Turquía: La maquinaria de guerra ya estaba engrasada y fue imposible detenerla

El ataque turco. Foto: AP / Lefteris Pitarakis

Turquía llevaba un año amenazando con invadir las regiones norte y noreste de Siria. El miércoles 9, la artillería pesada y los cazas turcos abrieron fuego sobre su vecino. La incursión, bautizada Manantial de Paz, prometía atacar sólo bases militares, posiciones artilladas y depósitos de municiones terroristas, pero los ataques fueron dirigidos contra civiles y los kurdos –de los cuales un grupo ha establecido prácticas democráticas mal vistas en el entorno–, desatando el terror por lo que puede devenir en una nueva crisis humanitaria. ¿Cuál fue la luz verde que Ankara vio para atacar? El retiro de tropas de Estados Unidos de la zona en conflicto.

ESTAMBUL (Proceso).– Hace 20 meses Rania tuvo que buscar refugio en las montañas. Esta maestra de la localidad de Jindires y cientos de sus vecinos se resguardaron en las cuevas de las alturas para evitar los bombardeos de los cazas turcos que castigaban las localidades del cantón de Afrin –en la esquina noroeste de Siria–, empeñados en destruir lo que consideraban un nido de “terroristas”.

Las tropas de Turquía y sus aliados de las milicias árabes tardaron pocas semanas en tomar el control del cantón y Rania tuvo que huir hacia el este, recogiendo apenas lo imprescindible para el viaje. Atrás quedaron su casa, sus pertenencias y sus recuerdos de toda la vida. Se estableció en Kobani, localidad bajo control de las milicias kurdo-sirias en el norte de Siria y junto a la frontera turca.

Ahora la familia de Rania se ve obligada de nuevo a huir, pues Turquía está dispuesta a invadir la zona en la que se encuentra.

El miércoles 9, a las 16:00 horas locales, el presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, tomó el teléfono y comunicó la orden de ataque a su ministro de Defensa, el general Hulusi Akar. “Transmita a nuestros comandantes y a nuestros heroicos soldados que les deseo todas las bendiciones de Dios en esta operación contra los terroristas”.

Los cazas turcos despegaron de sus bases y bombardearon posiciones de la milicia kurdo-árabe Fuerzas Democráticas Sirias (SDF) en diversas localidades.

Desplegada desde días antes a lo largo de la frontera turca, la artillería pesada abrió fuego. Fuerzas especiales penetraron por diversos puntos en territorio sirio con apoyo de milicias árabes leales y capturaron varias poblaciones. Se atacaron bases militares, posiciones artilladas y depósitos de municiones descubiertos por los drones que habían sobrevolado durante semanas el territorio.

Pero muchos de esos objetivos están en medio o en las cercanías de áreas residenciales y durante las primeras 24 horas de la operación –llamada “Manantial de Paz”– al menos 14 civiles murieron y cerca de un centenar resultó herido en ambos lados de la frontera por el intercambio de fuego entre ambos bandos. Miles de vecinos de las áreas fronterizas kurdosirias iniciaron la huida hacia el sur en busca de refugio.

“Los aviones turcos han empezado a bombardear áreas civiles. Hay pánico entre la gente de la zona”, denunció un portavoz de las SDF.

Turquía llevaba un año amenazando con invadir las regiones norte y noreste de Siria, después de haberse hecho con una porción de territorio de 5 mil kilómetros cuadrados en el noroeste del país en dos operaciones militares durante 2016 (en torno a las ciudades de Yarablus y Al Bab) y 2018 (en la mencionada operación contra Afrin).

Pero todo se precipitó tras una conversación telefónica tres días antes del comienzo del nuevo conflicto. En un extremo del teléfono estaba Erdogan, en el otro, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump.

Para sorpresa de muchos, Trump dio lo que los turcos consideraron una luz verde a sus planes de invasión. “Turquía pronto avanzará con su largamente planeada operación en el norte de Siria. Las Fuerzas Armadas de Estados Unidos no apoyarán ni se verán involucradas en la operación, y las fuerzas estadunidenses, tras haber derrotado al Califato del Estado Islámico, no se hallarán en las áreas cercanas”, se leía en el comunicado de la Casa Blanca. Y aunque luego las autoridades de Washing­ton matizaron que lo dicho no significaba dar vía libre al ataque, la maquinaria de guerra turca ya estaba engrasada y fue imposible detenerla.

Milicias kurdas

Hace cinco años me entrevisté con la familia Gencxemis. Estaba de luto por la muerte de su hija más pequeña, pero era un luto diferente, en el que las lágrimas se mezclaban con el orgullo. La fallecida, de 22 años y cuyo nombre de guerra era Arin Mirkan, se había convertido en un símbolo inmortal tras inmolarse con una carga de explosivos para retrasar un ataque yihadista en la ciudad kurdo-siria de Kobani. Pero la historia de Mirkan sirve para reflejar las intrincadas relaciones de las organizaciones kurdas en Oriente Medio.

