Susana Cato: “Ellas. Las mujeres del 68”

Susana Cato (izquierda) en la presentación del libro testimonial "Ellas. Las mujeres de 68". Foto: Roberto Ponce

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Entre los tantos fenómenos sociales que sacudieron a México, y al resto del mundo durante la segunda mitad del siglo XX, uno de los más trascedentes por sus repercusiones a largo plazo fue, sin duda, el de los movimientos estudiantiles populares de 1968.

Por muchos y muy diversos puntos del planeta la explosión de rebeldía juvenil acabó por trastocar el orden establecido, que nunca volvió a ser el mismo. A más de 50 años de distancia se pueden valorar sus logros políticos, sociales y culturales. Para el Movimiento Estudiantil de 1968, la participación de las mujeres fue crucial.

En el libro de Ediciones Proceso Ellas. Las mujeres del 68, Susana Cato reúne (a lo largo de 278 páginas ilustradas y prólogo de Elena Poniatowska) una serie de entrevistas con testigos, protagonistas o participantes involuntarias, quienes desde la militancia, la prisión, el arte callejero o la simple vida cotidiana nos transmitió la huella que dejó en ellas una de las mayores tragedias sociopolíticas del México contemporáneo.

La Cato nació en el D.F. en mayo de 1960. De 1979 al año 2000 trabajó en la revista Proceso, como reportera y crítica de cine. En el 2000 fue Directora de Cultura de la delegación Coyoacán, bajo el gobierno de la actriz María Rojo. Años después creó y dirigió el Teatro Blanquito, foro que recorría las calles de la Ciudad de México, con los mismos espectáculos que se presentaban en Bellas Artes.

Para cine, Susana Cato escribió, con Gabriel García Márquez, El espejo de dos lunas (1969), dirigida por Carlos García Agraz. Ha escrito también programas para la radio indígena, de televisión, multimedia, cuentos y teatro, donde destaca la obra El manicomio de afuera (2016) dirigida por Noé Lynn.

Introducción

No se olvida. No sólo ese 2 de octubre que bañó de nuevo en sangre la antigua Plaza de Tlatelolco, donde en 1521 los invasores españoles dieron la estocada final al Imperio Azteca para después construir su nuevo templo, día que, según Bernal Díaz del Castillo, “…fue tan sangriento que era imposible caminar por el lugar debido a la cantidad de cadáveres apilados”.

No sólo la marcha silenciosa encabezada por un rector que sí estaba al frente de la honrosa Universidad Nacional Autónoma de México. No sólo las brigadas de jóvenes de preparatorias, politécnicos y universitarios que se unían en ese momento al fervor mundial por el contrapeso al poder absoluto, por la libertad imaginativa, por la protesta, por la playa bajo el cemento, por la minifalda. No sólo las familias enteras que participaron con entrega y las que perdieron a un ser amado en esa plaza de los sacrificios. No sólo los estudiantes, hombres y mujeres jóvenes, idealistas, despistados o no, lúcidos o no, reprimidos con una saña inaudita por las fuerzas del gobierno de Gustavo Díaz Ordaz. No sólo el ejército ocupando las calles y el territorio sagrado de la UNAM. No sólo las huelgas, las marchas, la fabricación entregada de volantes, la difícil repartición de los mismos. No sólo los brazos al cielo con la “V” de la Victoria. No sólo las cartas de amor, la poesía desolada después de la matanza, las puertas sigilosas que se abrieron a los estudiantes, profesores, niños, mujeres y ancianos, perseguidos o heridos. No sólo las cárceles llenas o los jóvenes desnudos, sangrando. No sólo las amenazantes llamadas anónimas o los tanques que ensuciaron con sus ruedas de oruga el Zócalo. No sólo los cantos bravíos de Judith Reyes o las desoladas canciones de León Chávez Teixeiro. No sólo las mantas que rezaban: “Mamá, nos vemos en la Procu” y “Prohibido prohibir”. No sólo las consignas repetidas como mantra: “Chango Díaz Ordaz, Chango Díaz Ordaz…” No sólo los pequeños “judas” de papel maché con el rostro de los más represivos jefes policíacos.

No sólo la prensa silenciada. Obediente. No sólo sus dignas excepciones. No sólo los cronistas rebeldes, como José Alvarado y Carlos Monsiváis. No sólo la revista Siempre! y la revista Por qué. O el cartón enlutado con tinta negra de Abel Quezada el 3 de octubre en la portada del Excélsior de Julio Scherer. No sólo los libros que nadie podrá quemar nunca, como Los días y los años, del líder estudiantil Luis González de Alba o La Noche de Tlatelolco, de Elena Poniatowska.

