Disputa por la Historia

López Obrador durante su conferencia matutina. Foto: Octavio Gómez López Obrador durante su conferencia matutina. Foto: Octavio Gómez

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Es evidente que en su manejo de los símbolos el presidente López Obrador raya en la genialidad. Entre sus primeras decisiones de gobierno hay varias que son económicamente intrascendentes –incluso son perjudiciales en términos de eficiencia y seguridad– pero cuyo simbolismo ha fortalecido su Presidencia. Ni convertir Los Pinos en un espacio abierto al público ni poner en venta el avión presidencial para viajar en vuelos comerciales ni desaparecer el estado mayor presidencial pasa un análisis de costo-beneficio, a menos que en la cuenta de lo benéfico se incluya la popularidad personal. Si la política siempre ha tenido una carga simbólica, en la era de la posverdad los símbolos han empujado a la racionalidad hacia la irrelevancia.

La historia es por antonomasia el hábitat del simbolismo. La identidad nacional suele abrevar en la mitología, y quien se apodera de la narrativa histórica gana la aquiescencia de la nación. AMLO lo sabe. No en balde conoce bien el devenir de México, así sea en una versión en blanco y negro, y su discurso se nutre de una interpretación de nuestro pasado que lo sitúa del lado correcto de la historia. Su historiografía no admite más que dos rutas, la conservadora y la liberal, que es la suya. Pero su proyecto es una continuación sublimada, un salto cualitativo, una transformación del calado de la Independencia, la Reforma y la Revolución: Hidalgo y Morelos derrotaron al imperio, Juárez a la iglesia, Madero a la dictadura y AMLO al neoliberalismo.

Ahora bien, hay otras dos contradicciones que siguen vivas en el imaginario colectivo mexicano. Una de ellas es la de Cortés y la Malinche, a la cual aludió Octavio Paz, y la otra es la lucha de clases. En la historia de México ambas están entreveradas, y AMLO las ha subsumido en la concepción de su gesta sin reparar en sutilezas históricas: los liberales, hoy bajo su liderazgo, defienden a los indígenas y a los pobres. En torno al primer caso ha realizado otros actos simbólicos, como recibir el bastón de mando de pueblos originarios tras su toma de protesta, pedir permiso a la madre tierra para construir el tren maya y exigir disculpas al rey de España por la Conquista. Pero en el segundo caso hay un elemento novedoso e interesante. Si bien su política social ha estado más cerca del asistencialismo que del colectivismo –vía programas sociales para los desprotegidos–, un grupo de sus seguidores lo está orillando a definirse en torno a la guerrilla de la segunda mitad del siglo XX mexicano.

¿Cuál será el veredicto de AMLO? Aunque aprueba el belicismo independentista, reformista y revolucionario, defiende con vehemencia el pacifismo de su movimiento. Cabe entonces preguntar: ¿cuándo dejó de ser necesaria la violencia para cambiar a México? ¿Qué opina de la guerrilla rural de los sesenta y de la guerrilla urbana de los setenta, o de la nueva modalidad que se apareció en los noventa? No me refiero a la ausencia de “condiciones subjetivas” y a la ineficacia de esos intentos de combatir violentamente la injusticia social; me pregunto si considera legítima o ilegítima la vía armada como medio de cambio social, o en todo caso bajo qué circunstancias la justifica. El debate ya está ahí, así sea de manera incipiente. Más allá de la torpeza de un funcionario público que decidió adjetivar en el párrafo equivocado, me parece saludable discutir la declaración de guerra de los guerrilleros contra el Estado –y la burguesía– y la guerra sucia del Estado contra los guerrilleros, como propone Fritz Glockner (Proceso 2239).

Yo discrepo de AMLO en muchos temas, pero creo en su bonhomía. No tengo duda de que reprueba toda violencia, aun, por desgracia, la de la fuerza pública contra la delincuencia. Por eso quisiera saber qué piensa de las acciones violentas de uno y otro lado que desgarraron a nuestro país en aquellas décadas. No es una cuestión ociosa. Estamos cerca de un consenso venturoso en el repudio a la sanguinaria represión estatal que torturó, desapareció y asesinó a jóvenes que tomaron las armas, pero hay quienes no están dispuestos a condenar inequívocamente el secuestro de empresarios o la ejecución de enemigos por parte de esos mismos jóvenes. ¿Es la violencia la partera de la historia? ¿Lo fue antes y dejó de serlo? ¿Y de ser así, se deslegitimó definitivamente o se trata de un repliegue táctico? A juicio mío, si bien no todas las violencias son iguales, todas contienen un germen destructivo que puede llevar a la perversidad. ¿Qué dice el presidente?

Su partido, Morena, es plural. Militan ahí personas de centro –y no pocos de derecha– junto a un mainstream de izquierda. Varios de sus dirigentes, sin embargo, están inmersos en una batalla simbólica distinta a la que AMLO encabeza. Buscan que en la corriente histórica que él proclama, además de decretarse la preeminencia de lo prehispánico, se reivindique no a Keynes o a Piketty sino a Marx. En los hechos, AMLO no apoya esta visión, pero todavía no está claro qué posición tomará en el ámbito de la simbología. Es importante saberlo, porque los símbolos pueden modificar la realidad y porque él no ha definido con claridad su modelo post neoliberal. Por eso y porque me encantaría que el presidente de México adoptara lo que llamo la cuarta socialdemocracia, me interesa conocer qué tipo de socialismo –distinto al que fue realmente existente, doy por sentado– anhela el ala radical de Morena, y qué métodos de lucha avala. Y sobre todo, qué postura tomará AMLO ante esta disputa por la Historia.

Este análisis se publicó el 6 de octubre de 2019 en la edición 2240 de la revista Proceso

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