillos a los muelles del deleite. A veces se dejaba acariciar por la levedad de los arpegios o por la morosidad de los trinos, aunque ello pareciera extraño a quien lo veía trabajar ensimismado. Resultaba que con los oídos de la mente dejaba discurrir la pluma, al tiempo que consignaba sus pensamientos engalanados de música, esa compañera inseparable que lo ancló al presente y lo familiarizó con el infinito. ¿Dónde están las ansias de volver a su casa?, ¿Por qué decae su fortaleza para proseguir por la senda de sus querencias? ¿Habrán quedado en su morada, encendidos y atildados, los cantos de su amor por la vida?…

¿Andará solo su camino? Se van, lo dejan solo, sólo con su conciencia, no obstante, la elección parece haber sido suya, bifurcándose en dos ramales. Una vida inmutable o una muerte inmediata. ¿Es insensato? No hay a quien preguntarle, ni hace falta hacerlo. Nadie lo inclina a escoger, ni nadie lo empuja a decidir. Él sólo realiza la elección, ya que nadie puede escoger por los otros. ¡Adelante! Ya sabe cómo ha de obrar. Traspondrá las montañas, se acercará a la playa y ya no pensará más. Dejará que cante su corazón, dejará que él lo guíe. Es el único que sabe aquello que tiene que buscar. Cuando llegue a la orilla opuesta del inmenso mar, se verá en las aguas como en un espejo. Irá a sembrar su corazón en las cenizas que fecundan los campos de la vida eterna. En la tierra que habrá de amortajarlo. ¿Acaso verá a Aquel por quien todos viven? Si su sueño no lo despierta, pululará entonces una vez más como fruto inmortal, como dorada mazorca, como el lucero del alba y el atardecer, como alguien que guía hacía la inescrutable bóveda del Supremo Creador. Llegó ya otro año Ce ácatl, o Uno caña, escucha que le gritan desde la otra orilla. Es hora de dejar su envoltura corporal para liberarse del tiempo. Excedido por su propia angustia, quizá se despierte para volverse Uno con las estrellas y los astros…

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