No sólo la reportera italiana herida Oriana Fallaci, cuya frase sobre ese episodio, “una cosa terrible e increíble”, dio la vuelta al mundo. No sólo la CIA, bien informada desde México, torturando estudiantes en México. No sólo los grabados con y sin firma. No sólo el nombre del traidor, Sócrates Campos Lemus.

No sólo los entre cinco y quince mil asistentes a Tlatelolco y sus muertos (al día siguiente la prensa publicó que una treintena, los testigos presentes hablan de cientos, quizá más). No sólo quien recuerda “todos tirados al piso, en la eternidad”.

También los fantasmas, como el del maestro Carlos Beltrán Maciel, uno de sus líderes, detenido y preso a los 27 años por negarse a denunciar a sus compañeros. Al salir de la cárcel, tres décadas después, su esposa y su hijo habían fallecido, y el profesor se quedó hasta su muerte en los escalones de la Plaza, contando a quien se sentara con él toda la historia, así, como no hay que olvidarla:

“Aquí era el infierno.”

Y:

“¿Saben qué pedíamos? Uno, indemnización para los familiares de los compañeros caídos (al inicio del movimiento). Dos, libertad a los compañeros presos. Tres, derogación del artículo 145 y 145 bis, que hablaban de disolución social. La destitución del jefe de policía, la desaparición del cuerpo de granaderos y el desalojo militar de los planteles educativos. ¡Por eso nos mataron, por eso nos matajaron!”

Y desaparecer las huellas. Para el gobierno mexicano (no hay que olvidar tampoco a Luis Echeverría Álvarez, entonces secretario de Gobernación), provocar la matanza con misteriosos enviados de guante blanco en la mano izquierda, el Batallón Olimpia, de triste fama; y después lavar la plaza con mangueras de presión, podía borrar los muertos, los detenidos, los desaparecidos, los heridos y sacados del hospital, los vejados, los torturados. La culpa.

Faltaban 10 días para las XIX Olimpíadas que hoy pocos recuerdan.

Lo que no se olvida es a los oradores estudiantiles desde el tercer piso del edificio Chihuahua. La primera luz de bengala. Las dos bengalas más lanzadas desde un helicóptero. Los disparos desde el balcón de ese mismo piso. Los soldados desconcertados que disparan a los francotiradores desconocidos mientras la gente corre, grita, huye.

No se olvida que la Iglesia de Santiago Tlatelolco cerró sus puertas esa tarde. Que la ropa y los cadáveres, sobre todo de jóvenes, colmaron su entrada. No se olvida la lluvia, los niños, los zapatos a los que un periodista describió como “mudos testigos de la desaparición de sus dueños”. Los cristales de los departamentos hechos añicos. No se olvidan madres tratando de salvar a sus niños de la balacera. Madres y padres revisando los cadáveres, temblando, en busca de sus hijos. Madres gritando desde un taxi: “¡Están masacrando gente!”, ante el indiferente y entonces transparente aire urbano. No se olvidan las ametralladoras.

Tampoco que los soldados levantan los cuerpos, llevan a los detenidos a distintas cárceles y ocupan Tlatelolco hasta el día 9. No se olvida la manta que propone otro Himno: “Una cárcel para cada hijo te dio”.

No puede perderse lo que nos recuerdan historiadores como Lucio Rangel: que la lucha estudiantil no empezó en ese 1968, que Lázaro Cárdenas fundó el Politécnico para los trabajadores de las fábricas, y que los estudiantes tuvieron que defenderse y sufrir cuando el alemanismo quiso imponer un modelo educativo acorde con el tecnócrata estadunidense y bajó sin piedad el presupuesto a la educación popular. Tiempos donde, entre otros episodios que no deben olvidarse, Adolfo Ruiz Cortines ordenó la ocupación militar del IPN en 1956, durante dos años, y la clausura de su internado, lo que dejó sin posibilidad de continuar sus estudios (por el apoyo que ahí recibían de hospedaje y comida) a un gran contingente de estudiantes de provincia. Acto que provocó la movilización solidaria de cerca de cien mil jóvenes de las Normales Rurales, Escuelas Prácticas de Agricultura, Tecnológicos Regionales y Universidades de provincia. Por ejemplo.

La lucha sigue hasta 1968, cuando suceden muchas cosas más que no se olvidan. Algunas fueron guardadas para siempre por bravos cineastas independientes, como Leobardo López Arretche con la película El Grito. Y otras en ese invento magnífico que apresa la imagen en un tiempo y no la deja volar con la historia: la cámara fotográfica.

Los y las fotógrafos de prensa o de calle sufrieron entonces salvando esas imágenes de la censura, de la destrucción. Si corrían la suerte de publicarlas, debían ir sin firma. No era sólo salvar esos valiosos testimonios, era salvarse a sí mismos. A sí mismas.

