La otra guerra contra Pablo Escobar

Barrio Pablo Escobar en Medellín. Foto: Especial

A 26 años de la muerte de Pablo Escobar, las autoridades en Colombia libran una lucha frontal contra el legado de violencia y muerte que dejó uno de los narcotraficantes más famosos del mundo. El alcalde de Medellín, ­Federico Gutiérrez, pretende –a unos días de que finalice su mandato– inaugurar sobre la sede de operaciones del extinto capo un parque que honre a sus víctimas y acabe con el culto a su figura. Sin embargo, la empresa es complicada, sobre todo en una ciudad donde turistas y jóvenes marginados ven a Escobar como icono pop y modelo a seguir.

MEDELLÍN, Colombia (Proceso).– Sobre las ruinas del edificio Mónaco, el búnker del narcotraficante Pablo Escobar en los ochenta, la alcaldía de Medellín construye a paso veloz el parque Memorial Inflexión, un espacio en el que se rendirá homenaje a las víctimas de uno de los capos de las drogas más famoso del mundo.

Federico Gutiérrez, alcalde de Medellín, está empeñado en inaugurar la obra antes del martes 31, cuando finalice su mandato. Para él es un asunto fundamental: durante su gestión ha librado una lucha frontal contra el culto que los turistas y miles de jóvenes marginados de la ciudad rinden a Escobar y lo ven como un icono pop y modelo a seguir.

En esta guerra contra la influencia cultural del jefe del Cártel de Medellín, quien cumplió 26 años de muerto el pasado lunes 2, la mayor victoria de Gutiérrez fue lograr la demolición del edificio Mónaco, el 22 de febrero último.

“El alcalde ha asumido esto como una guerra a muerte contra lo que simboliza Escobar. Lo quiere erradicar como icono mafioso y esto es algo que no se puede hacer por decreto”, dice a Proceso el principal experto en crimen organizado de Medellín, Luis Fernando Quijano.

Para el alcalde, el edificio Mónaco, construido por Escobar en 1985 con columnas de hormigón reforzadas y recubrimientos de mármol, era un “monumento a la ilegalidad y violencia”.

En el parque Memorial Inflexión, asegura, “vamos a contar la historia desde el lado correcto, el de las víctimas, no el de los victimarios, y ese será el comienzo de una nueva narrativa”.

Esa nueva narrativa es desafiada por un fenómeno que el doctor en filosofía política Óscar Mejía Quintana denomina “la cultura mafiosa”.

El académico, incluso, imparte en la Universidad Nacional una cátedra que lleva ese nombre, “La cultura mafiosa”, la cual, considera, es “predominante” en Colombia “y parte constitutiva” de su identidad.

Esto, porque en Colombia prevalece “un tipo de legitimación tradicional-carismática en la que la tradición y la figura del líder priman sobre la de un estado de derecho neutro e imparcial”.

Y un referente ineludible de esta legitimación son Escobar y las narcoseries, telenovelas, películas, canciones y libros que voluntaria o involuntariamente hacen apología de él. Según el académico, lo narco se vende en los medios “porque lo narco es el espejo de esta sociedad y uno tiene la necesidad de mirarse al espejo para reconocerse y para retocarse”.

Narcoturismo

 

La curiosidad morbosa y la admiración por Escobar rebasan por mucho las fronteras colombianas. Cada año llegan a Medellín miles de turistas extranjeros con un apetito voraz por conocer la vida, la leyenda y los lugares más representativos del capo. Los llamados narcotours han crecido vertiginosamente en los últimos años.

Estos consisten en recorridos por la tumba de Escobar, por la casa donde lo mató un grupo élite de la policía y del ejército, el 2 de diciembre de 1993; por la cárcel La Catedral, que el capo construyó para entregarse a la justicia y de la que luego escapó, y todavía en febrero se visitaba el edificio Mónaco. Gutiérrez ha intentado erradicar este tipo de turismo que, a su juicio, termina por hacer “apología del delito” y daña la imagen de la ciudad.

