“Parásitos”: ecosistema social

Los vividores que muestra el director Bong Joon-Ho -como un preciso y cruel retrato de la humanidad carente de escrúpulos e inconsciente del daño que ocasiona. Foto: Especial Los vividores que muestra el director Bong Joon-Ho -como un preciso y cruel retrato de la humanidad carente de escrúpulos e inconsciente del daño que ocasiona. Foto: Especial

MONTERREY, N.L. (apro).- Parásitos (Gisaengchung, 2019) tiene un título venenoso, que recrudece el resentimiento de la clase desposeída contra la privilegiada. La descripción es bastante precisa sobre un cierto sector de la población que toma con violencia, engaño y otros métodos ilícitos, un lugar que erróneamente cree merecer en el concierto social, del que está marginado.

Los vividores que muestra el director Bong Joon-Ho -como un preciso y cruel retrato de la humanidad carente de escrúpulos e inconsciente del daño que ocasiona- son, al mismo tiempo, repulsivos y dignos de conmiseración.

Esta fábula moderna sobre el cinismo inocente de una familia entera que siente que hace lo correcto, engañándose con el sueño de la prosperidad ilegítima, toca a todo el mundo, en particular a los sistemas de convivencia en los que el delito es la única opción para la prosperidad.

Presentada como una comedia picosa y amarga, con toques surrealistas, la cinta es de una belleza grotesca, por su brutal y diáfana exhibición de una conjura de padres e hijos que se disponen a succionar todo lo bueno que hay en un hogar próspero, decente y desprevenido. La casa de los Park es como una ensoñación encantadora para los Kim que, con un sistema laboral de apariencia lícito, se van apropiando de cada uno de los espacios.

Cuando un ente disruptivo se entera de la intención de los arribistas, el frágil equilibrio en la casa se colapsa. Entonces, se descubre que todos conviven en un ecosistema, en el que se activan antivirus para echar los agentes tóxicos que pugnan por mantenerse en el organismo huésped, del que viven succionando sangre, riqueza y vitalidad. El habitáculo moderno es un palacio de malas vibras.

De esta forma, una residencia propiedad de personas decentes se convierte en un violento campo de batalla en las sombras. Los dueños no se dan cuenta de nada, mientras que los oportunistas convierten las recámaras, los salones y hasta los sótanos en improbables campos de batalla, en donde se genera una atmósfera azufrosa y llena de resentimiento social.

Bong lleva su delirio grotesco a nivel de obra maestra. Ya se conocía su exquisita narrativa con obras impactantes e incómodas, como la frenética aventura de acción de Snowpiercer (2014), con un tren cargado de sobrevivientes, que viaja a su destrucción; o la distópica Okja (2017), que denuncia los abusos de la industrialización, a través de la amistad de una niña y un fantástico animal de proporción mastodontil.

Sin embargo, con Parásitos alcanza un nivel virtuoso, al presentar un microcosmos donde cohabitan lo sublime y lo nefasto, en una escalofriante cotidianeidad.

Al final, en el delirio de la aniquilación, lo que parecía una comedia se vuelve un asunto serio y funesto. De golpe cesan las risas para dejar una profunda reflexión sobre el clasismo, que no había sido retratado en el cine con tal brillantez en un mundo globalizado, donde lo que ocurre en Corea del Sur es lo mismo que pasa en cualquier otro país.

Es inolvidable la estampa horrorosa de la familia Kim ultrajando moralmente, y con una delicada sonrisa, a los angelicales Park.

 

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