La era de la ira

Joaquin Phoenex protagoniza Joker. Foto: www.jokermovie.net Joaquin Phoenex protagoniza Joker. Foto: www.jokermovie.net

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- El mundo se está volviendo loco. Esto es, al menos, lo que percibe una buena parte de mi generación, la que creció sin internet y se encontró con las redes sociales ya entrada en la adultez. A nosotros se nos enseñó que la razón debe embridar a la pasión y guiar las principales decisiones de la sociedad políticamente organizada. Aprendimos que las emociones juegan un papel importante en la vida personal, pero que nunca deben desplazar al raciocinio en el terreno político. Nuestra concepción de la cosa pública se desarrolló antes de que el prefijo “post” se posicionara a empellones frente a palabras axiales como verdad, democracia y liderazgo. A nadie debe sorprender, pues, que nos gane la perplejidad.

Hace falta una reflexión retrospectiva. Ya nadie cuestiona que la corrupción atrofió los mecanismos de representación, desacreditó el discurso racional y, de hecho, desprestigió por completo la ortodoxia democrática. Algunos dudan del agregado que hacemos los socialdemócratas en el sentido de que la indignación se incubó en el aumento de la desigualdad de sociedades globalizadas a las que la democratización del conocimiento ha vuelto más exigentes. Y pocos se atreven a sugerir que los excesos de la corrección política y de la globalización erosionaron el triunfo cultural del derecho a la diferencia y trajeron una resaca de xenofobia y racismo. Pero ni validando todos esos argumentos alcanzamos a explicar lo que estamos presenciando. ¿Donald Trump llegó al poder porque la gente está harta de los corruptos y detesta a los ricos? ¿Jair Bolsonaro es producto de una mayor exigencia? ¿El Brexit fue resultado del rechazo a la inmigración?

Evidentemente hay algo más profundo, quizá escondido tras uno de los movimientos pendulares de la humanidad. Veamos. Hace casi dos siglos Augusto Comte empezó a escribir su Curso de filosofía positiva. Plasmó en esa obra su teoría de los tres estados de la evolución humana, el teológico, el metafísico y el científico o positivo, y de paso fundó la sociología. Su pensamiento tuvo una enorme influencia en el mundo, empezando por América Latina. En México fue uno de sus discípulos, Gabino Barreda, el elegido por Benito Juárez para edificar el proyecto educativo nacional que habría de arraigarse durante el Porfiriato; en esta fuente abrevaron sus principales intelectuales orgánicos, con otro educador –Justo Sierra– a la cabeza de un conspicuo etcétera. Y en Brasil el positivismo llegó aún más lejos: construyó templos y legó al país su lema, “orden y progreso”.

La tesis de que una sociedad civilizada solo acepta lo que se demuestra con evidencia empírica sentó sus reales en las ciencias sociales. Aunque el cientificismo enfrentó críticas, como las que José Vasconcelos le hizo desde el Ateneo de la Juventud y con los libros de Henri Bergson en ristre, nada logró matizarlo. Se entronizó así, en Europa y en nuestra América, una suerte de dictadura del empirismo que desdeñó las intuiciones. Peor aún, gracias a los guardianes conscientes o inconscientes del santo sepulcro comtiano, la percepción de la religiosidad fue descartada por ficticia, la de la especulación se devaluó por abstracta y ambas fueron declaradas irreales en el ámbito sociopolítico. Cierto, los candidatos continuaron su búsqueda de las fibras sensibles de los electores, pero enfrentaron diques políticamente correctos de cara a la lucha por el poder. El dogma trascendió a su autor: Comte sistematizó ideas que el resto de la intelligentsia ratificó explícita o implícitamente, que trocaron en consenso social y que encarecieron el romanticismo a la Johann Herder.

A guisa de provocación aventuro una hipótesis intuitiva. La desmesura positivista debe sumarse a las ya mencionadas causas del ingreso de la sinrazón –hay quienes hablan de sinrazón populista, pero esto va más allá del populismo– al mainstream de las sociedades contemporáneas, porque ha provocado la reacción que llevó al péndulo del extremo empirista al de la superchería. Y es que, si bien fue asaz laudable el triunfo de la ciencia, la descalificación de la espiritualidad y de la abstracción constituyó a mi juicio un grave error, una rudeza innecesaria que motivó que el justificado repudio al establishment, que bien podría sustentarse en racionalidad e incluso en datos duros, se realice desde algo muy parecido al oscurantismo. Se trata, en el fondo, de la sublevación del círculo verde contra las directrices elitistas del círculo rojo.

Entre el enojo gregario y la violencia solo media un paso de obnubilación. No es, por cierto, un problema generacional, pues la exasperación se da en todos los grupos demográficos. Lo que debemos hacer los miembros de mi generación que porfiamos en invocar el tamiz de la razón es un mayor esfuerzo para discernir el origen de la locura e ir a la raíz de la crisis. Hay escenarios espeluznantes que podrían hacerse realidad en el futuro previsible. En la película Joker, que pese a deficiencias en su trama rompe récords de taquilla, podemos vislumbrar uno de ellos. Una mezcla de marginalidad, sed de venganza y sociopatía engendra un antihéroe aclamado por la multitud. Quien lo crea una exageración haría bien en observar con atención los estragos de la posverdad, la posdemocracia y el posliderazgo en Estados Unidos y en otros países. Vivimos tiempos indescifrados en que la revancha anárquica y una pulsión nihilista parecen pesar más que el afán de justicia social. Es en serio: urge detener la gestación de la era de la ira.

Este análisis se publicó el 20 de octubre de 2019 en la edición 2242 de la revista Proceso

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