Sanjuana, 30 años de prisión por un secuestro que no cometió

Justicia patriarcal. Foto: Cimac Noticias

“Les pido perdón si en algo me equivoqué, si tomé una mala decisión, y les pido una segunda oportunidad para estar con mi hijo”. Es la solicitud que hace Sanjuana Maldonado Amaya, potosina sentenciada a 30 años de prisión por secuestro agravado, un delito que asegura no cometió.

Su caso enfrentó irregularidades como no haber sido llevada directamente ante una autoridad; una defensoría deficiente que, pese a las pruebas ofrecidas, no pudo comprobar su inocencia, y la inaplicación del protocolo para juzgar con perspectiva de género.

Sanjuana vivió hasta los 18 años en la localidad de Charco Cercado, en el municipio de Guadalcázar. A esa edad emigró para estudiar la licenciatura en informática en el Instituto Tecnológico de Matehuala.

Le faltaba un semestre para concluir la carrera cuando conoció en noviembre de 2008 a José Cruz de la Rosa Rodríguez, quien se convirtió en su pareja luego de “ganarla con detallitos”. Ella nunca supo con certeza en qué trabajaba, pero cuando fue detenido declaró que era lavacoches.

“Yo estaba sola ahí, en Matehuala, trabajaba (como cajera en una tienda de autoservicio) y estudiaba. Yo veía que él llegaba constantemente a la tienda y me preguntaba: ‘¿Cómo estás, hija, qué tienes, qué te hace falta, quieres que te lleve a la escuela, quieres que vaya por ti?’. Cosas de esas, detallitos que yo sí agradecía. Él tenía 36 años en ese entonces, yo tenía 21, iba a cumplir 22 apenas”.

Con el tiempo, José Cruz ejerció un control absoluto sobre Sanjuana, lo que afectó su desempeño en la escuela y la relación con su familia. Es por eso y porque “se exaltaba” que Sanjuana pensó en separarse.

 

El temor de Sanjuana

“Lo que me causó un poco de temor fue cuando lo dejé y me fui para el rancho. Él no sabía dónde vivía, pero ese mismo día llegó hasta la puerta de la casa de mis papás, y yo dije: ¿cómo supo dónde vivo, cómo dio con mi familia?”

Sanjuana relata que aceptó volver a su lado porque la amenazó con suicidarse si no lo hacía. El chantaje, además de la violencia psicológica, fueron constantes en su relación, que duró siete meses. Ella se sentía comprometida con José Cruz porque siempre pensó que se casaría con la primera persona con la que tuviera relaciones sexuales.

“Siempre me di a respetar, nunca tuve relaciones con mi primer novio; entonces, mis compañeras de escuela me decían que me dejó porque no le di la prueba de amor y cosillas así. Yo les contestaba que en mi familia siempre me dijeron que con el primero que tuviera relaciones, con ese me tenía que casar. Accedí a tener relaciones con José Cruz y, a partir de ahí, pensé que tenía que hacer lo que él dijera, porque había sido el primer hombre en mi vida; estuviera bien o mal, tenía que hacerle caso”.

 

Obligada a hacer un cobro

De acuerdo con la declaración de Sanjuana, consignada en la toca 1198/2011, el 22 de mayo de 2009 fue a buscar a José Cruz y lo encontró en compañía de su sobrino Jonathan. Estaban los tres juntos cuando se aproximaron un par de vehículos, de los que descendieron dos hombres. Uno se acercó a Sanjuana.

“Me preguntó mi nombre completo, se lo di. Que si traía credencial, a lo que respondí que sí, se la di porque pensé que eran policías, y me pidió que si le podía hacer un favor de retirar un dinero de Elektra, que iba a obtener una ganancia, porque él no traía identificación, a lo que respondí que no, porque no sabía de dónde era ese dinero. Y en ese momento me abrazó y me dijo que cooperara, que ellos ya sabían todo acerca de mí y de mi familia, y que si no, les harían daño, y le respondí que sí, por miedo”.

Sanjuana preguntó a su novio si sabía quién era esa persona. Él le dijo que no, pero que mejor “le hiciera el favor”. En su declaración, José Cruz confesó que lo conocía por su apodo del Negro, ya que era su cliente desde hacía un año, pues le compraba cocaína.

