En Siria, un peligroso “triunfo” de Trump

Al-Baghdadi. Foto: Al-furgan media vía AP

La muerte del líder del llamado Estado Islámico, Abu Bakr al Baghdadi, el 27 de octubre, no es el fin de esa organización. Pese al triunfalismo del presidente estadunidense Donald Trump –quien en su afán de atribuirse el mérito desacreditó a los encargados de la misión–, las medidas que tomó desde antes de la operación dejaron el territorio sirio y a sus exaliados kurdos expuestos ante la probable reacción de las células reorganizadas del grupo terrorista, que de inmediato nombró a un sucesor.

Los indicios de que el presidente estadunidense Donald Trump cree que es él mismo –y no sus oficiales ni sus soldados en el terreno– quien realiza las acciones bélicas han alcanzado un nuevo nivel. Al describir los últimos momentos de vida de Abu Bakr al Baghdadi –el líder del Estado Islámico–, quien supuestamente trató de escapar por un sistema de túneles antes de ser acorralado al final de uno, Trump aseguró que el yihadista “murió cuando corría por un túnel sin salida, gimiendo y llorando y gritando todo el camino”, como “un perro”, como “un cobarde, corriendo y llorando”.

Trump no explicó por qué una persona que es perseguida en la oscuridad por una fuerza superior que inevitablemente la va a aniquilar, debería no correr o no llorar y gritar, ni cómo es que alguien capaz de terminar con su propia vida activando un chaleco explosivo es un cobarde. En todo caso, el presidente estadunidense no podría saber si Baghdadi gemía, lloraba o gritaba: la transmisión en directo que llegaba hasta la Casa Blanca casi en tiempo real no tenía audio, y es poco común que, desde atrás de un hombre que huye, sea posible ver sus lágrimas.

Sus subordinados no supieron explicar de dónde sacó su jefe esa versión: “No tengo esos detalles”, respondió Mark Esper, secretario de Defensa, “es probable que el presidente haya hablado con los comandantes en el campo”. “No sé cuál es la fuente”, admitió el jefe del Estado Mayor, general Mark Milley, “asumo que habló directamente con la unidad o con sus miembros”.

No es novedad, en todo caso. Dos semanas antes, para desacreditar al antecesor de Esper, el general James Mattis, Trump declaró: “Yo capturé a ISIS (antiguo nombre del EI). Mattis dijo que tardaríamos dos años. Yo lo capturé en un mes”.

Pero los analistas de Medio Oriente, Europa y Washington señalan que ni “ISIS” había sido capturado ni la muerte de Baghdadi equivale a la desaparición del EI, y son precisamente las decisiones de quien reclama el crédito para él, Trump, las que hacen más probable una reorganización de militantes para relanzar sus acciones bélicas y atentados.

Ante esta amenaza, advierten, Estados Unidos cuenta cada vez con menos medios para prevenirla o responder, de nuevo a causa de órdenes dadas por Trump.

Y para la Casa Blanca, como consecuencia de sus iniciativas, el escenario se ha vuelto más incontrolable e impredecible: ha traicionado y dejado arrinconar a sus principales aliados, los kurdos, y en la provincia de Idlib, en el occidente de Siria, y en las regiones kurdas del norte y noreste, donde el EI ha registrado actividad, quienes llevan la batuta ya no son tropas estadunidenses sino de Turquía, por un lado, y de Rusia y el gobierno sirio, sus supuestos enemigos, por el otro.

Pese a Trump

Desde que Trump se burló en 2015 de su entonces rival por la candidatura a la Presidencia y senador, y ahora difunto John McCain, debido a que fue prisionero en Vietnam –“es un héroe de guerra porque lo capturaron”– y a pesar de que el ahora presidente logró evadir el servicio militar en cinco ocasiones, quedó claro que las medallas en el pecho y las estrellas en la chatarrera significan poco para él, y con su elección fue claro que los generales tendrían que resignarse a aguantar desaires.

Aunque es común que los gobernantes tomen el crédito de sus oficiales, esta vez es de esas en que todos –menos el presidente– tienen claro que no es sólo que no fue él quien acorraló al enemigo, sino que sus tropas tuvieron éxito a pesar del mismo Trump, según declararon fuentes militares, de inteligencia y de contraterrorismo citadas por The New York Times y por el británico The Independent.