En 2007, con apenas 15 años, la chica decidió en secreto abandonar su hogar y unirse a las filas del PKK, grupo armado nacido en Turquía en los ochenta y que desde entonces libra una guerra sin cuartel contra el Estado turco en busca de algún tipo de autonomía para su población kurda.

Mirkan cruzó la frontera y recibió entrenamiento militar en las montañas del sur de Turquía. ¿Por qué no se quedó en Siria y luchó contra la opresión que sufren allí los kurdos? En los sesenta, a 120 mil de ellos se les despojó de la nacionalidad siria y sus descendientes han tenido problemas para mantener sus propiedades y hallar trabajo.

La respuesta sólo puede obtenerse mirando desde más arriba. Unos 35 millones de kurdos viven repartidos entre Turquía, Siria, Irán e Irak. Y aunque en cada país existen organizaciones nacionalistas que reivindican la identidad kurda, hay dos líneas políticas fundamentales que influyen más allá de las fronteras: una es la del Partido Democrático del Kurdistán (PDK), nacido en 1946 y ligado al clan Barzani, que domina la política del Kurdistán iraquí desde hace décadas. El PDK ha evolucionado desde posiciones socialistas a una ideología cada vez más conservadora.

El otro gran movimiento es el PKK, fundado en 1978 por Abdullah Ocalan, quien desde hace 20 años cumple cadena perpetua en una isla-prisión turca. En esas dos décadas entre rejas, el pensamiento de Ocalan ha evolucionado desde un maoísmo radical a un marxismo más laxo y liberal, con ciertas aportaciones del comunitarismo libertario, cuestiones como la ecología y el feminismo e incluso aportaciones del islamismo.

En Siria, el PDK tuvo tradicionalmente más implantación, y por ende fue también más perseguido. En cambio, el gobierno de Damasco fue más ambiguo con el PKK: como principalmente atacaba a Turquía, lo dejaba hacer; aunque, según fuesen las relaciones con el vecino, a veces también perseguía a los seguidores de Ocalan.

Al inicio de la guerra civil en Siria, el presidente Bashar al Asad devolvió sus derechos a los kurdos en un intento de congraciarse con la población y, sobre todo, de que no tomasen partido por la naciente oposición. Un año después, en 2012, el régimen sirio ordenaba a sus fuerzas armadas y de seguridad retirarse prácticamente de todo el norte y noreste del país –seco y más pobre– y concentrarse en combatir a los rebeldes en las provincias occidentales, donde se hallan los principales núcleos urbanos de Siria. Y ante el vacío de poder, floreció la autonomía kurda.

Entre todas las formaciones políticas kurdas pronto comenzó a despuntar el Partido de la Unión Democrática (PYD), bien por su mayor organización, bien por las prácticas intimidatorias de su milicia, YPG.

Ambas están dirigidas por personajes formados política y militarmente en las filas del PKK y en la lucha contra Turquía. “El régimen y el PYD llegaron a algún tipo de acuerdo. Muchísimos activistas del movimiento kurdo fueron arrestados por el PYD, algunos asesinados o desaparecidos”, denuncia Saeed Omar, dirigente del PDK sirio y actualmente exiliado.

Pero hubo otra organización que aprovechó el vacío de poder dejado por el régimen en el norte de Siria: el Estado Islámico. En 2014 apuntó contra los cantones kurdos dirigidos por el PYD y fue entonces cuando la resistencia kurda de las milicias del YPG, dirigida en muchos casos por jóvenes como Arin Mirkan, se convirtió en legendaria. Sin embargo, ante la constatación de que si no se les cerraba el paso, los yihadistas cometerían un genocidio similar al que se produjo ese verano en el norte de Irak contra la minoría yazidí, el entonces presidente estadunidense, Barack Obama, apostó por una alianza con las milicias kurdas.

Era una cuestión espinosa, pues las YPG son una extensión del PKK y esta organización está en la lista de grupos terroristas no sólo de Turquía, sino también de la Unión Europea y Estados Unidos.

Por ejemplo, Ferhad Abdi Sahin –alias Mazlum Kobane y Sahin Cilo–, quien negoció la alianza kurdo-estadunidense y es uno de sus comandantes, “es buscado en Turquía, se ofrecen 4 millones de liras (unos 800 mil dólares) por su cabeza, ya que ha participado o ideado atentados en Turquía que supusieron la muerte de 300 personas”, explica el exmilitar turco Abdullah Agar.

Un Estado autónomo

Los mandos militares de Estados Unidos y el propio Obama decidieron que, con todo, valía la pena arriesgarse: Turquía no estaba a favor de emplear a sus soldados para luchar contra el Estado Islámico (aún no había sido objeto de sus atentados) y en cambio los kurdos luchaban por su supervivencia.

Pronto se formó una coalición de milicias, las SDF, que, si bien eran lideradas por las YPG kurdas, también incluía a combatientes árabes, turcomanos y cristianos asirios. En cinco años lograron acabar con el califato que había declarado el Estado Islámico en un extenso territorio de Siria e Irak, aunque para ello murieron unos 11 mil milicianos de las SDF.