José Cruz detalla que, ese día, el Negro le pidió el nombre y la credencial de elector de tres personas para realizar el cobro de un depósito, ya que él no podía hacerlo por no tener el documento. “En ese momento le di el nombre de mi novia Sanjuana Maldonado y Jonathan de la Rosa (su sobrino)”.

Cuenta José Cruz que incluso el Negro le proporcionó un celular para que se mantuvieran en contacto. “Quiero aclarar que el Negro nunca nos dijo cuánto dinero nos iban a depositar y por qué concepto eran los depósitos y a mí tampoco se me ocurrió preguntarle (…) solo le iba a hacer el favor porque me iba a pagar la cantidad de 300 pesos, al igual que a mi novia”.

El día en que se efectuaría el cobro, relata Sanjuana en su declaración, José Cruz pasó a buscarla para ir a una tienda de autoservicio. Ahí se encontraron a Jonathan; en ese momento, Sanjuana preguntó a dónde se dirigían, y José Cruz contestó que a cobrar un dinero.

Refiere que, al llegar a Elektra, José Cruz y Jonathan fueron a recoger el depósito, pero ella se negó a hacerlo. “Yo no iba a cobrar ese dinero porque no sabía de quién era y de qué se trataba (…) me quedé afuera a esperarlos, fue cuando ellos se fueron a la tienda y primero sale su sobrino Jonathan sin percatarme si traía el dinero ni cuánto era y fue cuando en ese momento nos detienen, nos tiran al piso y nos dicen el porqué de la detención (…) ahí me pude dar cuenta que venía igual mi novio detenido con nosotros y fue cuando nos trasladaron aquí a donde me encuentro (…) la SIEDO (Subprocuraduría de Investigación Especializada en Delincuencia Organizada)”.

En la SIEDO —actual Subprocuraduría Especializada en Investigación de Delincuencia Organizada (SEIDO)—, Sanjuana permaneció esposada, con los ojos vendados. En los interrogatorios, con jaloneos y gritos le pedían que revelara “para quién trabajaba”.

En el expediente del caso se revela que el dinero que cobrarían Sanjuana, José Cruz y Jonathan era el pago de un rescate. Fueron acusados de secuestro agravado en contra de Gerardo de la Rosa Hernández, comerciante de ropa en ferias y tianguis. Su esposa, Marisol Sánchez, declaró que recibió llamadas telefónicas en las que le pedían inicialmente un pago de cinco millones de pesos.

Aunque en el expediente se comprueba que a Sanjuana —al igual que a su novio y a Jonathan— solo se le pidió el “favor” de hacer un cobro a cambio de 300 pesos, fue encontrada culpable del delito de secuestro agravado. El 18 de abril de 2011, dentro de la causa penal 59/2009, el juez primero mixto de Primera Instancia del Segundo Distrito Judicial en Matehuala le dictó una condena de 30 años de prisión y una sanción pecuniaria de 103,900 pesos.

Se interpuso una apelación y, el 28 de noviembre de 2011, el juez Álvaro Eguía Romero, de la Primera Sala del Supremo Tribunal de Justicia del Estado de San Luis Potosí, ratificó la sentencia.

Lo único que relaciona a Sanjuana con el hecho y que bastó para que el juzgador la considerara responsable, es que su nombre fue utilizado para cobrar una parte del rescate por el secuestro de Gerardo de la Rosa Hernández. Su esposa logró reunir 77,000 pesos, que depositó en dos montos de 25,539 pesos y uno de 25,666 pesos.

Aunque el envío se realizó a su nombre, Sanjuana no cobró ese dinero, ya que desconfiaba del origen.

 

Víctima de las circunstancias

Para Fabiola Rivera Rojas, abogada experta en derecho penal, género y derechos humanos, quien supo del caso hace seis años, los jueces que condenaron a Sanjuana no contaban con elementos suficientes para vincularla con el secuestro, pues ni privó de la libertad a una persona, ni buscó un lucro y/o remuneración por este hecho, ni participó en el delito con tres o más personas o hizo que se prolongara más de tres días. Ninguna de estas acciones punibles se cumplió en su caso; más aún, insiste, sin existir la primera, no podrían culparla del resto.