En primer lugar, porque la operación sólo fue posible gracias al espionaje realizado por los kurdos de las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS) que Trump acababa de traicionar, retirando a sus soldados para facilitar la invasión del ejército turco sobre las ciudades kurdas.

La inteligencia de las FDS reclutó a un asesor de seguridad de Al-Baghdadi que permitió localizar de manera precisa la ubicación del dirigente, elaboró mapas cuarto por cuarto de las construcciones donde se encontraba y llegó al extremo de robarle ropa interior sucia y conseguir una muestra de su sangre para permitir la extracción del ADN que después permitiría identificar sus restos, de acuerdo con el general Mazloum Abdi, el jefe de las Fuerzas Democráticas Sirias, que el presidente turco Recep Tayyip Erdogan exige sea extraditado por Estados Unidos.

Al anunciar la muerte de Al-Baghdadi, Trump agradeció a Erdogan “por no ser un problema” y a su par ruso, Vladimir Putin, por abrir el espacio aéreo por el que pasaron los helicópteros que atacaron a Al-Baghdadi, mientras que de los kurdos sólo dijo: “Nos dieron un poco de información”.

Según The New York Times, la planeación comenzó en el verano, lo cual significa que, a menos que los servicios de inteligencia y los militares hayan decidido no informar al presidente Trump de sus intenciones, él decidió sacar a las tropas estadunidenses del norte de Siria días antes de una operación extremadamente delicada y riesgosa. Se sabe, además, que dio la orden de retirada el 3 de octubre, después de una conversación telefónica con Erdogan y sin previo aviso al Departamento de Defensa, tomando por sorpresa a sus generales.

Esto obligó a que los ocho helicópteros Apache y Chinook tuvieran que volar a baja altura y bajo riesgo de derribo desde Irak, en lugar de moverse sólo en el norte de Siria desde las bases de la zona kurda, a la provincia de Idlib, donde se ocultaba Al-Baghdadi.

Súbitamente abandonados por los estadunidenses, los kurdos tuvieron que buscar nuevos aliados en condiciones desfavorables: Rusia y su socio dependiente, el gobierno sirio de Bashar Al-Asad.

Entre las fuentes citadas por el New York Times se reconoce que las FDS apoyaron la operación contra el líder yihadista en lugar de sabotearla, como podrían haber hecho tras la traición. Pero no se espera que se comporten así para siempre: se apilan las inquietudes por un previsible cambio de actitud, bien sea porque la nueva información de inteligencia que obtengan los kurdos ahora será entregada a los rusos, o porque Moscú y Damasco podrán exigir y obtener datos delicados sobre agentes y secretos militares de Washington y otras potencias occidentales en la zona.

Petróleo

A Trump le vino muy bien este momento de éxito: su propio Congreso lo está procesando políticamente, su belicosidad hacia Irán fue apagada abruptamente con un ataque al mayor complejo petrolífero del mundo, en Arabia Saudita, y no pocos aliados y rivales advirtieron que su retirada del norte de Siria para abandonar a los kurdos favorecerá el retorno del EI.

En su mente, esto último no ocurrirá porque él mismo “capturó” a esa organización. La muerte de Al-Baghdadi le ha permitido insistir en ello, proclamar la victoria y descalificar a sus críticos.

Ha manejado todo “perfectamente”, asegura, y para corroborarlo, sin el menor disimulo, anunció que sólo permanecerán en ese país unos pocos pelotones para resguardar los campos de hidrocarburos: “Nos quedaremos con el petróleo”, dijo, como si no fuera sirio. “Lo que pretendo hacer, quizás, es llegar a un acuerdo con ExxonMobil o alguna de nuestras grandes compañías para que vaya ahí y lo haga bien” (explotar los pozos).

Pese a Trump, Al-Baghdadi fue localizado, acorralado y conducido al suicidio, que cometió –asesinando con él a dos de sus pequeños hijos– haciéndose explotar al fondo del túnel, cuando un robot estadunidense se aproximaba a él, según la versión oficial.

