La XVIII Bienal de pintura Rufino Tamayo

Carlos Pérez Bucio, Cuando las feas fuman. Óleo sobre tela. Carlos Pérez Bucio, Cuando las feas fuman. Óleo sobre tela.

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Por su mediocridad visual, pictórica y por consiguiente artística, la XVIII Bienal de Pintura Rufino Tamayo merece mucho más atención mediática y presencial que la pequeña pintura que, bajo el título de La Revolución, presenta Fabián Cháirez en la muestra Emiliano. Zapata después de Zapata (Proceso, 2250).

Inaugurada el miércoles 11 de diciembre en el Museo Tamayo de la Ciudad de México, la bienal –inaugurada originalmente en septiembre de 2018 en el Museo de Arte Contemporáneo de Oaxaca– provoca cuestionamientos sobre el estado creativo de la pintura joven mexicana, la pertinencia del evento y el profesionalismo de la gestión gubernamental de las artes visuales.

Lo primero que destaca es la contradicción entre el museo y el Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA), instancia a la que pertenece: Mientras en su página el museo señala que la muestra sólo permanecerá hasta el 5 de enero de 2020, en el boletín No. 1929 del INBA se anuncia que estará en salas hasta el 1 de marzo. ¿Cuál de las dos informaciones es la correcta?   

El segundo aspecto que debería discutirse es la identidad del certamen.  Creada en 1982 por Rufino Tamayo, la bienal está dirigida a creadores mayores de 30 años sin especificar el predominio de alguna trayectoria. Aun así, en la edición 2018, de 635 aplicaciones, el jurado de selección conformado por la entonces directora del Museo de Arte Moderno Sylvia Navarrete y los pintores José Antonio Ferrara y Francisco Valverde, eligieron 45 autorías que en su mayoría pertenecen a trayectorias jóvenes y medias con artistas nacidos en las pasadas décadas de los ochenta y setenta, respectivamente.

Si se considera que en México no existen plataformas de legitimación efectivas y de prestigio para introducir a los artistas jóvenes y emergentes al sistema artístico institucional, la concentración del certamen en generaciones nacidas en los ochenta y noventa es una decisión atractiva que podría dinamizar el certamen dándole una utilidad artística y social.   

Con tres premios de adquisición correspondientes a 150 mil pesos cada uno, la edición 2018 destaca por la falta de exploración y pensamiento pictórico; la repetición de vocabularios de moda –efectos de pintura a muro rasgada o deteriorada–; el rebuscamiento visual –imágenes encimadas con telas o plásticos–; la creación de efectos visuales-matéricos a partir de materiales diversos –aceite de linasa, fosfato monoamónico–; y el uso protagónico de  narrativas de actualidad –como el pequeño paisaje boscoso que Silvia Mayoral intervino con la frase: “Rosalinda tomó un taxi y no la volvieron a ver”.

¿Qué cualidades encontraron los miembros del jurado de premiación para otorgar los premios de adquisición a Silvia Mayoral (1979), Cisco Jiménez (1969) y Luis Hampshire (1975)? Integrado por Navarrete y los artistas Emi Winter y José Villalobos, esta bienal requiere de algunas aclaraciones sobre los posibles vínculos de amistad entre Navarrete y Cisco Jiménez; y Emi Winter y Luis Hampshire.

Y en este mismo contexto, ¿qué criterios tuvo el jurado de selección para incorporar la grotesca pieza que, con el título de Cuando las feas fuman, presentó Caros Pérez Bucio?

En el ámbito internacional comercial y museístico, la pintura joven de artistas nacidos en los ochenta se impone con propuestas vigorosas que inciden en el concepto, la resolución y la originalidad. Los artistas jóvenes de México necesitan plataformas nacionales e internacionales de exhibición que, sin complacencias y con grandes exigencias, les permitan confrontarse con el verdadero reto de la creación. Si se reestructura, esta bienal podría ser una de esas plataformas.

Este texto se publicó el 22 de diciembre de 2019 en la edición 2251 de la revista Proceso.

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