Allons enfants al grito de guerra

Cartón de Gallut

Al eximio hombre de cultura José Alfonso Suárez del Real y Aguilera

 

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Con frecuencia escuchamos que, antes que nosotros, son los extranjeros quienes más aprecian nuestras riquezas; desde las primigenias gramáticas de la lengua “mexicana” y los primeros trabajos de la arqueología nacional, por dar ejemplos someros, han sido forasteros los que han estudiado y difundido lo que nos tocaría a nosotros, por principio… En fin, no es nada nuevo en nuestra temblorosa cosmovisión, ni nada que nos perturbe; y para abonar a la tesis, esta columna se regocija por traer a cuento a un admirable ciudadano francés quien, apenas tocó suelo patrio, se dejó deslumbrar y acabó por mexicanizarse con toda la certidumbre de su ser.

Personajes como él hay pocos, y allende su enamoramiento de lo mexicano, hemos de decir que fue un individuo con capacidades sobrehumanas. Fue médico, periodista, diplomático, poeta, maestro, científico, especialista en la evolución del teatro, músico en toda la extensión de la palabra –pianista, compositor, musicólogo y crítico musical‒y se desempeñó en diversos cargos públicos con acierto y honradez, incluso, llegó a ser portavoz del gobierno mexicano en su afán por validarse ante el mundo.   

Hablamos de don Alfred Bablot D´Olbreuse, quien vio la luz en Burdeos en 1827 y desembarcó en México en 1849, con apenas veintidós años de edad, siendo ya dueño de una formación intelectual sorprendente. Mas vayamos con orden. De su infancia se sabe muy poco ‒es una tarea pendiente para los investigadores de ambos países‒, resaltando que su cuna fue noble, puesto que su padre ostentaba el título de Conde D´Olbreuse. Al parecer fue hijo único, acorde con los trabajos genealógicos hasta ahora realizados y de sus estudios se ignora todo. Puede intuirse que los comenzó a muy temprana edad, ya que, seguramente logró convertirse en músico antes de estudiar medicina. Lo que es cierto es que en su hogar se contaba con los medios para darle la mejor educación posible y que el talentoso Alfred debe haber poseído una sed de cultura fuera de serie. Sólo así se explica que haya sobresalido con tanto empuje en las disciplinas que lo apasionaron y en las que, ciertamente dejó huella.

Su llegada a nuestra patria avino gracias a su relación, como secretario y médico, del arpista y falsario Nicholas-Charles Bochsa y de su pareja, la “desfachatada” cantante inglesa Anna Bishop. En otra columna escribimos sobre ellos (Proceso 2188) y su convulsa estadía mexicana, así que no abundamos, salvo para aclarar que también se ignora la causa por la que Bablot decidió separarse, quedándose aquí para siempre. Quizá porque intuyó que el fin de Bochsa estaba cerca y porque debe haber percibido que en México se le abrían, pese a la primera experiencia negativa, muchas oportunidades inéditas. Con respecto a su temprana aparición en la prensa nacional y su contacto inicial con la justicia, es de referir un hecho que sacudió a la sociedad mexicana de entonces. Cual asistente de Bochsa y la Bishop, debía revisar las reseñas que se publicaban, encontrándose con que una nota anónima injuriaba sus conciertos. Por sus buenos oficios, Bablot pudo desenmascarar al pérfido periodista y lo retó a duelo. Pasaron varias semanas sin respuesta, hasta que se topó con él en el vestíbulo del Gran Teatro Nacional. En la gresca para aclarar la situación, resultó que el tipo iba armado y que le disparó varios tiros. La mala puntería y la agilidad de Bablot obraron a su favor salvándole la vida, no obstante, por esos absurdos de la justicia mexicana, el agresor quedó impune del intento de homicidio, pero a nuestro hombre lo encarcelaron por haber transgredido el veto contra los duelos armados. Hubo de intervenir el embajador francés para que Bablot saliera de prisión… 

Y ya que hablamos de su relación con la prensa digamos, nada más, que con el correr de los años se afianzó casi hasta lo inverosímil. En 1850, apenas unos meses después de su arribo, funda el periódico El Daguerrotipo y para 1872 se convierte en director de El Federalista, ambos de neto corte liberal. Cabe destacar que Bablot introdujo la caricatura y los gráficos dentro de la crítica musical y que fue uno de los pioneros del periodismo mexicano de investigación. Sobre su labor Vicente Riva Palacio anotó: “no hay nadie entre nosotros que haya comprendido mejor ni desempeñado con más acierto el periodismo. Interés, oportunidad en las noticias, acierto en la elección de redactores, criterio sano para designar lo que debe reproducirse de ajenas publicaciones, pormenores minuciosos en lo que causa público interés, y sobre todo, caballerosidad y decencia al tratar de los hombres y las cosas. El grupo de redactores que para El Federalista supo atraerse, fue escogido y valioso. Justo y Santiago Sierra, Francisco Sosa y otros varios que hicieron extraordinaria la circulación de aquel diario que, cuando lo recibió como director, no contaba ni con cien suscriptores.”