El peligro ahora, advierten analistas y diplomáticos, es que el resurgimiento del EI, una organización que subsiste a pesar de las derrotas, se vea favorecido de nuevo por las decisiones del presidente estadunidense.

Proteger al hombre más buscado del mundo, trasladarlo y esconderlo, era una operación que consumía enormes recursos del EI. Al-Baghdadi estaba consciente de lo que era ser buscado por las tecnologías más poderosas en la era digital, así que no usaba aparatos de comunicación y limitaba sus contactos al extremo.

En abril pasado se publicó el primer video con su imagen desde que declaró la creación de su “califato” en 2014. La toma de decisiones y las acciones de propaganda de su organización se veían, por lo tanto, afectadas por las limitaciones impuestas al líder.

Entre ellos, la manera más honorable de morir –la que garantiza llegar al paraíso– es convertirse en un mártir, lo que Al-Baghdadi consiguió al inmolarse. Su desaparición física ha dotado al EI de una figura todavía más impactante y eficaz que la del líder oculto, mientras que la nueva dirigencia tendrá mayores márgenes de actuación.

La rapidez con la que eligieron jefe sustituto es una muestra de que la muerte de su “califa” ni los tomó por sorpresa ni los dejó paralizados. Igualmente, sus dos antecesores fueron reemplazados sin grandes contratiempos: Abu Musab al Zarqawi, quien encabezaba Al-Qaeda en Irak, murió en un bombardeo en junio de 2006 y de inmediato lo sucedió el experto en bombas Abu Omar al-Baghdadi, quien cayó en un combate con fuerzas iraquíes y estadunidenses en Tikrit en abril de 2010.

Le llegó entonces el turno a Abu Bakr, quien realizó dos cambios de nombre de la organización (a Estado Islámico en Irak y Sham –ISIS– y luego simplemente a Estado Islámico) y llevó al grupo a adquirir su máximo dominio territorial entre 2014 y 2017, antes de su muerte el 27 de octubre. Sólo tres días después, su shura (consejo) de ocho miembros anunció el nombramiento como líder de una persona cuya identidad se desconoce, a la que presentó bajo el nombre de Abu Ibrahim al Hashimi al Qurayshi. Adjudicarle el apellido Qurayshi es clave porque indicaría que es descendiente directo de Mahoma, requisito indispensable para ser califa.

El EI sufrió los golpes más significativos con la caída del califato, en Baghuz, Siria, en marzo de este año. No le tomó demasiado tiempo reiniciar sus ataques, con unidades durmientes que han lanzado operaciones de sabotaje y hostigamiento en ese país y en Irak.

Los golpes más significativos los sufrió con la caída del califato, en Baghuz, Siria, en marzo de este año. No le tomó demasiado tiempo reiniciar sus ataques, con unidades durmientes que han lanzado operaciones de sabotaje y hostigamiento en ese país y en Irak.

Miles de prisioneros yihadistas están bajo resguardo de las FDS, cuya custodia ha quedado debilitada porque los kurdos trasladaron las tropas de élite que las guardaban hacia la frontera, para enfrentar la ofensiva del ejército turco: al menos un centenar de ellos escaparon. Esto tendrá un efecto revitalizador de la moral para el EI, que desde su origen ha experimentado importantes fortalecimientos a partir de eventos de liberación de sus correligionarios en 2011 y 2013.

“Los golpes de decapitación, el asesinato del líder de un grupo, pocas veces se traduce en la muerte de esos grupos, que con frecuencia son capaces de sobrevivir” a este tipo de impactos, sostuvo en una nota publicada el 28 de octubre el Grupo Soufan, una consultoría estratégica fundada por el exmiembro del FBI dedicado a combatir a Al Qaeda, Ali Soufan.

“El asesinato podría de hecho rejuvenecer a ISIS –declaró Anne Speckhard, directora del Centro Internacional para el Estudio del Extremismo Violento, del King’s College de Londres–. Esto los va a soliviantar. Si estás enojado, lastimado, asustado, no tienes más opción. La única opción es tratar de pelear”.

Este reportaje se publicó el 3 de noviembre de 2019 en la edición 2244 de la revista Proceso

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