“Lo que hizo que Sanjuana tuviera una sentencia condenatoria, sin duda, fue la ausencia de un análisis jurídico con perspectiva de género. Me parece, y es sumamente importante señalarlo por la fecha en que se da la sentencia, noviembre de 2011, cuando (en junio se hizo) la reforma constitucional de derechos humanos que obligaba a los jueces y a los magistrados de todos los niveles a revisar las condiciones específicas de Sanjuana”, señala Rivera Rojas. “Nadie se da cuenta de que ella era víctima de las circunstancias porque era pareja de un sujeto que trabajaba para la criminalidad organizada. Sanjuana no lo sabía y no estaba obligada a saberlo porque había un contexto que determinaba su particularidad y que ella estuviera en esa relación, pero que nada tenía que ver con la situación de criminalidad de su pareja, algo que sabemos que le pasa a muchísimas mujeres en este país”.

Según Urenda Queletzú Navarro Sánchez, abogada penalista e investigadora de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí (UASLP), en el caso de Sanjuana se debieron atender criterios como el contexto de violencia que pudo haber vivido, y establecer las relaciones asimétricas de poder que pudieron haber condicionado sus acciones.

Lo primero que recomiendan los protocolos cuando la imputada es una mujer, precisa Navarro Sánchez, es analizar si existe alguna relación de desequilibrio de poder con relación a los hechos y a su participación en el delito. Lo segundo es indagar si existía un contexto o continuum de violencia, esto es, el conjunto de violencias sistemáticas que pueden sufrir las mujeres, “lo cual no se reduce a la violencia física, sino a la relación que pueden tener con sus agresores, en muchos casos sus parejas, para condicionar su actuación, para ejercer violencia económica o patrimonial, o para introducirlas en el crimen organizado, un ámbito en el que se suele olvidar que también se reproducen las prácticas patriarcales”.

En la sentencia de Sanjuana, el juez Eguía Romero razona que ella debió negarse a cobrar el rescate porque contaba con estudios de licenciatura.

“Por su grado de instrucción, estudiante de profesional pues estudiaba en el Tecnológico de Matehuala, es claro que no resulta creíble que haya proporcionado sus datos a desconocidos y acudido a cobrar el dinero, máxime que de las declaraciones de los coinculpados no se aprecia que Sanjuana haya sido coaccionada de ningún modo para proporcionar tales datos, ni acudir a cobrar el rescate”.

Esta idea se retoma en diversas ocasiones a lo largo de la sentencia: “No es muy acertado el proceder de una persona que proporcione sus datos personales a desconocidos para cobrar un dinero cuya procedencia se desconoce, y hacerlo resulta poco creíble, máxime que todos los inculpados saben leer y escribir”.

Los argumentos del juez no mencionan la relación asimétrica de poder que existía entre Sanjuana y José Cruz, pues como se mencionó, ella estaba dispuesta a hacer lo que le pidiera, como cuando le dice que mejor le haga el favor al Negro. Descarta también que haya recibido alguna amenaza, por considerar que no existen pruebas que lo confirmen.

No se analizaron ni el contexto familiar ni las costumbres de Sanjuana, y se desestimaron los análisis psicológicos elaborados por Martha Idalia Vargas García que, según Rivera Rojas, la señalan como una persona no peligrosa.

También se desecharon las declaraciones de sus familiares —su padre y su tío— porque se limitaban a reconocer su parentesco y solo pedían que se les permitiera visitarla en el lugar donde estaba arraigada.

Aunque el defensor de oficio Pascacio Tomás Tepole expone en la apelación que hubo omisiones del juez de primera instancia al no valorar las contradicciones en las fechas en las que se dice que ocurrió el hecho, el juez Eguía Romero considera que esto no la exime del delito, pues acudió al sitio a cobrar el dinero de un rescate, aunque luego se retractó.

La defensa presenta también como agravio contra Sanjuana el hecho de que en ninguna de las declaraciones de la esposa de la víctima se hace referencia a su participación en el secuestro, ni tampoco la señala quien era trabajador de la víctima y fue testigo del plagio. Pese a esto, el juez considera que estuvo involucrada en el secuestro, pues el cobro del dinero ocurrió mientras se ejecutaba el delito, ya que la víctima aún no había sido liberada.

