La 4T, Grito de Munch y barbarie criminal 

El Presidente Andrés Manuel López Obrador y su gabinete de seguridad. Foto: Miguel Dimayuga

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Este es un alegato. La banalidad del mal, del crimen, de las masacres, predomina en una patria a la deriva. Abundan: insensibilidad, conformismo, indiferencia, irreflexión, frivolidad, ineptitud, mezquindad. Y de pronto, luego de Culiacán, unos zarpazos de hiena que desgarran cuerpos y almas: la tragedia de los seis niños y tres mujeres de conocida familia, artera, brutal, bárbaramente asesinados en el norte del país. Para las personas de buena voluntad, días atónitos de luto, tristeza, coraje, estupor, recogimiento; ellas sienten un grito infinito como el sentido por el pintor Munch, atravesando la naturaleza toda en hora crepuscular.

¡Que ya no hable el odio! como dijera un día Albert Camus. Que ya no hablen la violencia, el rencor, la división, la soberbia, la terquedad. Que la nación entera, pueblo y gobierno, hagan un alto, una pausa en el camino para retomar luego el rumbo perdido. Que el gobierno deje de ser adversario del pensar crítico e independiente, de la filosofía que ahonda en los problemas en búsqueda de alternativas y verdades. Pensar crítico, baluarte de libertades y surtidor de esperanzas cuando ciudadanía y gobierno apuntan al bien común y se sacuden ambos vanidades y soberbias. Que la humildad y unión en lo esencial derroten a la insolencia, a la división estéril y antidemocrática.

Es tiempo ya de que gobierno y pueblo y sociedad interpreten bien los signos de este tiempo convulso. Signos de dolor de tanto inocente sacrificado, calcinado. Signos inequívocos de autoritarismo por otro lado. Señales que estrujan a las almas nobles, que exigen un alto para reimaginarnos a nosotros mismos y a la patria nuestra. De otra manera, se está a no dudarlo, en la antesala de una transición a un despotismo desilustrado.

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Esta vez Frido Kyan Aliotti, en el contexto de la convulsión nacional, sostiene un diálogo virtual con Molière, dramaturgo, genio francés de la ironía demoledora. El tema del diálogo se desliza sobre la habitual antinomia entre la persona y sus actos, entre palabras y hechos. Antinomia, contradicción tan frecuente en política y en todo.

Frido: Poquelin, admirado y temido por tu punzocortante sarcasmo, te doy la bienvenida. Fuiste despiadado con tantas debilidades humanas: ignorancia, desmesura, fariseísmo, avaricia, insolencia…  Las combatiste con las armas blancas de tu ingenio. Obras las tuyas tan actuales como en tu tiempo ido. Espero no te moleste que te llame por tu apellido.

Poquelin: Aliotti, dime, ¿por qué me has hecho venir a tu país? Pues sabes que vivo en lejano sitio, feliz, hablándole de igual a igual a quien fuera Rey Sol, Luis XIV. Además, mi tiempo es oro, por lo que ruego te apures y vayas al grano. Y debes saber que he mudado de estrategia ahora que vivo en las alturas celestes y que intuyo la gravedad de la hora en tu país. Ya no me valgo de la burla para esgrimir la fuerza de mis argumentos.

Aliotti: Entendido, y voy al punto. Te invité a dialogar por tu inteligencia, tu pensar crítico, reformador de costumbres, alérgico a uniformidades de la opinión. Mira Poquelin, México vive tiempos inéditos, donde su gobierno paradójicamente, se percibe afín al cristianismo. Deseo conocer tu opinión y preguntarte para comenzar: ¿qué es ser cristiano?

Poquelin: Mejor te digo qué no es ser cristiano. No serlo es amar poder y mundo con desmesura y aferrarse a ellos como eterno destino. Es creerse el centro del universo y al serlo, tenerlo todo a disposición.  Es como dice Thomas Merton, exigir a los demás que crean lo que no se es. No ser cristiano es tener “sed insaciable de irrealidad”, y dividir para imperar en un típico cesarismo. No serlo es tratar al samaritano, al extraño con desprecio, como cosa que se vende a cambio de ventajas comerciales, arancelarias.

Aliotti: Entonces, a “contrario sensu”, ser cristiano es ser peregrino: estar en el mundo sin ser del mundo. Es conciliar, por medio de la amistad civil, los contrarios. Amistad civil de origen aristotélico, retomada después por el cristianismo como núcleo de una buena política que une en la pluralidad. Es saberse vulnerable frente a la grandeza del universo y la omnipotencia de Dios. Es acoger con afecto al otro, al refugiado y nunca considerarlo un medio, nunca una mercancía intercambiable como exige Tomás de Aquino y Kant. Es amar al enemigo, darlo todo sin exigir nada a cambio como Maximiliano Kolbe en un campo de concentración nazi, dando la vida por un prójimo.

Ahora bien, dime, ¿es correcto mezclar religión y política?

