Pepe Mujica, a la vuelta de la esquina

domingo, 15 de diciembre de 2019 · 05:00
CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Hace mucho que no me ocurría estar en un desayuno que se hizo comida. Fue el miércoles pasado y empezó atrás de la Catedral Metropolitana y terminó en una terraza sobre las ruinas del Templo Mayor. Viéndolas, el expresidente de Uruguay, el viejo sabio Pepe Mujica, acabó pensando sobre los que no creen en el Estado como compensador de las injusticias: –Pericles construyó el Partenón para dar trabajos. El keynesianismo es mucho más antiguo que Keynes. Es un viejo encorvado, duro, bajito –como los vascos– que tiene una voz –como la de los genoveses– que no necesita del micrófono. Cuando se apasiona, manotea sobre la mesa, te toca para captar toda tu atención y, tras terminar algún argumento en el que se mezclan filosofía, política y leperadas uruguayas, hace un gesto como “así son las cosas, qué le vamos a hacer”. Es un hombre que ríe muy a menudo y que brilla desde sus ojos sumidos, que tiene un estuche para sus lentes, que tiene escrita en pluma una dedicatoria que comienza con las palabras “infinito cariño”. –Al lado de los numeritos del Producto Interno Bruto debería medirse la felicidad. Sólo así se sabría si la economía está sirviendo o no es más que matemáticas. Su historia política es, por supuesto, la de América Latina. Me habla de quien considera su precursor, aunque fue un conservador del extinto Partido Colorado, José Battle y Ordóñez. –En 1912 ese presidente hace del whisky un asunto estatal. ¿Para qué? Para que no lo bebamos adulterado, para financiar la construcción de la universidad para mujeres, y porque lo quería usar como combustible, en vez del petróleo. Si Uruguay no fuera tan pequeño, el mundo reconocería que es la cuna del Estado de Bienestar. Me acuerdo, por supuesto, de lo que él mismo hizo con la regulación de la mariguana durante su gobierno. Es un agricultor de flores desde su infancia, al lado de Lucy Cordano, su madre que lo cría sola desde los ocho años; lo sigue siendo al lado de su compañera en la guerrilla tupamara, Lucía Topolansky. Entre Paso de Arena y Carmelo, en la frontera con Argentina, Pepe Mujica vende crisantemos, lilas, gladiolas, en un rancho pequeño que tiene una escuela de “agro-inteligencia”, un vocho azul celeste que le regalaron los vecinos –uno de ellos, atento como su guardia personal, se sienta a mi lado en la terraza– y un perro de tres patas, que él mismo atropelló con un tractor. Su relación con la tierra y sus habitantes es panteísta. No cree en Dios y, durante las horas juntos, me dice dos cosas complementarias: “He visto a los sacerdotes en los pueblos dar el buen morir y hay que darles crédito: no es fácil”, y “Las fake news siempre han existido, sólo que a las que pasan de mil años las llamamos religiones”. Aforístico, desenfadado, genuinamente preocupado por lo que dejará a la siguiente generación, es un convencido de la biología: “El hombre nació socialista. Ninguno de nosotros se las puede arreglar sin las comunidades, sin la ayuda de los demás. Por eso, el máximo castigo en la Antigüedad no era la pena de muerte, era el exilio, quedarte sin tus vecinos, familiares, el conjunto que nos da sustento y sentido”. A Pepe Mujica le han dicho “Sancho quijotesco” y “Sócrates del habla común”, pero él se define como “poeta fallido” y “filósofo del diálogo”. Comparte con Mario Benedetti la salida de las izquierdas del juego electoral en 1962 y la decisión de tomar las armas, cuando “la Revolución estaba a la vuelta de la esquina”. Le hablo justo de ese texto de Benedetti, la “Posdata” de 1963, que le escribe a su texto sobre la mediocridad de los intelectuales, “El país de la cola de paja”, donde le asesta al mundillo literario y académico: “El estilo mental del uruguayo es el del oficinista: la cobardía, la mirada altanera y pedante, una ironía cercana al cinismo, la corrupción y el desinterés por lo público, y por último una actitud de desprecio hacia lo latinoamericano”. El expresidente, exsecretario de Agricultura, exguerrillero, pero siempre agricultor y lector voraz, sólo me mira desde lo profundo y hace el gesto de “así fue”. Me resulta claro que, desde el inicio del movimiento armado de Los Tupamaros, la idea de la reforma moral y de la imaginación era más vigorosa que la acción guerrillera. Pensar nada más en el nombre de esa guerrilla, sacado de una novela Ismael, de Eduardo Acevedo Díaz, y no de Tupac Amaru, el líder de la rebelión inca de 1780, como se piensa. Era el nombre que les daba el novelista a los campesinos casi esclavos y a los gauchos explotados. El texto de Benedetti capta ese momento de salir de la mediocridad del “oficinista” que retomaron los Tupas, aunque fue criticado, desde la izquierda, por su énfasis en lo ético y moral, y no en las “condiciones objetivas”. La derecha lo sintió como un ataque a sus privilegios que se recreaban en el círculo- ínfimo de los influyentes. No para los lectores que agotaron ocho ediciones al hilo para descubrir un debate en la cabeza misma del poeta uruguayo: la vía pacífica y electoral no era viable por el cierre de la partidocracia a los movimientos sociales, y la revolución, aunque deseable, no iba a afianzar en un país “moderado, indiferente a la política, contrario a la violencia, escasamente solidario, supersticioso de la palabra libertad”. Una lectura actual de esa “Posdata” nos ilumina los primeros años de los tupamaros: robos de pistolas de un club hípico, toma de un pueblo para hacerle un funeral al Che Guevara, circular por Montevideo repartiendo el semanario Marcha y el diario Época, dirigido por Eduardo Galeano. –El beetle –me dice Mujica sobre por qué tiene un vocho azul– era el auto más fácil de abrir y el más popular, así que no podía ser identificado en una persecución de la policía. La Volkswagen hasta tenía una propaganda en los setenta: “El auto de los tupamaros”. Nunca vimos un centavo de sus ventas. Es un movimiento de campesinos explotados en 1963 el que decide la ruptura de las izquierdas con el sistema de partidos tradicional. Rompen, también, con la idea del “foco” guerrillero de Regis Debray, quien acompañó al Che en el fracaso boliviano. De hecho, no se llamó en un inicio “guerrilla”, sino “activismo político armado”. Es en una de esas acciones para apoyar a cañeros y arroceros que Mujica cae la primera vez en prisión en 1964. Para 1973, cuando los militares dan el golpe de Estado que inaugura la dictadura, casi todos los tupamaros están en prisión, en el exilio o muertos. Mujica sale 12 años después de una prisión que, en buena medida, fue en solitario y sin acceso a libros. –Me fue bien –concluye sonriendo de lado y, en efecto, está vivo. Nunca dejó por ello sus ideas, sólo cambió los métodos para materializarlas. Su organización imaginada con Raúl Sendic y los otros presos políticos de la dictadura uruguaya, el Frente Amplio, no se planteó la revolución, sino restaurar la igualdad de oportunidades entre ricos y pobres, un piso común. –La libertad, es cierto, no se come. Pero es necesaria. Pensar es medir tus propias limitaciones. Le pido que haga un recorrido sobre lo que está pasando desde hace varios meses en Chile, Ecuador, Colombia, Argentina, pero no sobre la ciudadanización de las democracias latinoamericanas, sino sobre las reacciones en contra de los empresarios, los medios masivos, los críticos: –Hay una crítica que es rentable, que deja dinero. Pero la verdadera crítica tiene que comprometerse con sus propias consecuencias. No se puede ser “neutral”. Cuando se es neutral entre fuerzas tan desiguales como los millonarios y los pobres, se está del lado del poderoso. En los postres y habiéndose negado enfáticamente a comer huevos de hormiga o chapulines, sus manos juegan con los pliegues del mantel mientras hablamos de la felicidad posible en un mundo que está perdiendo el Amazonas. Hace un silencio de unos minutos y remata el día: –Antes, las parejas iban juntas a ver la puesta del sol. Ahora, van al aparador de un centro comercial. Y, una vez más, hace ese gesto de encoger levemente los hombros, como de alguien que no puede resignarse, pero se le está acabando el tiempo para resistir.. Este análisis se publicó el 8 de diciembre de 2019 en la edición 2249 de la revista Proceso

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