Presidente pugilista

López Obrador en una de las polémicas mañaneras. Foto: Alejandro Saldívar

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- No pasa un día sin que el presidente de México se pelee con alguien, descalifique a alguien, reproche a alguien, critique a alguien. No pasan ni 24 horas antes de que adopte un tono altisonante o recurra a un adjetivo agresivo. Andrés Manuel López Obrador dice ser pacifista y humanista, pero más bien parece peleonero y pugilista. Siempre al ataque, pocas veces conciliador, rara vez unificador. Mañanera tras mañanera abre grietas entre los mexicanos, ahondando sus diferencias, exacerbando sus desacuerdos. Y sí, México padece una polarización social, étnica, de clase, de raza desde su fundación como República. Pero ahora al frente de ella está un hombre al que le gusta gobernar enfrentando, construyendo hombres y mujeres de paja para después quemarlos en la hoguera de la ostensible superioridad moral.

Como hizo en estos días con Alberto Athié, el valiente activista que denunció la pederastia clerical y ayudó a encararla. Como hizo en esta semana con Javier Sicilia, quien perdió un hijo a manos de la violencia criminal y ha promovido la paz, la justicia y la dignidad toda su vida. Ambos, criticados injustamente. Ambos, denostados deshonestamente. Ambos, víctimas de un estilo personal de gobernar basado en la creación diaria de supuestos enemigos del cambio, supuestos derechistas responsables de “golpes blandos” en puerta, supuestos privilegiados ahora resentidos. Los nuevos enemigos del pueblo contra quienes se vuelve necesario volcar la enjundia presidencial y el enojo de sus acólitos. Y así, pasamos a un escenario perverso, en el que la 4T agrede a quienes encabezaron luchas sociales y democráticas que le permitieron a la izquierda llegar al poder.

Que triste paradoja que la 4T defienda a Manuel Bartlett mientras arremete contra Alberto Athié. Que justifique a Jaime Bonilla mientras caricaturiza a Javier Sicilia. Que guarde silencio sobre Ricardo Salinas Pliego mientras grita en contra de las feministas que denuncian la violencia con pintas. Que descalifique a periodistas críticos mientras ensalza a periodistas domesticados. La incongruencia es el signo de estos tiempos, donde se impone la visión moral de un solo hombre al que sus seguidores consideran infalible, irreprochable, por encima de quienes fueron sus compañeros de lucha y le ayudaron –causa tras causa– a llegar a donde está. México visto y juzgado a través del cristal lopezobradorista, y en ese país el pueblo se contrapone a quienes son clasificados como corruptos o, de alguna manera, moralmente inferiores.

De pronto, Alberto Athié, cuyo nombre es sinónimo de luchas por la justicia, por la transparencia y por la rendición de cuentas, es convertido en piltrafa humana, de los “meros meros” que simulaban proteger los derechos humanos como consejero de la CNDH. De pronto, Javier Sicilia, cuyo nombre será recordado por la paz que siempre ha buscado alcanzar, es convertido en adversario porque osa sugerir que la estrategia presidencial contra la inseguridad quizás merezca ser replanteada, a la luz de la debacle en Culiacán y la tragedia LeBarón. El presidente apunta un dedo flamígero hacia los dos, y después su tribu los canibaliza. Ante el reclamo, el presidente no escucha; embiste. Ante la crítica, AMLO no debate; denuesta. Tantos años de vivir a la intemperie, sujeto al peso inmisericorde del aparato del Estado sobre él, han dejado huella. Sus reflejos y reacciones no son las de un estadista que promueve la paz; son las de un luchador social que ya no sabe cómo dejar de serlo. No ha logrado transitar de la oposición beligerante al poder responsable. Conserva el talante de un rebelde permanente; despliega el temperamento de un indignado invariable. No comprende la crítica como un ejercicio para impulsar la rectificación; la percibe como un intento destructivo.

Por ello no es capaz de aprehender la misiva de Javier Sicilia, un reclamo cuyo objetivo es reencauzar, no apedrear. Su mensaje refleja la angustia que muchos mexicanos comparten y las encuestas constatan: la política incomprensible y descoordinada de “abrazos no balazos” no está funcionando. No está dando resultados. Ahí sigue eso que Mauricio Merino llama “la macabra puntualidad de la muerte”. La indefensión de las mujeres y los niños LeBarón. Un puñado de programas sociales bien intencionados pero lejos de ser una verdadera política de Estado en materia de combate a la pobreza y en temas de justicia transicional. Y su petición es totalmente legítima: se trata de saber cuánto Estado se necesita para asegurar la paz; qué es necesario hacer para apagar juntos las llamas de nuestra casa común. Nos están matando, desapareciendo, violentando de maneras cada vez peores. Seguir con más de lo mismo sólo llevará a peor de lo mismo.

Cada mes que transcurre es más violento que el anterior y –de seguir así– 2019 será el año más terrorífico de nuestra historia posrevolucionaria. Cada día que transcurre sin que sepamos exactamente qué ocurrió en Culiacán y por qué el operativo fue tan fallido, surgen más dudas sobre quién está al mando. Cada hora que matan a un hombre, asesinan a una mujer o desaparecen a un joven, surgen las preguntas en torno a la claridad y la coherencia de una estrategia gubernamental que cambia de piel en cada mañanera; que da volteretas en cada conferencia matutina. A veces es militarista, a veces es humanista. A veces se centra en la seguridad de la población civil, a veces parece sacrificarla. A veces se impulsa la despenalización de las drogas, a veces se congelan las iniciativas que asegurarían ese fin. Y en lugar de la deliberación y el debate propios de cualquier democracia que se precia de serlo, tenemos a un presidente enconado con todos, siempre. Resta y aliena, en lugar de sumar y escuchar, como se espera de él. Parafraseando a Nietzsche, AMLO lleva tanto tiempo peleando contra monstruos, que no se da cuenta cuando empieza a parecerse a ellos.

Este análisis se publicó el 24 de noviembre de 2019 en la edición 2247 de la revista Proceso

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