“México, la imposición de su nombre”, de Felipe I. Echenique

Juan Luis Bonilla Rius, Felipe I. Echenique March, José Abel Ramos Soriano y Antonio Saborit. Foto: Benjamín Flores Juan Luis Bonilla Rius, Felipe I. Echenique March, José Abel Ramos Soriano y Antonio Saborit. Foto: Benjamín Flores

CIUDAD DE MÉXICO (apro).- Profesor e investigador del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) desde hace casi medio siglo, Felipe I. Echenique March presentó en el Museo Nacional de Antropología (MNA) su volumen ‘Una historia sepultada: México, la imposición de su nombre. Análisis documental’ (Bonilla Artigas Editores, 384 páginas).

Durante la presentación en el Auditorio Fran Bernardino de Sahagún, este martes, Echenique March estuvo acompañado del historiador Antonio Saborit, director del MNA; José Abel Ramos Soriano (‘Los delincuentes de papel. Inquisición y libros en la Nueva España 1571-1830’), y el librero y editor José Luis Bonilla Rius.

Según el autor de ‘Una historia sepultada: México, la imposición de su nombre. Análisis documental’, no contó con los apoyos del INAH para publicar la vasta investigación, por “mezquindad” de la institución.

“En mi trayectoria como historiador he obteniendo en los casos que lo he requerido las facilidades para la publicación de mis trabajos, como resultado de la culminación de los procesos de investigación, aun cuando con no pocos funcionarios del INAH me he visto involucrado en serias y directas discrepancias; (pero) en esta ocasión, la Comisión Central Dictaminadora y la Dirección General de INAH me negaron, con comentarios baladís y fuera de toda ética académica, la posibilidad de publicar dentro de la institución (a la que tanto le debo) el resultado de esta investigación a la que le invertí muchos años de trabajo, así como recursos institucionales y propios”.

A continuación, fragmentos del comienzo de este volumen.

Al lector

Este trabajo presenta un hecho no registrado en la historiografía nacional o internacional, y consiste en exhibir los distintos sustantivos que se emplearon –durante los primeros cincuenta años de conquista y dominación española– para nombrar a la principal ciudad de lo que Cortés llamó la Nueva España, y que hoy en día todo el mundo refiere como Mexico-Tenochtitlan o simplemente Tenochtitlan o Mexico (sic).

Sin embargo, esta designación que cuenta con un amplio consenso universal no se puede sostener documentalmente, ya que el nombre que se consigna en las fuentes ininterrumpidamente, al menos durante los diez primeros años de conquista española fue el de Temixtitan o Temistitan, y posteriormente el de Mexico, así sin acento.

Pero este uso no fue de manera contundente y continuada, sino que se alternó con el Temixtitan que sufrió variantes escriturales tales como Tenustitan, Tenuxtitan o Tenuxtitlan, hasta que después de 50 años finalmente se convirtió en una designación permanente e inequívoca llamarla como ciudad de Mexico.

La falta de acentos en esos sustantivos, y otros más, durante la época colonial me llevó a respetar esa manera de escribirlos, toda vez que este trabajo pone especial atención en las maneras de grafiar los sustantivos durante aquellos primeros años para identificar a la principal ciudad de la Nueva España. […]

Palabras admonitorias

Es probable que, en estos días, pocos especialistas, políticos o ciudadanos discutan abiertamente sobre las variantes y diferencias de los contenidos y proyecciones que, a lo largo de la historia, se le ha dado al sustantivo México. Esto no significa que falte interés o que se haya agotado la reflexión o discusión sobre el tema. Más bien considero que en estos tiempos estamos en un remanso en el que pareciera que nada se mueve en torno a tan emblemático y sugerente sustantivo.

Sin embargo, esto es aparente porque aún en esa supuesta quietud hay un constante movimiento que, si bien no se materializa en álgidas y acaloradas discusiones o escritos sobre los contenidos y significados del término, siguen mostrándose intentos de reapropiación y resignificación.

Existe una nutrida bibliografía relacionada con el tema a partir de distintos ángulos: desde los posicionamientos gentilicio-toponímicos de los más variados grupos, por ejemplo, de la mexicanidad, que se expresan de diferentes maneras, hasta los políticos de cualquier partido que pretenden amoldar a sus intereses su significación y proyección, pasando por la redacción de discursos especializados de historiadores y antropólogos, que hacen que el término México no sea un sustantivo muerto o detenido en los tiempos en que se acuñó.