Antes de reseñar su descomunal actividad como músico y de dar la primicia de una composición suya apenas recuperada, apuntemos que Bablot tuvo la bonhomía para hacer amigos de todos los credos y que supo embonar con las corrientes políticas de la era. Tuvo tratos cordiales con Maximiliano y se convirtió en uno de los principales defensores de Juárez. En aquel reputado intento de asesinato donde Guillermo Prieto le salvó la vida al Benemérito, espetándole a los soldados que “los valientes no asesinan…” Bablot estaba presente y lo estuvo también en otra celada, donde estuvo a punto de ser ejecutado. Con la República restaurada recibió la encomienda de hacer publicidad liberal en Europa y en la gestión de Porfirio Díaz consolidó su prestigio, al grado que se le nombró director del Conservatorio Nacional de Música y Declamación ‒había sido uno de los fundadores en 1866 y ha sido el único extranjero de valía en dirigirlo[1]‒ y obtuvo la concesión para iluminar con gas al Distrito Federal.

En cuanto a su vida afectiva, digamos que casó con una mexicana, la señorita Manuela Peña Nájera, y que procreó con ella, en el amor hacia sus dos costados sanguíneos, a siete hijos franco-mexicanos. Bablot supo asirse, asimismo, a sus raíces, pidiendo poco antes de su muerte, en abril de 1892, que lo dejaran volver a Burdeos para despedirse. Regresó agonizante para fallecer en su casa de Tacuba. 

Como ya adelantamos, su preeminencia en el arte sonoro rebasó por mucho lo que se habría esperado de un sujeto que se escindía en tantas actividades. Su fulgurante paso por el Conservatorio se ha documentado en abundancia, mas vale la pena recalcar que, amén de haber sido uno de sus creadores, Bablot es recordado como un catedrático enamorado del arte y la cultura y que su gestión como director en la década de 1882 a 1892 ha sido la más fructífera de su historia. A él se debe una reforma fundamental en los planes de estudio, la adquisición de las grandes colecciones de partituras e instrumentos y la insólita propuesta de fundar un “museo instrumental mexicano” en el que se resguardaran y estudiaran los instrumentos musicales del México Antiguo.

Ahora sí, amparado en la solidez de la argumentación presentada, este redactor admite su satisfacción por haber rescatado una partitura suya que permaneció encerrada y en silencio dentro de los fondos conservatorianos desde que fue compuesta. Es un hallazgo que ratifica la estatura artística de Bablot y que, incuestionablemente, tendrá la función de situarlo, por vez primera, como un compositor de mérito. La historia es esta: alrededor de 1869, Bablot compuso una marcha a la intituló Libertad y se la dedicó a su famoso amigo y colega Melesio Morales, quien no manifestó ningún interés en ella. Transcurrieron de ahí dos décadas de olvido hasta que se presentó una oportunidad difícil de rechazar. Venía la Exposición Universelle de París de 1889 en la que Porfirio Díaz pretendía mandar lo más desgranado de nuestra cultura, de manera que Bablot se afilió presentado la misma obra, pues era perfecta para el cometido. Nada más le cambio el nombre, intitulándola esta vez Marche Franco-Mexicaine y eligió al presidente francés Sadi Carnot como dedicatario. Lamentablemente, tampoco hay constancia de que se haya ejecutado en la Ville Lumière… Habría sido un éxito inmenso que podría haber atenuado, con música, la otrora espinosa relación entre las dos naciones. Escuchándola habrían quedado atrás los estragos de las intervenciones… No en balde el doctor Bablot entrelazó magistral y terapéuticamente los temas de La Marsellaise, la Marcha Zaragoza de Aniceto Ortega ‒que llegó a fungir como marcha nacional por orden de Juárez‒ y el himno de Bocanegra y Nunó… Escúchela ahora en primicia,[2] dilecto lector, para quedarse con la fraternidad que sí sobrevive entre Francia y México. (Pulse el código QR)


[1] El otro extranjero fue el español Simón Tapia Colman, pero su gestión estuvo empañada por sus malos manejos.

[2] Audio: Alfred Bablot – Marche Franco-Mexicaine. (Orquesta Juvenil Universitaria Eduardo Mata. Gustavo Rivero-Weber, director. Grabación en vivo del 23/X/2017. Sala Nezahualcóyotl, CCU, UNAM Estreno mundial)

Comentarios

Load More