El año pasado la alcaldía cerró la “Casa Museo de Pablo Escobar”, abierta al público en la residencia del hermano mayor del capo, Roberto Escobar, Osito, quien también fue integrante del Cártel de Medellín, pero la clausura sólo duró dos meses porque el propietario cumplía todos los requisitos para operar ese negocio.

Los narcotours se anuncian en portales turísticos, como TripAdvisor, y cuestan entre 30 y 200 dólares por persona.

La casa donde fue acribillado Escobar, ubicada en el barrio Los Olivos, es también un sitio de peregrinación de visitantes extranjeros que se toman fotos frente al inmueble, donde ahora funciona una escuela de español. Una parada obligada es el cementerio Jardines Montesacro, donde está la tumba del capo.

Es fácil dar con ella porque gran parte del día se arremolinan allí decenas de turistas de todo el mundo que se quieren tomar la foto en el mausoleo de mármol, lajas verdes y grava blanca donde fue sepultado. Es un espacio abierto de cinco metros cuadrados que alberga los restos de Escobar, de sus padres, Hermilda y Abel, de su hermano Fernando, de su nana Teresa, de sus tíos Inés y Juan Manuel, de su prima Gloria y de su guardaespaldas Álvaro de Jesús Agudelo, quien murió con él.

Don Fico, como se hace llamar un cuidador del mausoleo que vive de las propinas, dice que no faltan personajes que “hacen rituales raros (…) Algunos vienen borrachos y tiran cocaína, fuman ‘bareto’ (mariguana) y arrojan casquillos de bala a la tumba del patrón”, asegura. Dice que “deben ser malandros que le piden a don Pablo que les vaya bien en sus vueltas. Algunos rezan”.

Johny es un peluquero puertorriqueño que vino a Medellín desde San Juan con el único propósito de hacer el narcotur. “A mí sí me gusta Pablo. Por las series que veo de él: El patrón del mal, Narcos, la de Popeye (sicario del capo)”.

Carlos Echeverri, un guía, afirma que cada año hay más turistas interesados en hacer esos recorridos. Él, Don Fico y un trabajador del cementerio calculan que cada día visitan la tumba de Escobar entre 70 y 80 personas. Esas cifras suman entre 25 mil 200 y 28 mil 800 al año.

Según Echeverri, los visitantes se han “al menos duplicado” en los últimos cinco años y “cada día que pasa vienen más”. El guía está convencido de que el “Tour de Pablo” es uno de los detonantes del turismo en Medellín, que creció 55% entre 2013 y 2018, cuando pasó de 528 mil a 823 visitantes.

Herencia criminal

 

Medellín tiene muchos atractivos: la hospitalidad de su gente, sus museos, su gastronomía, su intensa vida nocturna y cultural, sus bucólicos alrededores y los grafitis de la Comuna 13.

Aquí nació Escobar, pero también de Medellín son el pintor y escultor Fernando Botero, el escritor Fernando Vallejo y el reguetonero J Balvin.

Por eso a algunos “paisas”, como se conoce a los oriundos de Medellín y del departamento de Antioquia, les parece que la cruzada del alcalde contra el fenómeno cultural en el que se ha convertido Escobar es, más que nada, “un recurso político”.

El especialista en crimen urbano Luis Fernando Quijano considera que el alcalde, quien entregará el cargo el próximo 1 de enero al político independiente Daniel Quintero, “ha explotado en términos mediáticos su lucha contra Escobar como símbolo de la ilegalidad y la violencia”.

El alcalde, dice Quijano, “ha insistido mucho en acabar con la influencia cultural de Pablo Escobar, pero durante su administración han seguido operando y dominando zonas enteras de la ciudad las estructuras criminales sucesoras del Cártel de Medellín”.

Entre ellas, menciona a La Oficina, una confederación de bandas delictivas creada por Escobar, y a La Terraza, que tiene su origen en un grupo de sicarios del capo.

De hecho, La Oficina –que controla más de dos terceras partes de las rentas ilegales de Medellín y su zona metropolitana– se llama así porque Escobar solía referirse a su emporio delictivo como su “oficina”. Y como su sede operativa estaba en el municipio metropolitano de Envigado, el holding criminal comenzó a ser llamado “La Oficina de Envigado”.