La guerra contra el imperio yihadista significó también que los kurdos –una minoría dentro de Siria (suponen cerca de 10% de su población)– se hiciesen con cerca de un cuarto del territorio del país, incluidos los pozos petrolíferos del desierto de Deir Ezzor.

En la retaguardia, mientras tanto, se fue formando una nueva administración política. “El sistema administrativo trata de imitar lo que sería un gobierno estatal o autonómico, con sus ministerios de educación, sanidad, interior, defensa… El problema es que estamos en una situación de guerra y, por tanto, el gobierno tiene muchas carencias, empezando por la financiación”, explica a Proceso el periodista español David Meseguer, autor junto a Karlos Zurutuza del reciente libro Respirando fuego, sobre la lucha de los kurdos en diferentes geografías.

Al mismo tiempo es un gobierno descentralizado y hay consejos y asambleas en cada localidad que “tienen influencia en cuanto a la elección de los cargos locales”. Eso sí, el experto reconoce que, aunque se celebran elecciones en las que pueden participar todos los ciudadanos mayores de edad de la región, “las opciones por las que se puede votar son limitadas” y no se permite presentarse a grupos demasiado opuestos al PYD, como el propio PDK.

En todos los niveles de decisión se intenta mantener un equilibrio de representación entre las diferentes confesiones y etnias presentes en la zona –que tienen reconocidos sus derechos y pueden estudiar en su propia lengua en las escuelas– y además se ha impuesto un sistema paritario en el que un hombre y una mujer codirigen cada estamento.

“Obviamente, estamos en Oriente Medio y la sociedad es muy patriarcal, pero se ha impulsado que la mujer tenga un papel más activo a nivel administrativo, político y militar. En el frente ves a las mujeres luchando codo a codo con los hombres y no es sólo una cuestión estética, porque en los cementerios de mártires hay cientos de milicianas enterradas”, apunta Meseguer.

Todo este sistema, con sus avances y también con sus problemas, parece destinado a los libros de historia. La decisión de Trump de apartar a sus tropas de la frontera –calificada por los líderes kurdosirios como “una puñalada en la espalda”– ha echado la suerte de la administración kurda.

Aunque los 70 mil combatientes de las SDF cuentan con moderno armamento entregado por Estados Unidos en los últimos años –tienen sofisticados sistemas antitanque y antiaéreos– y han cavado túneles y trincheras en la zona, las perspectivas de que puedan resistir ante el segundo mayor ejército de la OTAN, con más de 300 mil efectivos, parecen exiguas.

Tampoco la orografía los favorece: Turquía y sus milicias árabes aliadas tardaron dos meses en conquistar el cantón kurdo de Afrin, montañoso y más fácil de defender. En cambio, la zona ahora bajo ataque es llana.

“Si las SDF presentan batalla, los combates pueden ser muy duros dentro de las ciudades; pero si el ejército turco considera que es posible tomar la zona, entonces es que es posible, pues las fuerzas armadas turcas tienen un muy buen departamento de análisis”, declara a Proceso Aaron Stein, director del programa sobre Oriente Medio del Foreign Policy Research Institute.

“Si a Turquía se le cerrara el espacio aéreo sobre Siria, las fuerzas estarían más equilibradas, pero ante los bombardeos desde el aire no podemos hacer nada, ni siquiera con los túneles que se han cavado”, explica Serwan, un dirigente de la Media Luna Roja Kurda, desde el interior de Siria. “Los desplazados serán el principal problema porque necesitaremos más medicinas, tiendas, comida y ayuda para las evacuaciones”.

Aunque la mayoría de Estados de la región y de la Unión Europea han exigido a Erdogan que detenga su ofensiva militar, Serwan cree que no hacen lo suficiente: “Parece que todo el mundo se ha olvidado del precio que pagamos para derrotar al terrorismo del Estado Islámico. Si Turquía conquista esta zona habrá masacres y cambios demográficos. Ningún kurdo se quedará aquí sabiendo lo que hizo Turquía en Afrin”.

Junto a Rania, al menos 185 mil personas escaparon de Afrin. Sus casas fueron ocupadas por población árabe huida de otras zonas de Siria, lo que fue denunciado por diversas organizaciones como un proyecto de ingeniería demográfica pretendido por Turquía para establecer al sur de su frontera a poblaciones más favorables a sus intereses.

De hecho, Ankara también tiene planes para las zonas que ataca actualmente en el norte y el este de Siria: establecer una zona tapón para construir nuevas localidades y alojar ahí a entre 1 y 2 millones de los actuales 3.6 millones de refugiados sirios –en su mayoría de etnia árabe y religión musulmana sunita– que actualmente acoge en territorio turco.

En Afrin, Turquía instaló un gobierno colaboracionista y aunque trata de restablecer la economía y la paz reinantes antes de su ocupación, el Observatorio Sirio para los Derechos Humanos ha registrado cientos de secuestros exprés, violaciones y persecución contra quienes simpatizaban con la anterior administración.

Eso es lo que asusta a los kurdos del norte de Siria que simpatizan con el PYD: terminar convertidos en un nuevo Afrin.

Este reportaje se publicó el 13 de octubre de 2019 en la edición 2241 de la revista Proceso.

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