La UNAM, autonomía y violencia

Un grupo de encapuchados tomó el plantel 8 de la Escuela Nacional Preparatoria de la UNAM para manifestarse en contra de la violencia de género e inseguridad que impera en el plantel Un grupo de encapuchados tomó el plantel 8 de la Escuela Nacional Preparatoria de la UNAM para manifestarse en contra de la violencia de género e inseguridad que impera en el plantel

CIUDAD DE MÉXICO (apro). – Antes de reelegirse, Enrique Graue consideró que quedarse en la UNAM como rector otros cuatro años era como sacarse un tigre y así ha sido desde hace unas semanas en que la institución emblemática de la educación superior del país ha sido objeto de una serie de ataques violentos por grupos que aprovechan manifestaciones pacíficas para dañar instalaciones y agredir a periodistas.

La violencia, inseguridad, drogas y hasta el comercio informal han hecho propias las instalaciones universitarias desde hace tiempo creando un ambiente adverso para la vida de 400 mil estudiantes y académicos que habitan la máxima casa de estudios.

Grupos de jóvenes supuestamente anarquistas han realizado una serie de desmanes que poco o nada han tenido que ver con las demandas de seguridad por parte de los estudiantes que viven robos, atracos, hostigamiento sexual y hasta feminicidios dentro de las áreas universitarias.

Visto a través de estos males sociales, la UNAM es un espejo en micro de lo que pasa en el país y los ataques que ha sufrido la rectoría últimamente por grupos de jóvenes que se disfrazan de negro y se cubren la cara, con estrategias bien definidas, acusan un perfil de profesionales de la violencia que usan armas, bombas molotov e instrumentos específicos para causar daño material y humano.

La bandera del anarquismo como una forma de autogobierno y una doctrina política que pretende la desaparición de la autoridad como se manifestó hace un siglo, no embona con las formas de expresión violentas y sin sentido que un grupo de jóvenes ha expresado en la UNAM y en algunas marchas de protesta contra el feminicidio, la inseguridad o mejores condiciones de educación.

El rostro oculto con que actúan los grupos de jóvenes vestidos de negro no coincide con los pasamontañas de los indígenas del EZLN que en Chiapas lanzaron una declaración de guerra contra el Estado mexicano exigiendo un cambio en el modelo económico, sino con grupos que atienden intereses de desestabilización de las autoridades universitarias en turno.

Estos grupos pequeños nunca hacen protestas por si solos, sino que aprovechan otras marchas, en su mayoría pacíficas de maestros, estudiantes, de defensores de derechos humanos y de algunos grupos sociales para infiltrarse, atacar a periodistas y dañar comercios y edificios de instituciones.

Una vez que actúan se quitan el uniforme negro y se descubren el rostro para confundirse con el resto de los manifestantes.

En el caso de la UNAM estos grupos de supuestos anarquistas ha actuado siempre en la retaguardia de las manifestaciones de estudiantes que protestan contra los feminicidios, la inseguridad o demandan mayores espacios en la matricula.

Seguramente las autoridades universitarias ya tienen información de quienes integran estos grupos que al terminar sus actos vandálicos se dirigen a las facultades donde ocupan auditorios o salones. Pero no han actuado quizá por temor a caer en la trampa de detener a los responsables y generar un movimiento de protesta social que trascienda las instalaciones universitarias.

Es por ello que cobra sentido la expresión del rector Graue en la entrevista publicada en Proceso recientemente. Hay que tener en calma a la universidad porque un tigre o un puma que puede despertar en cualquier momento y provocar actos de represión incensarios.

Por cierto… ¿a quién beneficiaría que se incendien los ánimos en la UNAM?

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