Todo esto mantiene vigente y actuante la evocación y convocatoria que provoca el dicho sustantivo de México. Cabe destacar que, en los últimos años, sobre todo con el asalto del Partido Acción Nacional al gobierno de la república mexicana (2000-2012), el paroxismo de la ultraderecha llegó a tal punto que inclusive lo promovió como una más de las tantas “marcas” que circulan en el extenso y diversificado mundo del consumo de mercancías. No es de extrañar que, entre otros tantos efectos, la derecha intentara diluir la discusión de contenidos y significados, para sólo quedarse con los tonos y emociones que desata su sola mención o advocación.

En los últimos quince años se ha generalizado en diversos ámbitos el uso político y mercadológico del sustantivo México. Los gobiernos federal, estatales y municipales, los partidos políticos, pasando por todo el espectro de movimientos religiosos y sociales, así como entre publicistas inescrupulosos a través de todo tipo de anuncios radiales, televisivos o escritos, pretenden que dicho término pase del sustantivo al adjetivo y hasta el verbo, con el pretexto de hacerlo valer por su sola tonalidad, como algo que en sí y por sí mismo convoca y cuya carga histórica no tiene ni por qué o para qué discutirse ni reflexionarse, debido a que ya es algo dado, que en sí mismo es una esencia, que está allí inamovible, sólo evocable y convocable; para lo cual es suficiente su exclamación para que cientos de miles y hasta millones de personas se sientan parte de esa comunidad adjetivada que convoca.

Esa sustancia se convierte en centro y proyecto que muchos pueden llegar a creer que no está en entredicho porque ni siquiera en los momentos de la más drástica tensión religiosa o incluso política, desde que se consolidó el movimiento por la Independencia en el Congreso de Apatzingán, en 1814, se ha cuestionado que seamos mexicanos y el territorio sea denominando como México, independientemente de su designación geopolítica en el tiempo.

Así que sustantivo, adjetivo y aún convertido en verbo, México es aceptado en forma general y sin respingos, aunque dicho consenso no quiere decir que exista homogenización o acuerdo en lo que esto significa y debe seguir indicando como rumbo al futuro. Disputa acallada y silenciada bajo el subterfugio de la democracia, o mejor dicho partidocracia y “comentocracia”, que pretenden ocultar el debate y las acciones políticas que intentan redefinir al sustantivo y llenar de nuevos contenidos los adjetivos.

Las televisoras y sus “comentócratas” han sometido a los partidos políticos a la más abyecta vulgaridad y simpleza. Por eso no se detienen a pensar en la historia, en el sentido y significado de las palabras, porque para ellos la voz México no es más que otro sonido articulado que nada dice, tal como lo hacen con toda esa verborrea que lanzan sin descanso día tras día para someter a la sociedad.

En forma resumida y esquemática, considero que la ultraderecha intenta explotar las cargas emotivas de los sonidos del sustantivo México para continuar con su proyecto de alienación y subordinación hacia las potencias imperiales, mientras que los vividores de la “política” (PRI, PRD, PT, PVE, Movimiento Ciudadano, Morena, y los recién ingresados micropartidos) lo usan para justificar su accionar –siempre interesado–, no con lo que pueda comportar o proyectar dicho sustantivo para los millones de mexicanos, sino para sus personas o grupos en los que se encuentran. Aunque hay otros muchos ciudadanos y organizaciones que pretendemos una sustantivación que arrope y proyecte a los más de 120 millones de mexicanos, en condiciones de vida digna, libre y soberana.

Para quienes estamos convencidos de que hay nuevas posibilidades de construcciones históricas, entre otras tantas acciones y prácticas a desplegar, está la de revisar críticamente y con minuciosidad todo cuanto se ha escrito de las historias. Acción que muy posiblemente nos termine mostrando que vivimos más con dogmas que con verdades establecidas. La crítica analítica radical nos permitirá tirar lastres y armarnos de nuevos sentidos, contenidos y proyectos. Todo debe de estar en permanente examen crítico, incluyendo las certezas consagradas por el tiempo y los discursos imaginados e impuesto al pasado, al presente y al propio futuro.

La presentación del libro Una historia sepultada: México, la imposición de su nombre. Análisis documental. Foto: Benjamín Flores
La presentación del libro Una historia sepultada: México, la imposición de su nombre. Análisis documental. Foto: Benjamín Flores

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