Pretendían que todo se olvidara. Como en el poema Memorial de Tlatelolco, de Rosario Castellanos: “¿Quién? ¿Quiénes? Nadie. Al día siguiente, nadie”.

Y en esa ausencia han estado las mujeres. Poco se sabe de su presencia intensa en el 68. Ellas ejercieron ese derecho en tiempos en los que había que competir con algo más que con pasión en una lucha que se sentía destinada sólo a los hombres, a pesar de que los mariachis nos criaron a todos cantando y recordando a las Adelitas de nuestra Revolución.

Este libro es un invaluable testimonio. Son entrevistas con un abanico de mujeres que vivieron en carne propia o ajena ese brutal episodio, hace 50 años. Ellas lo cuentan y recuerdan con una claridad política y una profundidad quizá de género, sorprendente, que entreteje la ternura con la valentía, la lucha con el amor, el teatro con la inclemencia, el fervor revolucionario con la tragedia.

Están Elisa Ramírez, antropóloga y poeta, cuya arma más terrible es su sabio humor negro. Rina Lazo, pintora guatemalteca, alumna y colega de Diego Rivera, que cayó en la Cárcel de Mujeres. La gran actriz María Rojo, que actuaba a sus veintitantos, salvada por un soldado mientras su novio era detenido por su barba falsa de actor. Las gemelas psicoanalistas Beatriz y Arcelia Ramírez, que tomadas de la mano se refugiaron en el departamento de una madre soltera. La antropóloga Liliana García, biógrafa de Judith Reyes, a la que podemos escuchar aún en sus cantos y corridos rebeldes, y en su disco especial, dedicado a Tlatelolco. Eufrosina Rodríguez, maestra normalista, presente en el movimiento, cuya madre, también rebelde, paseaba a su nieto mientras repartía los folletos cargados en la carreola. Claudia Calderón, que distribuía propaganda a los 7 años, con su hermanita de 5.

La médica epidemióloga Margarita Castillejos, que quedó en una relativa orfandad con sus dos hermanos cuando sus padres, al enterarse de que el ejército estaba entrando a la UNAM, fueron a buscarla y acabaron detenidos durante años.

Están en inagotables cajoneras preservadas por la fotógrafa María García, las clásicas imágenes de su esposo, el reconocido Héctor García, y las suyas propias, que hoy son historia.

Está la niñez rasgada con los gritos oscuros de esa noche, grabados para siempre en el recuerdo de Marta Arias Carrera, atrincherada a los cinco años con su familia en un baño minúsculo en su departamento de Tlatelolco, donde hoy tiene una Estética justo frente a las escaleras de la Plaza. Patricia de los Ríos, que a los 15 años iba con su madre y su hermana a Tlatelolco y terminó casada con uno de los líderes.

No podía faltar Ana Ignacia Rodríguez (La Nacha), quien con Roberta Avendaño (La Tita), ya fallecida, fueron mujeres reconocidas como cabezas del movimiento, con sus respectivos dos años en prisión. Tampoco la locura rebelde de la poeta uruguaya Alcira Soust, 12 días encerrada en los baños de Filosofía de la UNAM cuando entró el ejército, y que fue hallada, casi sin vida, por el también poeta Rubén Bonifaz Nuño.

También está en estas páginas la sublime compositora de jazz Olivia Revueltas, hija de José Revueltas.

Herlinda Sánchez Laurel, pintora y líder de la Esmeralda, memorable escuela que dejó claro, en ese 1968, con grabados, grafitis, litografías y mantas, que el arte, como la poesía, “es un arma cargada de futuro”.  Mariángeles Comesaña, que en sus poemas describe los detalles invisibles de esta historia. Antonia Candela, quien demuestra que nada ni nadie pudo contener el espíritu rebelde.

Están hoy aquí Ellas, medio siglo después de 1968. Memorias femeninas que recogen ese pasado que se niega a reposar. Que parece invadir el presente. Sin clemencia. Sin sosiego.

Y está, por supuesto, la ya clásica voz de Elena Poniatowska.

No se olvida. Este coro lo hace sonar con una música única que tiene como “encore” a Ismael Colmenares, Maylo, luchador y músico de Los Nakos, cantándoles a ellas, Las aves nocturnas.

No se olvida. Las voces y las fotografías lo demuestran en cualquier tribunal celeste o mundano. Medio siglo después, esa lucha juvenil que fue aplastada por un vergonzoso y negro episodio de la historia nacional, no se olvida. “En muchos países del mundo hubo movimientos estudiantiles, el único que terminó con una masacre fue el mexicano”, sostuvo Octavio Paz en esos años, en su renuncia como embajador en la India.

Ellas no lo olvidan.

Nosotros tampoco.

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