Cuando los “maras” llegan a Nueva York

Los maras en Nueva York

Adolescentes centroamericanos que huyen de la violencia impuesta en sus países por las pandillas, encuentran que La Mara Salvatrucha y El Barrio 18 también están en las comunidades y escuelas de los suburbios de Nueva York, pero con agravantes: la estigmatización de las autoridades estadunidenses, el descuido del sistema educativo y el abandono de sus propias familias. Con base en el periodismo narrativo, reporteros del diario digital El Faro desentrañan las complejidades de este fenómeno de los maras en el libro Crónicas desde la región más violenta que, con el sello Debate, circula ya en México.

Pasaron muchas cosas, se derramó mucha sangre joven, pero fueron sobre todo las que ocurrieron en dos meses las que tienen a Long Island en titulares de todo el mundo. Long Island y unas siglas: MS. Mara Salvatrucha.

El recuento de esos dos meses parece el recuento de lo ocurrido en una violenta colonia empobrecida de San Salvador, la capital de los homicidios. Sin embargo, pasó en Nueva York, en diferentes pueblitos de Long Island, no tan lejos de la Estatua de la Libertad.

El primero de esos meses fue septiembre de 2016. El lunes 12, en un pueblo llamado Mineola, mientras caminaba en la calle, fue asesinado a balazos un joven salvadoreño de 15 años, Josué Guzmán, estudiante de décimo grado. El día siguiente, un martes 13, cuando caía la noche en Brentwood, un grupo de jóvenes asesinaron con bates a dos muchachas justo afuera de la escuela Loretta Park donde estudiaban. Kayla Cuevas era una chica de raíces dominicanas de 16 años. Nisa Mickens, quinceañera, era una de sus mejores amigas. Ambas murieron aporreadas. Sus cadáveres quedaron a metros de distancia en un área residencial afuera de la escuela. El 16, la policía encontró el cadáver de Óscar Josué Acosta, salvadoreño de 19 años que tenía tres de haber llegado a Brentwood. Había desaparecido el 19 de abril. Cinco días después, el 21, la policía encontró otro cadáver. Lo encontró en la misma área que el anterior, en los alrededores boscosos de un hospital psiquiátrico abandonado que se llamaba Pilgrim. Se trataba del cuerpo de Miguel García, un ecuatoriano de 15 años. Había desaparecido siete meses atrás.

  1. Un mes. Cinco cadáveres.

La policía, sus informantes, los medios, todo mundo dijo: MS.

Arrestaron a 25 supuestos miembros de la pandilla en Long Island. Todos, al igual que los muertos, eran adolescentes. Centroamericanos la mayoría. Salvadoreños la mayoría.

En diciembre de 2016, tras sólo un mes de haber ganado las elecciones y a días de asumir como el 45° presidente de Estados Unidos, Donald Trump, tomó el micrófono y habló de lo que pasaba en esos pueblitos de Long Island. Lo hizo durante una entrevista con la revista Time, que acababa de nombrarlo hombre del año: “Vienen de Centroamérica, son la gente más ruda que hayas conocido. Están matando y violando a todo mundo allá. Son ilegales. Y es su fin”.

El nuevo presidente volvía la mirada hacia la comunidad centroamericana y no era para nada bueno.

Los pueblitos de Long Island siguieron en la mira. Decenas de titulares se publicaron. Todos llevaban las siglas MS. Más redadas, más arrestos, más juicios.

El Servicio de Inmigración y Protección de Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés), entre el 1 de octubre de 2016 y el 4 de junio de 2017 –ya con su nuevo líder–, deportó a 2 mil 798 supuestos miembros de pandillas. Una cantidad inusual en ese periodo, según afirmó la misma oficina.

Todo se revolvió, y se seguía revolviendo alrededor de las mismas siglas: MS. La comunidad indocumentada de Long Island intentaba sobrevivir sacando cabeza lo menos posible. Joven, indocumentado y centroamericano se convirtió rápidamente en presunto emeese. Y por esos días, luego de que en 2014 más de 64 mil menores no acompañados entraran a Estados Unidos sin los documentos necesarios, había muchos jóvenes, indocumentados y centroamericanos en Long Island.

Cuando la tormenta empezaba a amainar llegó el otro mes que lo cambió todo. Un solo día, más bien. El martes 11 de abril de 2017, en el pueblo de Central Islip, cinco muchachos y dos muchachas salieron a pasar el rato a un bosque, cerca del complejo recreativo del pueblo. Al poco tiempo se vieron rodeados por un grupo de muchachos enmascarados y con machetes. Todo lo contó Álex Ruiz, un joven recién llegado de El Salvador que sobrevivió junto a las dos chicas. Los otros cuatro fueron asesinados a filazos. Murió Justin Livicura, 16 años, de familia ecuatoriana, empleado de un restaurante. Murió Jorge Tigre, 18 años, que llegó con 10 años a ese país desde Ecuador. Murió Michael Banegas, hondureño que había huido de la violencia de su país hacía tres años para alcanzar a sus padres. Murió Jefferson Villalobos, primo de Michael, hondureño también, 18 años, que había llegado de visita desde Florida cuatro días antes de ser macheteado.

