Olga Tokarczuk: 'Los traductores salvan al mundo”

viernes, 18 de octubre de 2019 · 13:57
CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Antes de ser elegida Premio Nobel de Literatura 2018 este 10 de octubre, la novelista polaca Olga Tokarczuk publicó su ensayo “Cómo los traductores están salvando al mundo”, traducido del polaco al inglés como How Translators Are Saving The World por Jennifer Croft, en Korean Literature Now, edición verano de 2019 (29 de junio de 1969). Ofrecemos a nuestros lectores el ensayo completo, traducido a su vez de la versión inglesa de Jennifer Croft (coganadora con Tokarczuk del Man Booker International Prize 2018), por el periodista Roberto Ponce. * * * La literatura comienza cuando una firma un texto que ha escrito bajo su propio nombre, cuando una se halla detrás de la obra como autora, expresando a través de palabras su experiencia única, la más profunda e intensa y en ocasiones dolorosa, arriesgándose a no ser comprendida, ignorada, a que hará enojar a la gente o que una será menospreciada. La literatura es por ello aquel momento particular cuando el lenguaje más individual se une al lenguaje de los demás. La literatura es, pues, el espacio en el cual lo privado se hace público. Un hecho frecuentemente aceptado es que el primer ser humano que firmó un texto literario (y por lo tanto la primera escritora) fue Enheduanna, la sacerdotisa sumeria de la diosa Inanna. En los oscuros tiempos de agitación social y luchas políticas por el poder, Enheduanna escribió “Himno a Inanna” en un estado de duda y decepción. Es el lamento extraordinariamente conmovedor de una persona que siente haber sido abandonada por Dios. Gracias a la traducción, que naturalmente moderniza su lenguaje, este texto es perfectamente comprensible y aquilatable por el lector contemporáneo, por transmitirle experiencias íntimas, profundas, que viajan a través del tiempo; es, sin duda, universal. Se trata de una confesión muy dramática y abatida por la desesperanza, por un sentimiento de abandono y de aislamiento, escrita alrededor de hace 5,000 años (!), al punto de poder ser completamente experimentada por cualquiera viviendo en nuestro mundo radicalmente diferente, pese al hecho de que todas las lenguas oficiales de aquel mundo de hace mucho se han desmoronado (literalmente) en el polvo. El lenguaje privado de una persona va tomando forma en el curso de toda su vida como una serie de accidentes desde el lenguaje heredado de sus padres hasta el lenguaje a su alrededor mientras va creciendo, lo que ella lee, lo que ha aprendido, a la par de su propia experiencia única. Es el íntimo lenguaje con el cual nos hablamos a nosotras mismas, y que sólo llega a ser escrito algunas veces, ya que por supuesto que no todas tienen el hábito de escribir sus pensamientos, ni llevan un diario, o no crean ningún tipo de textos. Un lenguaje íntimo es, por ende, tan único como una huella digital y puede también servir para identificar a una persona. Yo pienso que la cultura es el complejo proceso de encontrar equilibrio entre el lenguaje privado y el comunal. Los lenguajes colectivos son territorios recorridos, en tanto que los lenguajes individuales ejecutan las funciones de los senderos privados. Los lenguajes colectivos son acordados bajo formas de comunicación que han sido adaptadas por la sociedad para ser lo más compresibles por el rango más vasto de los miembros de la sociedad; sobre todo, están para transmitir el contenido que permite la construcción de una descripción similar e idéntica de la realidad. En una realidad compartida en común, las palabras se referirán a fenómenos y cosas concretas, ya sean existentes o ideales. Aún más, el lenguaje común y la descripción de la realidad se refuerzan entre sí. La paradoja es que en esta situación de codependencia entre el lenguaje colectivo y la concepción de la realidad, una gradualmente comienza a sentirse atrapada, ya que el lenguaje incentiva a la realidad, y la realidad al lenguaje. Los mejores ejemplos de esto se hallan en los cerrados gobiernos totalitarios donde los medios, en poder de las autoridades, publican una realidad bien conocida y predecible