Una doliente fama postmortem

Cartón de Gallut

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- En textos recientes hemos abordado el inagotable tema del plagio en materia musical (Proceso 2226 y 2234) y para esta entrega nos complace desvelar otro que tampoco pasó a mayores, pero que es un elemento constitutivo de una de las historias más tristes en los anales de la música culta. Ciertamente la historia merece ser contada, pues tras ella se cela la ubicua miopía y mezquindad del inefable ser humano.

Empecemos, pues, con el plagiado ‒quien también resultaría un vil imitador‒ cuyo nombre será desconocido para la mayoría. Hablamos del español Sebastián de Yradier. Tal sujeto vio la luz en Lanciego, un poblado minúsculo y ramplón del País Vasco español en 1809 y decedió en Vitoria, también en el País Vasco, en 1865. Sobre la valía del personaje no nos detendremos demasiado, asentando únicamente que fue un músico de dudosa fama en su tiempo, que inclusive les resulto indigesto a sus propios compatriotas. El respetado compositor y musicólogo hispano Francisco Asenjo Barbieri se expresó de él en estos términos: “Ya muerto antes de irse a la tumba, Yradier fue autor, plagiario y editor de supuestas canciones españolas que cantaba (dicen) con gracia. Fue un hombre de gran historia pero de poca vergüenza.” Y otro colega distinguido apuntó: “Más oportunista que compositor, Yradier hizo de la miseria artística su bastión de gloria y su pedestal de sobrevivencia”.

Como dato curioso, el denostado músico pero hábil amante ‒se coló, por ejemplo, hasta la alcoba de Eugenia de Montijo, la Emperatriz de Francia, merced a su puesto de preceptor musical‒ realizó una gira por Hispanoamérica en 1857, visitando Cuba y nuestro país sin dejar ningún rastro que valga destacar. Vino como acompañante de una cantante ‒la contralto italiana Marietta Alboni‒, a quien se dice que engatusaba con piezas líricas que fingía componer nomás para ella. Lo que nos incumbe es que se cree que en esa gira, y seguramente después de su paso por Cuba, compuso una habanera llamada El arreglito que, tres lustros después, sería copiada sin recato por Georges Bizet (1838-1875) en su celebérrima ópera Carmen (una de las más representadas en la actualidad, no obstante su candente relación con el feminicidio). Se trata, precisamente, del aria L´amour est un oiseau rebelle (El amor es un pájaro rebelde) mejor conocida como la “habanera de Carmen”[1] (la letra original en español es distinta y no vale la pena hablar de sus méritos poéticos, puesto que no los tiene).

Ahora bien, el plagio perpetrado por Bizet puede exculparse por las angustias que atravesaba a la hora de componer su ópera postrera, no porque le faltara talento ni vena melódica. De hecho, cuando se descubrió el entuerto, Bizet se disculpó argumentando que él había creído que la melodía de Yradier era una tonada popular española de autor anónimo. Pero todo esto no es lo relevante, sino lo que vive el pobre Bizet cuando se dispone a escribir su ópera. Como ya dijimos, es uno de los relatos más llenos de desdicha que puedan hallarse en la historia de la música de Occidente.

Si pensamos que en México somos campeones en el desprecio por lo autóctono, puede servirnos de consuelo saber que los franceses son tan “malinchistas” como nosotros y que, ya hablando de lo que nos compete, han ejercido el desdén por sus músicos aún con más ferocidad. ¡Y vaya que eso es mucho decir! También ellos han enterrado en el olvido a centenares de compositores oriundos y los que ahora son alabados mundialmente, en su era padecieron lo indecible, alcanzando el reconocimiento casi siempre después de muertos. Así como nosotros exclamamos ¡Viva México! cuando se nos hiende el alma más de lo habitual, una miríada de músicos galos ‒con Maurice Ravel a la cabeza‒ han proferido lastimeramente ¡Vive La France!…