Eguía Romero desestimó las 92 pruebas presentadas por el defensor de oficio por considerar que no demostraban la inocencia de Sanjuana, incluido el hecho de que las llamadas que solicitaban el cobro del rescate no fueron realizadas desde su número de teléfono.

En la apelación se considera que las penas impuestas no agravian a la sentenciada porque “para su individualización el juzgador de primera instancia tomó en consideración los lineamientos y exigencias que para ello marca el precepto 59 del Código de Procedimientos Penales, y ubicó a Sanjuana Maldonado Amaya en un grado de peligrosidad mínimo, el cual debe confirmarse porque le favorece y porque contra ello no apeló el Ministerio Público”.

Para el juez Eguía Romero, la condena de 30 años de prisión fue clemente con Sanjuana, pues cuando ocurrió el delito, en plena “guerra contra el narcotráfico”, las penas por secuestro agravado alcanzaban los 50 años de prisión.

Sobre la sentencia, Navarro Sánchez refiere que antes de que la Suprema Corte de Justicia de la Nación decidiera trazar una jurisprudencia de carácter obligatorio, que recupera aspectos del derecho internacional y los derechos humanos de las mujeres, había otros lineamientos reconocidos por el Estado mexicano que pudieron ser aplicados en el caso de Sanjuana, como la Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer (CEDAW, por sus siglas en inglés) y las convenciones de Belém Do Pará y de Viena.

Sin embargo, desde que en 2016 entró en vigencia en San Luis Potosí el protocolo para juzgar con perspectiva de género, solo se han impartido de tres a cuatro capacitaciones formales y dos diplomados, a los que no acuden integrantes de la judicatura sino personal administrativo. Quienes, finalmente, no resuelven los casos, subraya Navarro Sánchez.

“Entonces, ¿qué ocurre? Que los juzgadores que deberían recibir la capacitación no la están teniendo y, en consecuencia, no se cuenta con un monitoreo claro de quiénes han recibido capacitación, quiénes son los que dictan la justicia para las mujeres. No está traduciéndose, evidentemente, en una aplicación de los lineamientos de carácter obligatorio”.

Para Sanjuana, esta condena ha frustrado su proyecto de vida, tanto en lo profesional como en lo personal. Al ratificarse su sentencia decidió convertirse en madre. En 2017 nació su hijo; su padre es un reo que conoció mientras participaba en talleres de capacitación en el Centro Penitenciario Estatal de Ciudad Valles, donde actualmente se encuentra.

 

El deseo de Sanjuana

“Si voy a pasar 30 años recluida en este lugar, quiero tener un retoño mío y si Dios puso a este hombre en mi camino, yo sé que es un buen hombre, porque mi idea no era encontrarme aquí a alguien con quien casarme. Siempre mi idea fue trabajar y salir adelante y sacar adelante a mi familia, ¿verdad?, pero cuando yo conocí a este muchacho, no sé, sentí algo muy lindo en mi corazón y nunca me había pasado eso con nadie”, cuenta Sanjuana.

Jurídicamente, lo único que podría liberar a Sanjuana es un indulto o recurrir a un tribunal internacional como la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH). Hoy en día, nadie se encarga de su caso.

“Que haya una valoración tarda unos tres o cuatro años. De ahí a que pase a la corte, otros tantos años más. La CIDH puede tardar ocho años en sancionar al Estado mexicano por esta situación; la otra, que evidentemente queda a voluntad del Ejecutivo, es dictar un indulto que le permita ser libre”, señala Navarro Sánchez.

Una década después de haber sido aprehendida y de cumplir una condena por un delito que afirma no haber cometido, Sanjuana advierte a las jóvenes estudiantes “que le echen muchas ganas, que no se involucren con personas fuera de su vínculo escolar, que sepan con quién se juntan y que antes de tener una amistad o novio sepan a qué se dedica, que se adentren en su estudio para salir adelante, que no tengan malas compañías”.

Sanjuana confía también en que se le brinde una segunda oportunidad, aunque su caso jurídicamente esté muerto. “Al gobernador o a los magistrados, a quien le llegue este mensaje, les pido que volteen a ver mi caso y vean que soy una persona con valores, con deseos de salir adelante. En este lugar estoy aprovechando los cursos que nos dan, los talleres, todo, porque quiero salir adelante y, más que nada, tener una oportunidad de estar con mi niño, con mi bebé allá afuera”.

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