que solamente es expresada en los términos más apropiados. En tal escenario, el lenguaje colectivo sirve para mantener una visión política determinada y se usa consciente y cínicamente como propaganda. Pronto, la comunicación se estanca; luego, se vuelve imposible. Llega a ser un acto de valentía el evocar una palabra o una idea ajena a dicho sistema, o pronunciar en voz alta una verdad que es aparente, pero que no es aceptada por el sistema. Entre los adherentes al sistema, el lenguaje colectivo gradualmente llega a ser tan obvio que es usado con mayor reflexividad, las palabras van perdiendo su significado, el contexto se convierte en algo demasiado trillado en su evocación. Este tipo de lenguaje se convierte en lo que en polaco se conoce como “rollopastoso” (Nota del Traductor: mawa-trawa en polaco, literalmente “habla-pasto”; hablar con palabras huecas o “puro bla bla blá”), queriendo decir que el lenguaje simplemente está ahí, sin comunicar nada en particular, pudiendo ser sólo un ritual, un eslogan gritado. Ideas sin contorno, apropiadas nada más para los salmos. Lo peor en el proceso de la creación de tales lenguajes colectivos marcados políticamente, es que las palabras son robadas… Un ejemplo de mi propio país hoy es “nación”. Sucede que, despojada de su contexto histórico y un poco desempolvada, sirve perfectamente a la construcción del nuevo orden mundial. Llega a ser tan completamente apropiada, que incluso aquellos quienes hablan otro idioma colectivo no la pueden usar ahora, debido a que por el peso de las nuevas connotaciones, se ha convertido en un peligro. Por supuesto, algún lenguaje colectivo tiene que existir de manera que nosotros podamos comunicarnos mutuamente en una realidad que constantemente negociamos. Debe haber una dimensión de acuerdo general y del populacho, y a menudo las frases más simples y los idiomas dan un sentido del orden y hacen que el mundo común se sienta completo. La batalla sobre la imposición de un lenguaje común en la actualidad se libra no sólo en los parlamentos y en las estaciones de televisión, sino también en las universidades. Allá, las tendencias intelectuales llegan por oleajes que  acarrean consigo sus propios lenguajes compartidos. La implementación de un lenguaje así puede tardar pocos años, pero una vez aceptado sirve no sólo para trazar un retrato del mundo, sino también para crear sociedades selectas y nuevas de las cuales algunos llegarán a formar parte, y de las cuales otros quedarán excluidos. Cada generación tiene estos tipos de lenguajes para describir el mundo, y en estos días podrá surgir alguno nuevo así como por cada década. Al mismo tiempo, dicho tipo de lenguaje podría permanecer ajeno sin percatarse de su efimeridad y de sus limitaciones, en tanto que articula sólo aquello que se localiza en sus estrechos límites. No hay ninguna calamidad peor que la pérdida del lenguaje privado de una persona, reemplazado por el de la comunidad. Políticos, oficiales, académicos y sacerdotes, todos pueden contagiarse. Y la única forma de terapia posible para esta calamidad es la literatura: entrar en contacto con los lenguajes privados de los artistas permite al lector fortalecer su resistencia hacia una visión instrumentalizada del mundo. Este es un argumento válido para la lectura de la literatura (igual de los clásicos), ya que la literatura demuestra que los lenguajes colectivos alguna vez funcionaron de manera diferente, y por añadidura, surgieron otras visiones del mundo. Es precisamente debido a esto que la lectura es valiosa, para observar aquellas otras visiones y para confirmar que nuestro mundo es sólo uno de muchos mundos posibles y que seguramente no estamos confinados a él eternamente. La responsabilidad de un traductor es la misma que la del escritor. Ambos se yerguen como guardianes activos de uno de los fenómenos más importantes de la civilización humana: la posibilidad de transmitir la experiencia individual más íntima para los demás, y de convertir en comunal aquella experiencia en el acto asombroso de la creación cultural. (Copyright © 2019 by Olga Tokarczuk)

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