Neoliberalismo en crisis

Manifestación indígena contra el presidente de Ecuador, Lenín Moreno. Foto: AP / Carlos Noriega Manifestación indígena contra el presidente de Ecuador, Lenín Moreno. Foto: AP / Carlos Noriega

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Los levantamientos populares en Chile y Ecuador confirman una vez más que el (neo)liberalismo capitalista realmente existente tendrá un destino similar al (neo)comunismo burocrático del viejo bloque soviético. Así como la movilización ciudadana derrocó al autoritarismo de Estado en Europa del Este a finales del siglo pasado, hoy una nueva ola de participación social está a punto de derribar los muros de exclusión y desigualdad consustanciales con la farsa “democrática” de occidente.

Pero el proceso destituyente actual será mucho más fértil que el de hace 30 años.

La caída del Muro de Berlín en 1989 significó el fin de una utopía profundamente humanista. Implicó el supuesto “fracaso” de un modelo de transformación social basado en la igualdad y el poder popular. Y la “sociedad civil” que derrocó al autoritarismo y cerrazón del viejo régimen soviético se lanzó inmediatamente a los brazos de un sistema neoliberal aún más elitista y excluyente.

Así que desde el principio, aquella victoria ciudadana tenía un sabor profundamente amargo, antiutópico y derrotista. Fue el perfecto caldo de cultivo para que teóricos como Francis Fukuyama celebraran un supuesto “fin de la historia”, en el que las ideologías y las luchas sociales ya no existirían y la humanidad se entregaría al ultrapragmatismo tecnocrático del neoliberalismo realmente existente.

Pero el proceso actual de levantamiento popular contra el neoliberalismo en América Latina tiene una valencia opuesta. Mientras la caída del Muro de Berlín dio pie a un proceso destructivo de despolitización ciudadana y vaciamiento institucional, la actual lucha contra el Muro de Trump –y sus alfiles en América Latina como Sebastián Piñera, Mauricio Macri, Lenín Moreno y Jair Bolsonaro– abre el horizonte para la construcción de nuevos senderos hacia la justicia y la paz.

Retomando el análisis de Sergio Zermeño, podemos decir que la nueva sociedad movilizada cuenta con una “densidad” mucho más profunda y compleja que la “sociedad civil” de antaño. Los nuevos activistas no buscan simplemente cambiar de rieles, y mucho menos retornar al pasado, sino abrazar el futuro.

La reacción del secretario general de la OEA, Luis Almagro, a las movilizaciones de Chile y Ecuador constituye un elocuente botón de muestra de cómo los (neo)liberales simplemente no entienden que no entienden lo que realmente está pasando en la región, y el mundo.

En un comunicado emitido el pasado 16 de octubre (véase: https://bit.ly/2WbIlbg), Almagro recurre de manera burda al discurso trasnochado de la Guerra Fría al señalar que “las actuales corrientes de desestabilización de los sistemas políticos del continente tienen su origen en la estrategia de las dictaduras bolivariana y cubana, que buscan nuevamente reposicionarse”. Específicamente, el jefe de la OEA afirma que “la crisis en Ecuador es una expresión de las distorsiones que las dictaduras venezolana y cubana han instalado en los sistemas políticos del continente” y acusa, sin absolutamente ninguna evidencia, una “estrategia de desestabilización de la democracia a través del financiamiento de movimientos políticos y sociales”.

En lugar de intentar comprender lo que está pasando estructuralmente desde una perspectiva histórica y social, Almagro demuestra una increíble flojera mental al simplemente señalar a “los malos” de siempre como los supuestos responsables, como si se tratara de una película de Hollywood.

Las declaraciones del presidente de Chile, Sebastián Piñera, el pasado domingo 20 de octubre, también evidencian el delirio en que han caído los supuestos “defensores de la democracia” en la región.

“Estamos en guerra contra un enemigo poderoso e implacable que no respeta a nada ni a nadie… Estamos muy conscientes de que los autores de los disturbios tienen un grado de organización, de logística propia de una organización criminal”, afirmó el presidente, rodeado por altos mandos militares, en respuesta a las movilizaciones populares en defensa de la economía popular.

Pero la ceguera del viejo establishment es, al final de cuentas, una enorme ventaja para las fuerzas ciudadanas. Mientras ellos siguen luchando contra los mismos molinos de viento, las nuevas fuerzas progresistas encuentran la cancha abierta para innovar, experimentar y construir nuevas utopías y prácticas transformadoras.

En este contexto, el México de Andrés Manuel López Obrador se encuentra en una posición privilegiada. Si el intento de fraude electoral hubiera sido exitoso en 2018, y Ricardo Anaya, José Antonio Meade o Jaime Rodríguez hoy ocuparan Palacio Nacional, México sin duda estaría inmerso en un proceso de inestabilidad política y movilización social similar a lo que está ocurriendo en Chile y Ecuador.

Habría que valorar la enorme legitimidad con la que cuenta nuestro presidente de la República así como la estabilidad del sistema político. Saquemos provecho de las excepcionales circunstancias actuales para sembrar la mayor cantidad posible de árboles fuertes, frondosos, fértiles y duraderos con el fin de garantizar una histórica cosecha de frutas y flores de justicia y paz durante las próximas décadas.

www.johnackerman.mx

Este análisis se publicó el 27 de octubre de 2019 en la edición 2243 de la revista Proceso

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