¿Todas las mujeres son honestas?

Las mujeres y sus batallas. Foto: Alejandro Saldívar

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- En su informe, AMLO anunció que serán mujeres quienes lleven las cuentas de ciertos proyectos, puesto que “las mujeres son más honestas que los hombres”. ¡Gulp! ¿En verdad es así? Lo dudo y trataré de explicar la incomodidad que sentí por esa frase del presidente.

Hoy es común encontrar mujeres que se desempeñan con gran honestidad en puestos fundamentales en diversos campos, desde la política y la gestión pública hasta las empresas y la academia. Además de esa virtud, su enorme capacidad de trabajo y su compromiso hacen de ellas piezas fundamentales para el desarrollo de cualquier proyecto. Cientos de experiencias a lo largo del país demuestran la habilidad de muchísimas mujeres para trabajar de manera responsable y destacadamente honesta. Sin embargo, discrepo de la formulación que hizo López Obrador.

Me explico. Soy de la idea de que las anatomías diferentes no producen virtudes distintas. Con esto quiero decir que no hay una esencia femenina que nos haga mejores que los hombres, ni menos corruptas o más honestas. Tampoco hay características humanas exclusivas de un solo sexo. Creo que mujeres y hombres somos iguales como seres humanos, aunque seamos distintos como sexos. Ambos, mujeres y hombres, compartimos los rasgos y las potencialidades, los vicios y las virtudes, de la condición humana.

Sin embargo, se suele creer que mujeres y hombres somos MUY diferentes, en función de las conductas sociales que desarrollamos. ¿Somos realmente tan diferentes? ¿Y a qué se debe esa diferencia, a la biología? Hay quienes alegan que sí, pero otras personas pensamos que son los procesos culturales, con sus mandatos diferenciados (el de la feminidad y el de la masculinidad) los que establecen ciertas diferencias conductuales. Obvio que hay diferencias biológicas, y que la anatomía cuenta para ciertos desempeños, como es posible ver en la mayor fuerza física de los varones.

La anatomía masculina les otorga a la mayoría de los varones una fuerza física superior a la de la mayoría de las mujeres. Sin embargo, hoy lo necesario para ser presidente de la República, ministro de la Suprema Corte o director de un banco no es la fuerza física, sino son capacidades y cualidades de otro tipo, que también tienen las mujeres.

Los vicios y las virtudes no se desprenden de la anatomía, sino que nacen de procesos de otro orden, muchos de ellos derivados del lugar social que se ocupa. Por eso, al haber ocupado históricamente menos responsabilidades públicas, las mujeres que llegan a los puestos suelen llegar menos “contaminadas” de ciertas prácticas nefastas. Que en ciertos espacios haya mujeres menos corruptas o deshonestas que los varones no se debe a que las mujeres, en sí mismas, sean más honestas.

La frase del presidente López Obrador –“las mujeres son más honestas que los hombres”– manifiesta cierto esencialismo respecto a las mujeres.

El esencialismo es malo, ya que al pensar a “las mujeres” como un conjunto de seres que comparten iguales características, basta que una de ellas cometa una equivocación para que a todas les caiga el descrédito. Temo que cuando una de esas mujeres designadas para llevar las cuentas realice una deshonestidad, o un simple error, se reaccione con la consabida generalización: “¡Ah, ven cómo no era cierto que las mujeres son más honestas!”

Cuando una mujer se convierte en símbolo de todas las mujeres, si falla o se equivoca, entonces se dice que las mujeres no sirven para ese puesto. Lo interesante es que eso no ocurre de la misma manera con los varones. En los puestos administrativos han transitado hombres corruptos y deshonestos, y no se hacen generalizaciones acerca de la deshonestidad de todos lo varones, sino solamente se critica a ese fulano concreto.

Si aspiramos a que exista verdadera igualdad entre mujeres y hombres no hay que pensar que las mujeres son menos corruptas o más honestas que los hombres. La condición humana es igual en ambos, y da para muchas combinaciones de decencia y compromiso o de corrupción y deshonestidad.

Si deseamos que las mujeres desplieguen su potencial hay que desmitificar que “naturalmente” son más honestas y, en vez, construir procesos que vayan más allá de la mistificación cultural sobre “su mayor honestidad”. Uno de esos procesos es el de una formación que las fortalezca y capacite para el puesto. Sería una lástima que las propias elegidas para un cargo creyeran que sólo por el hecho de ser mujeres van a saber desempeñarse bien.

En ese sentido me preocupan las palabras del presidente pues, aunque yerran con la mistificación, tienen gran influencia simbólica. La selección de las mujeres que van a asumir esos puestos no debe basarse en el mito de su “natural” honestidad, sino en su disposición a adquirir las habilidades necesarias para lograr el alcance de los objetivos y metas para los que serán designadas.

Para cumplir con la labor encomendada, muchas candidatas al puesto necesitarán desarrollar o fortalecer capacidades de gestión y administración, y si no se asume esa carencia por creer en el mito de que son “más honestas”, tal vez podremos llevarnos la desagradable sorpresa de constatar que las mujeres pueden ser igual de corruptas o deshonestas que sus congéneres masculinos.

Este análisis se publicó el 8 de diciembre de 2019 en la edición 2249 de la revista Proceso.

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