Un día. Cuatro cadáveres más.

En suma: en dos meses, nueve cadáveres. Para ser precisos: en cinco días, nueve cadáveres. Misma área, mismas edades, misma culpable: MS.

Las causas de los asesinatos que trascendieron en diferentes medios de comunicación eran dos. La primera, que algunos de los asesinados eran cercanos a otras pandillas y habían ofendido a miembros de la emeese. Ofensas que no pasaban de ser retos en el patio de una escuela, desafío de adolescentes. La segunda, que no habían querido incorporarse a la pandilla.

Más que antes, esos pueblos repletos de obreros e indocumentados latinoamericanos volvieron al centro del debate estadunidense, que hace eco en todo el mundo.

Esta vez Trump no sólo habló. Habló varias veces. Viajó a Brentwood para hablar. “El cártel MS-13 es particularmente violento. No les gusta disparar a las personas porque es muy rápido. Leí que uno de esos animales explicaba que le gustaba cortarlos y dejarlos morir lentamente porque era más doloroso y les gustaba verlos morir… Son animales”, dijo el hombre más poderoso del mundo el 28 de julio de 2017, ante oficiales de policía de los dos condados donde ocurrieron los homicidios.

La MS-13 en Long Island fue el caballito de batalla de Trump toda esa semana. Hablaba de “esos animales” y luego de la necesidad de eliminar las ciudades santuario para indocumentados. Explicaba cómo los emeese “cortan con un cuchillo” y prometía más deportaciones de hispanos. La MS encajó tan bien en los planes de deportación de Trump como en la sociedad salvadoreña de la posguerra.

Long Island sigue en el centro del debate sobre la presencia de la pandilla más sanguinaria del mundo en Estados Unidos. La MS mata de formas crueles y rebuscadas. Desmiembran, machetean, degüellan, ahorcan, violan, matan. Pero en este debate amnésico sobre cómo fue posible que se derramara tanta sangre en tan pocos días, el gobierno de Estados Unidos olvida lo que ya pasó, y magnifica –“el cártel MS-13”, dijo Trump– a su enemigo mientras se sube al ring contra un enclenque. La MS de El Salvador no es la MS de Long Island. Brentwood no es Soyapango. La MS de Long Island es una organización callejera de poca monta, violenta como un adolescente iracundo con un bate, y no como un cártel mexicano. Lo que hace que estos jóvenes maten en Long Island ya hizo que décadas atrás mataran en Los Ángeles. Hay que visitar Long Island para ver con claridad todo eso.

*   *   *

–Éramos como seis amigos hispanos. No éramos de ninguna pandilla. Ya en la high school, con 15 años. Íbamos a jugar pelota a la cancha, ahí conocimos a más amigos. Ninguno era pandillero. Pero nos buscaban para darnos duro los de las dos letras (MS), los números (Barrio 18) y las pandillas de aquí, como los Bloods… a veces estaba en clases, y pasaban los mollos (negros) hablando: We are waiting, come on outside.

El problema del muchacho que nació allá por el volcán Chaparrastique y que ahora habla en el Subway de Uniondale no era ser pandillero. Su problema era ser joven y centroamericano. Su problema era que podía ser pandillero. Era una amenaza, pues.

Vale recordar que en Estados Unidos el universo pandilleril se extiende y el catálogo viene ordenado por razas y nacionalidades, como no ocurre en El Salvador, donde son sólo iguales contra iguales. Bloods y Crips son pandillas negras. Vatos Locos, por ejemplo, es una pandilla esencialmente mexicana. Mara Salvatrucha remite a Centroamérica. En las escuelas públicas de Long Island, un salvadoreño recién llegado que use un pantalón flojo será visto con recelo por los bloods, por los crips…

La mujer india que atiende en la caja del Subway no está nada cómoda desde que el muchacho salvadoreño entró. Voy al mostrador por uno de los panes. Le pregunto si hay muchas pandillas por aquí. “La semana pasada nos asaltó uno con un enorme cuchillo”, responde desganada.

Los suburbios de Estados Unidos dislocan toda la escenografía de las pandillas y la violencia que ha trascendido desde Centroamérica: barrios obreros de casitas que parecen cajas de cemento, una tras otra, sólo divididas por un pasillo minúsculo y también de cemento. Aquí en los pueblos de Long Island la imagen es la de la prosperidad, lo opuesto al hacinamiento centroamericano, al menos en apariencia (…) La Long Island de las pandillas no se parece ni en estética a El Salvador de las pandillas.

–¿Cómo ocurría ese acoso? –pregunto al muchacho de los dientes dorados.