¿Qué podemos decir sobre Bizet que nos dé luces sobre su valía como magister musicæ? Anotemos lo fundamental. Nace en París en 1838, en el seno de una familia volcada de lleno a la música. Su madre, una célebre pianista, cantante y compositora, es la responsable de ponerle las manos en el teclado. Su padre había sido peluquero y fabricante de pelucas antes de dedicarse a dar clases de canto a aficionados. Ya desde niño,​ Georges muestra grandes aptitudes, captando rápidamente las nociones básicas sobre notación musical y los rudimentos de la armonía.​ Escuchando a través de la puerta de la sala donde su padre daba lecciones, aprende a cantar de memoria piezas difíciles y desarrolla una rara habilidad para identificar complejas estructuras sonoras. Esta precocidad convence a sus genitores para inscribirlo en el Conservatorio de París aún sin contar con la edad mínima requerida. Por la brillantez de su examen se hace una excepción y Georges queda matriculado a los nueve años. Es de suponer que su paso por el conservatorio es fulgurante, ya que gana todos los premios disponibles y el beneplácito de sus maestros. Contando apenas con doce años compone su primera sinfonía[2] y de ahí siguen una serie de obras que evidencian su genialidad. Lamentablemente, en su tiempo no son valoradas por la sociedad francesa y han de transcurrir muchas décadas para que sean tomadas en serio (muchas se extravían).

Cuando obtiene el Prix de Rome ‒el más alto galardón al que pueden aspirar los compositores franceses‒ se traslada a la capital italiana donde tendría que haber residido 5 años dedicado íntegramente a componer. Y, por supuesto, supone ingenuamente que al regreso a su patria podía aspirar a vivir de sus composiciones. Mas nada de eso sucede. Su madre cae enferma obligándolo a acortar su estancia romana, y ya en París tiene que emplearse como pianista repetidor, saltuario crítico musical y arreglista de música de terceros. En cuanto a su vida afectiva, hemos de decir que, igualmente, fue áspera dado el rechazo de la familia política, por considerarlo  “un don nadie pobre, antirreligioso, de izquierdas y bohemio” y por la precaria salud mental de su consorte.

Pese a todo, el empeñoso Bizet trabaja con denuedo para granjearse en esos años de madurez artística una oportunidad que nunca llega. Se inventa infinidad de proyectos teatrales ‒entre ellos seis nuevas óperas‒ que a ningún empresario le llaman la atención. Y eso no es lo peor, sino que cuando se abre una espiral de luz para que un teatro se interese por una de sus partituras, estalla la guerra Franco-Prusiana (1870-1871), derrumbándose cualquier esperanza. Así, Bizet tiene que unirse a la Guardia Nacional y debe empuñar, contra su voluntad, las armas.

Restaurada la calma después de la caída de Napoleón III y establecida la Tercera República Francesa, los teatros reabren sus puertas y para Bizet surge una nueva oportunidad que, ¡Hélas!, tampoco lo es: dirigir el coro de la Opera Nacional, un cargo que ostenta sólo por un mes, para ser sustituido sin explicaciones de por medio.

Por fin, a mediados de 1873 se enfrasca en la musicalización de la novela Carmen de Prosper Mérimeé, por sugerencia del teatro de ópera cómica de Paris. El primer problema es que el codirector su opone desde un inicio aduciendo que la trama es inmoral y que no embona con la programación “sana y edificante” del teatro. Hay innumerables estiras y aflojas durante la gestación, hasta que el mentado codirector renuncia, pero no sin antes envenenar a melómanos y asiduos del teatro declarando que la ópera es una afrenta para la sociedad. Cuando los ensayos comienzan en octubre de 1874, la orquesta tiene dificultades de lectura y​ el coro declara que algunas partes vocales son imposibles, amén de estar consternado por tener que fumar y pelearse en el escenario. Bizet también ha de luchar contra ulteriores intentos de los directivos de la Opéra-Comique de modificar el libreto por seguir considerándolo impropio.

Llegado el día del estreno, con la amargura y el miedo a flor de piel de su autor, la recepción es glacial y los críticos arremeten sin piedad. En las notas de prensa se lee: “Bizet plagia; usa aires españoles y no queda nada que sea suyo salvo la salsa que enmascara el sabor del pescado”, “Una verdadera encarnación del vicio”, “Música opaca y oscura”, “Carencia absoluta de melodía”, etcétera. Con el previsible resultado de que en las últimas funciones se regalan boletos que a nadie interesan. Entonces Bizet, con apenas 36 años de edad, sufre un ataque al corazón y cierra los ojos dando por hecho que su Carmen es un rotundo fracaso. Pide también que la partitura sea sepultada con él…

[1] Se aconseja su escucha. Disponible pulsando el código QR adjunto o accediendo a la página: proceso.com.mx (www.youtube.com/watch?v=0se64AQWy0w)

[2] Se recomienda la escucha de su primer movimiento. Encuéntrelo pulsando el código QR o en la página: proceso.com.mx. (https://youtu.be/n8H8ng6djyw)

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