Poquelin: Mira Aliotti, a luz del maquiavelismo se recomienda esa mezcla. En la Roma antigua, por ejemplo, se dio el empleo pagano de la religión para fines de control político. Dice Maquiavelo que ese es el único uso racional de la religión. Utilizarla para fines políticos. Los viejos romanos “se aprovecharon siempre de la religión para promover guerras y apaciguar tumultos”. Y ahora con frecuencia se le sigue dando tal uso. De Lubac, un gran teólogo católico, le llama integrismo a ese uso. No hace mucho, los panistas de tu país la emplearon de tal modo, y en la actualidad sigue de moda tal usanza.

Aliotti: Increíble, la religión convertida en una especie de “aparato ortopédico” al servicio del poder, sin referencia a lo trascendente en realidad. ¡Vaya, vaya!

Poquelin: Así es Aliotti. La política maquiavélica para la que siempre el fin justifica los medios, está en “oposición estricta al cristianismo”. Así lo apunta Cassirer en el Mito del Estado. Mentir, usar de todo y a todos con tal de conservar el poder. La “virtú” política es esa: usar todos los medios, lícitos e ilícitos, para dicho fin.

Nada nuevo bajo el sol como dice el Eclesiastés. En el siglo XX, por cierto, Jacques Maritain mencionó algo muy cierto en relación con ese uso de la religión para fines políticos. Dijo él: nada es más fácil y común para los caudillos que “explotar en beneficio de la ilusión los buenos principios… Nada es más desastroso que los buenos principios mal aplicados”.

Aliotti: Ahora comprendo bien y te planteo estas preguntas: ¿es realmente afín al cristianismo genuino perseguir refugiados que huyen de la muerte a manos de la violencia o el hambre? ¿Es realmente cristiano dividir un país en buenos y malos a rajatabla, sin matices ni distingos? ¿Es cristiano denostar la crítica fundada en hechos, y al que la lanza, exhibirlo indefenso para escarnio público?

¿Es cristiano multiplicar los casos de prisión preventiva, de extinción de dominio en violación del derecho de presunción de inocencia fundado en la dignidad de la persona? ¿Es cristiano regatear presupuestos para fumigar a tiempo y evitar muertes provocadas por dengue, o para comprar medicinas para enfermos graves en hospitales públicos, contrariando el valor social de solidaridad?

¿Es conforme al verdadero cristianismo social inventar el hilo negro y acabar de tajo con el seguro popular, las guarderías infantiles, en lugar de corregir sus fallas? ¿Es cristiano que una secretaria de Estado tenga doble discurso, promueva el aborto de personas concebidas no nacidas y el uso masivo del cannabis, y al mismo tiempo se hable de rectitud política, no reelección, combate a las adicciones y respeto a la vida de niños inocentes?

¿Es cristiano que un senador morenista coloque en acto público, riéndose, sin respeto alguno, una emblemática peluca blanca sobre la cabeza de una figura de Niño Dios? ¿Qué clase de cristianismo es ese? ¿Uno novedoso, sin Cristo, uno blasfemo, vaciado de sentido trascendente? ¿Uno nominalista transformado en sonido político, hueco de sustancia, para seducir oídos de masas adoradoras de mitos?

¿Es cristiano dar a entender que se es algo parecido a Cristo? ¿Es cristiano legitimar e imponer la pedestre ideología de género y sus vertientes vulneradoras de la razón elemental, del derecho natural, baluarte éste de teología y filosofía católicas?

¿Es cristiano minar el principio social de subsidiariedad -que lo que puede hacer lo pequeño no lo absorba lo grande- propio de la democracia cristiana como la de Konrad Adenauer y Alcide De Gasperi? ¿Es cristiano trastocar el pluralismo de los órganos autónomos que limita el poder y evita su concentración autoritaria?

¿Es cristiano no rectificar cuando se yerra, cuando la evidencia del error es abrumadora como en el caso de la estrategia de seguridad experimentada fríamente a costa de miles de muertes? ¿Es válido experimentar pacientemente así?

Poquelin: Me gustaría ser irónico de nuevo y contestarte que sí lo es para evidenciar, aguijoneando la mente de la gente honrada, que no es cristiano en absoluto el proceder así. Ese cristianismo politizado es mera palabra vaciada de esencia. Se trata de una maniobra nihilista, de la subversión de valores y palabras.

Ahora me despido. Hago votos porque se dé una rectificación en tu patria atribulada. Ojalá que tu gobierno y tu país reconozcan con valentía sus errores. Ojalá que el gobierno después de tal reconocimiento, con osada humildad, convoque a todos sin distingos, en esta hora grave de la historia en trance de naufragios, de gritos infinitos, a un nuevo comienzo, a emprender la empresa común de reconstrucción, de salvación nacional. Si así lo hiciera, se cubriría de gloria, de reconocimiento por todos, ricos y pobres, clase media, sabios e ignorantes, conservadores y liberales, simpatizantes y adversarios. En suma, por México entero. 

Aliotti: Molière Poquelin, gracias de todo corazón. Fin del diálogo.

Dedico este texto a quien encabeza la 4T y a sus colaboradores, algunos de ellos, estimados compañeros de luchas pasadas, con respeto a sus personas e investiduras, con ánimo de crítica franca y fraterna, esperanzada -aunque no ingenua- en la rectificación para bien de todos y cada uno de los mexicanos.

 

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