–Digamos que íbamos a jugar pelota y pasaban los que eran bloods, y nos empezaban a tirar señas y a decirnos que a la verga, hispanos, y cosas así, a chingarnos. Había también unos nueve de mi misma edad (15 años) de la (pandilla) 18. Llegaban de la escuela, nos esperaban en los carros y nos empezaban a hacer señas con las manos y nos decían cosas. Una vez, a un amigo mío que no era nada lo mandaron al hospital. Le reventaron el codo con fierros. Los de aquí (los Bloods de Uniondale) nos querían dar verga. No nos querían ver aquí. Íbamos a cualquier calle y nos querían dar pija. Íbamos allá (Hempstead, que tiene otro gran centro comercial con cine) y lo mismo. Nos íbamos para Garden Coty, al mall, a buscar vaciles sanos y nos encontramos como a 15 dieciochos. Solo andábamos cuatro y dos morras. Un maje entra y le pega una patada a un amigo. Le empezó a decir ondas: que era pandillero que a la mierda la MS, que lo iba a matar. Vamos afuera, vamos a darnos pija, nos decían, pero nosotros sólo éramos cuatro cipotes, ellos eran 15. ¿Qué íbamos a hacer?

La historia de este muchacho es la verdadera historia de lo que pasa entre Long Island y la MS. Lejos de la idea de una gran mafia organizada controlando a sus miembros, es la historia de muchachos que llegaron a integrarse en familias a las que no conocían más que por teléfono. Muchachos que tuvieron que ir a clases especiales en sus escuelas, mezclados entre recién llegados de distintas edades, para aprender a decir good morning. Y en esas clases, peceras de recién llegados desde países controlados por las pandillas, los pandilleritos de la escuela veían potenciales víctimas, hommies, enemigos. Todos contra ellos: el idioma, los pandilleritos de sus países, los negros de las otras pandillas, el horario laboral de sus madres… y ahora, la policía, las noticias, el mismo presidente Trump.

Hacerse pandillero no parecía por momentos una decisión sino una imposición. Sos, y no importa lo que digas.

Los pueblitos de Long Island, hay que decirlo, no son lugar para jóvenes indocumentados.

*   *   *

Uniondale es un suburbio de película. Grandes casas, calles anchas, verdes jardines, enormes carros. Afuera de muchas de esas casas hay no uno ni dos, sino cuatro o seis carros parqueados. Es porque en esas casas, no sólo de este pueblo, sino de los de alrededor, no vive una familia, viven cuatro o seis. Varias familias se apiñan en los diferentes cuartos de esas casonas que, siguiendo el cliché, invitan a hacer una parrillada sobre la verde grama. Esas casas son un cascarón de bienestar. Por dentro, muchas están a punto de estallar.

En una de las calles principales de Uniondale hay un restaurante que recién abrió este mayo. Venden tacos y pupusas, sopa de gallina y hamburguesas. Es un restaurante para migrantes. Adentro se habla español y se toman cervezas Corona en un pequeño sótano iluminado por un foco pelón donde, por las noches, llegan mujeres gordas en diminutas calzonetas a intentar seducir a los hombres que juegan billar. Luego, les cobran. Por la compañía. Por el sexo, si es que llegan al acuerdo de irse a otro lugar o salir al callejón de al lado.

El restaurante es una estampa del Long Island migrante de estos días. El dueño tiene una década aquí. Es del departamento oriental de San Miguel, en El Salvador. Actualmente tiene un problema. Alberga en casa a un nuevo inquilino: su hermano menor. El muchacho tuvo en El Salvador “problemas con las pandillas”. Esa es una construcción que escucharemos muchas veces en este pedazo de Nueva York. Los padres lo enviaron a reunirse con su hermano mayor, un perfecto desconocido para el muchacho que tenía ocho años cuando su hermano migró. El muchacho recién llegado ahora tiene 16. Vino a mediados de 2015. Fue, en toda regla, uno de los menores no acompañados que entró a este país.

Empezó en la escuela de Uniondale. Se hizo miembro de la Mara Salvatrucha.

“Tuve que sacarlo de la escuela, al menos alejarlo, porque yo no tengo tiempo de andarlo siguiendo”, dice el dueño del restaurante mientras destapa dos Coronas.

Ahora mismo, esta tarde del 1 de junio de 2017, el hermano mayor no sabe dónde está su pariente. “Andará en algún parque con quién sabe quién”, dice. Nadie tiene tiempo de guiar en este nuevo mundo al adolescente de 16 años. O mejor dicho, sí, hay un grupo que tiene tiempo: la MS. El hermano mayor asegura que si el menor no se compone, lo echará de la casa. “A la calle, a que vea qué putas hace”.

Y así se construye un pandillero en Estados Unidos.

En Long Island parece que el problema es la pandilla, una máquina eficiente de reclutamiento, pero más bien la pandilla es la consecuencia. La causa se parece más al abandono.

Este adelanto de libro se publicó el 1 de diciembre de 2019 en la edición 2248 de la revista Proceso

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