Algunos jefes de La Oficina han sido capturados en los últimos años, pero la estructura, como tal, sigue siendo “tan poderosa como siempre”, asegura Quijano.

“La herencia criminal de Pablo Escobar no ha sido tocada. El alcalde golpea ciertos símbolos, pero las bandas más poderosas de La Oficina y La Terraza están, operativamente, intactas”, sostiene.

Con Escobar, Medellín se convirtió en la ciudad más violenta del mundo. Llegó a tener una tasa de 368 homicidios por cada 100 mil habitantes. Eso fue en 1991. En 2018 la tasa fue de 24 homicidios por cada 100 mil habitantes.

La violencia fue el sello de Escobar. Su guerra contra el Estado colombiano dejó en la zona metropolitana de Medellín unos 200 atentados explosivos, más de 500 policías asesinados y 46 mil 612 homicidios entre 1984 y 1993.

Entre las víctimas figuran Guillermo Cano, director del diario El Espectador; el procurador Carlos Mauro Hoyos, el coronel Jaime Ramírez, exdirector de la policía antinarcóticos; el coronel Valdemar Franklin Quintero, comandante de la policía de Medellín, y el precandidato presidencial Luis Carlos Galán, junto con 110 pasajeros de un avión de Avianca que estalló en el aire en 1989. A todas las víctimas del capo, que según las autoridades son al menos 5 mil, se les rendirá homenaje en el Parque Memorial Inflexión.

El parque formará parte de la ruta de los narcotours, según el empresario del sector turístico Juan David Mejía, quien está seguro de que a los visitantes interesados en Escobar les gustará saber dónde estaba el edificio Mónaco y qué hay ahora allí.

Un integrante del mando colegiado de La Oficina –que habló con Proceso el año pasado y que se hizo llamar Ocho– dijo que Escobar “hizo mucho daño y dejó un legado de bandidaje en todo Colombia”. Pero al mismo tiempo, agregó el dirigente de la estructura heredera del Cártel de Medellín, el famoso narcotraficante “llegó a las comunas (barrios marginados) de Medellín a cubrir las necesidades sociales de la gente”.

Escobar construyó casas que repartió entre los pobres, hizo canchas de futbol, clubes deportivos y regaló dinero.

El secretario general del Concejo de Medellín, Jorge Iván Mejía Martínez, considera que eso fue parte “de una estrategia política clientelista de Escobar, que buscaba un respaldo social que le permitiera potenciar sus ambiciones políticas y hacer frente a la persecución de las autoridades”.

Los 17 mil habitantes del barrio Pablo Escobar de Medellín piensan que el capo es su benefactor, y hay algunos, como la septuagenaria señora Irene Gaviria, que hasta le rezan para que les ayude en asuntos concernientes a sus vidas cuesta arriba.

En 1984 Escobar construyó y regaló 443 viviendas en este asentamiento. Las autoridades se han empeñado durante años en cambiar el nombre del barrio, pero ha sido imposible. Por eso, ningún alcalde se ha parado por ahí.

El presidente de la Junta de Acción Comunal del barrio, Uberney Zabala, dice que Escobar es “muy venerado” por los viejos habitantes del asentamiento y “muy respetado” por las nuevas generaciones.

El barrio tiene un santuario dedicado al capo, que fue construido con los aportes de la comunidad y en el cual sobresale una imagen del Santo Niño de Atocha, del que Escobar y su madre eran devotos, y varias placas que la rodean.

“Santo Niño Jesús de Atocha, el barrio Pablo Escobar te da mil gracias por proteger a nuestro benefactor”, señala una de las placas.

Zabala sabe que Escobar fue un narcotraficante que asesinó a decenas de colombianos, “pero aquí casi es un santo”.

“¿Usted se imagina lo que es vivir en un basurero y que de un día a otro le den una casa gratis a cambio de nada?”, plantea el dirigente comunitario de un barrio marginal que cada día recibe alrededor de 50 turistas extranjeros que quieren conocer “la parte social” del jefe del Cártel de Medellín.

Este reportaje se publicó el 8 de diciembre de 2019 en la edición 2249 de la revista Proceso

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